Confrontar para saber

Libros de Arturo Pérez Reverte y David Uclés.

En política la riña de gatos es pan nuestro de cada día. Cuesta acostumbrarse a ella, pero termina asumiéndose en los parámetros de la normalidad. No hay semana, día u hora, que se esté a la espera de la acción o declaración, para que el opuesto movilice una artillería dialéctica con intención atemorizar o silenciar a base de ruido, mentira o exabrupto. Es un debate burdo, como pintura de brochazos sin pizca de la idea que deja el esbozo de una originalidad, para qué decir de una genialidad.

La inteligencia supuesta a la Cultura se bate en retirada cuando la conversación social ya está contaminada por el chillido incesante. La discrepancia se convierte en fábrica de rivalidades y no en la línea recta de la corta distancia a la revelación o enseñanza. Confrontar fue verbo conectado a la curiosidad, al saber del otro en complemento con la aportación propia; hoy se conjuga con el gesto adusto y el criterio de la negación sin fisuras a la sabia discordancia.

Una jornadas en Sevilla sobre la Guerra Civil Española ha espoleado el encanallamiento de este conflicto, que sigue sin cerrarse en este país noventa años después de iniciado, cuando las generaciones más afectadas por el efecto de sus trincheras, han desaparecido de nuestro paisanaje, y solo quedan vestigios de la población infantil por aquellas calendas, que recuerdan los horrores de las retaguardias en los conceptos de la guerra moderna que España puso en la historia como tubo de ensayo. 

Dos escritores, hombres de cultura, son el icono de la nueva variación cainita sobre el mismo tema. Ambos celebridades en el mundo literario. Ambos agasajados por la vertiente comercial de las ventas. Ambos inscritos en el nada sencillo cometido de una escritura atrayente, semilla de su reconocimiento. Los dos han encendido la hoguera de las pasiones, no por sus libros, sí por su toma de posición respecto al ideario de las jornadas.

Uclés y Pérez-Reverte

David Uclés se ha revelado como un cronista original de nuestra guerra civil con una obra, La península de las casas vacías, que ha puesto el fratricidio masivo en el alfabeto del realismo mágico, un recurso sugerente que ha recibido el espaldarazo de crítica y público. Una historia bien escrita y equilibrada en el reparto de las crueldades de bandería.

Arturo Pérez-Reverte es un apologeta de la novela radical de aventuras. Un Alejandro Dumas de la narración contemporánea. Un reportero de guerra que se ha impregnado de este jinete del Apocalipsis en primera línea de combate. Pocos como él para entender y exportar a la ciudadanía las miserias de los antes, ahora y después de las guerras.

Arturo y David emergían como personalidades idóneas, cada uno desde su prisma, para ofrecernos visiones reveladoras de los daños materiales y morales no superados por el conflicto civil. Pero entró en escena el peso del relato y aplastó la historia.

El autor de la península se descabalgó de la nómina de participantes por su disconformidad con un título desafortunado: La guerra que todos perdimos. Razón lleva Uclés en precisar que hubo ganadores, y vaya si lo hicieron notar cuatro décadas de mal llamada posguerra, una continuación de la persecución a los verdaderos perdedores que se refugiaron en una retaguardia falsamente pacificada. 

Julio Llamazares, el escritor leonés, escribió una feliz dedicatoria en el libro que narró la experiencia de su progenitor en esa guerra: El viaje de mi padre. Así lo expresa: “A los que perdieron la guerra civil española de uno y otro bando. A los que pierden todas las guerras”. Un conflicto de ese calibre es una derrota de país y de generaciones coetáneas y posteriores, aunque siempre flotan los pescadores de ríos revueltos. Hoy todavía nos asfixia no haber superado esa maldición que, para mayor drama, resucita en los nietos en forma de relato, no de vivencia. Estamos anclados en una memoria de rencores y revanchas, no en la deseada versión de los malos recuerdos como docencia para no volver a repetirse.  

No apruebo, en cambio, su alegación de no compartir cartel de debate con opuestos radicales. La izquierda española no oculta propensión a cierto sectarismo que sugiere huir de los cara a cara, sin biombos separadores, con sus oposiciones irreconciliables. Parece pechar con una hipocondría de contagio. Mal hecho. Con actitudes así, la izquierda se deja arrebatar el relato. ¿Hemos olvidado el paso con bota de siete leguas en la normalización democrática que supuso al inicio de la Transición, la foto de Manuel Fraga presentando en el Club Siglo XXI a Santiago Carrillo? A este propósito, acudo a una declaración de uno de los iconos intelectuales de la izquierda, más de moda hoy que nunca por su clarividencia sobre este inquietante presente. Se trata de George Orwell, que en el prólogo de Rebelión en la granja, señala: “Si algo significa la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Hay que admitir que la audición social está mal acostumbrada.     

Como ciudadano que soy, necesitado de enterrar bajo siete llaves la guerra civil y su versión posterior del franquismo, debates abiertos entre derecha e izquierda, equilibrados en cantidad y calidad de militancias, facilitan un diálogo que enriqueció nuestras libertades al poco de la muerte del dictador. Confrontar sin los ingredientes necesarios de la curiosidad y la urgencia de saber y oponer, pondrá el relato en bandeja a los totalitarismos, maestros en sus manipulaciones.

¿No lo percibimos?

Etiquetas
stats