La resurrección de Goebbles

Donald Trump y Joseph Goebbles

Difícil, por no decir imposible, entender el ascenso del nazismo y de Adolf Hitler al poder, sin el concurso de Joseph Goebbels en sus perversos planes. El pomposamente llamado ministro de Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich concentró todo el poder de enardecimiento de las masas en su persona. Lo hizo con el dicho “una mentira contada mil veces se convierte en una verdad”. El muñidor de la frase contaba para la prosperidad de su idea con el supuesto, confirmado por el tiempo, de que la ausencia de información era elemento determinante en la manipulación social de los hechos y actuaciones del poder. 

Goebbels se dotó en la denominación de su cartera ministerial de aterradoras competencias. Ilustración Pública de un lado, pero no en la acepción didáctica del término, sino en la variante del lavado de cerebro. Propaganda, del otro; aquí, sí, en su significante puro y duro de repulsa de la información sobre acontecimientos veraces y contraste de ideas. En esas lindes se encauza la cascada de verdades oficiales de la tiranía.

La historia se repite. Goebbels ha resucitado o ha salido del coma de la debacle del Tercer Reich con el reeditado ascenso de los fascismos, que ya empezó a entreverse en los albores de este siglo. Las democracias beodas de éxito, y aferradas a la pamplina del fin de la historia que acompañó la caída del comunismo y su símbolo dominante –el Muro de Berlín–, no se sacudieron la modorra de su engañoso éxito, y ahora penan el resacón de su borrachera neoliberal, el engendro que ha profundizado en una de las etapas históricas de mayor desigualdad social, el cebo de los mesiánicos.

Los Goebbles de las nuevas tecnologías

El Goebbels actual no es una individualidad oral en carne y hueso. Se ha mimetizado en el exceso tecnológico de la sobreinformación, a la postre, de efectos más devastadores en el confusionismo del ser humano, que su falta o insuficiencia, como apuntó el jerarca nazi. Las nuevas tecnologías son el arma más poderosa conocida de dominio de las mentes en clave de muchedumbres. Desde sus tribunas se ha ejercido una permanente práctica de la mentira que, por machaconería o desconcierto, ha cumplido sus objetivos. Goebbels dejó un legado demagógico que los manipuladores algorítmicos han elevado a la enésima potencia. 

Hitler, y la demoledora maquinaria ideológica de su oscura conciencia, fue la primera tiranía de la historia elevada al poder desde el sufragio universal. Avalado por la legitimidad de las urnas. El rizo del rizo para un sátrapa. El tiempo presente ha incidido en que si una democracia no se salvaguarda con la constante práctica de un ejercicio equilibrado de poderes, incluido el de la información, el sistema de libertades entra en coma profundo con la aquiescencia de los ciudadanos. Que los demócratas convencidos nos lo hagamos ver con obligado examen de conciencia de cuánto hay de acción ajena y de inacción propia. El análisis, hasta el momento, solo tiene el encuadre de la responsabilidad externa y poco o nada de la interna.

La pulsión hitleriana de Trump

Donald Trump es el ejemplo más visible de la resurrección de un III Reich. Hitler partió de una paz mal cerrada, llena de agravios para Alemania, que selló la Primera Guerra Mundial, pero abrió de par en par las puertas de su segundo capítulo. Desde ese suceso, el jerarca nazi ejerció una avidez de venganza, cuya culminación está en la historia como inmensa catástrofe. Se alimentó del odio a una etnia hasta llevarlo al genocidio. Conquistó por la fuerza o el engaño territorios limítrofes. Construyó una maquinaria de guerra para imponer su paz a la fuerza. Y silenció toda oposición interna con el recurso a unidades paramilitares de sofisticación en la crueldad todavía no superada.

El presidente de los Estados Unidos de América, un buen ejemplo de la transición de la Res Pública de Roma al imperio de las semidivinidades en solo el primer año de su mandato, ya ha cubierto casi todos los pasos del tiránico predecesor. Está a medio camino de consolidar una guardia pretoriana de su abominable ideología con un reclutamiento público de agentes al modo de los camisas pardas, SS o Gestapo. Y llegará el momento de reventar las urnas, un divieso en la fina piel de los autócratas, porque el poder de éstos es el abuso sin contrapoderes. La nación norteamericana ya está avisada de por dónde se pasa Trump a legisladores, jueces y medios de comunicación.

La dupla Hitler-Goebbels trituró la mentira hasta parecer verdad. Trump tiene su alianza indisociable en ese objetivo resucitado del ideólogo nazi, a través de las empresas tecnológicas aupadas por megamillonarios, cuya suma de fortunas personales pueden equipararse al PIB de un país medianamente rico. Ellos han modulado el altavoz de sus embustes, han catapultado la lobotomía de la opinión pública por medio de artilugios liquidadores de la funesta manía de pensar, y han dividido al mundo entre poderosos y miserables, disolviendo el pegamento de las clases medias.

Todo este panorama lleva tiempo en el temple de una trágica fragua. Entre tanto, las democracias, con el espejo fijado en Europa, cuna de las libertades de expresión y pensamiento, retornan al acoso de los totalitarismos, imposibles de calificar entre viejos o nuevos, porque siempre han sido lo mismo, embebidos en la discusión de si son galgos o podencos.

Da lo mismo, la rehala ya está aquí.

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