'Lo que (no) sé de las palabras', de Angélica Tanarro

La poeta Angélica Tanarro.

Luis Artigue

¿Qué pueden hacer las palabras, y más concretamente las palabras de los poemas, al respecto del vacío que nos deja la ausencia del otro, la muerte del ser querido, la desaparición de quien siempre estuvo a nuestro lado, salvo darnos, si no respuestas, compañía musical, sentimental y sensible? Repuesta de a esta pregunta de José Ángel Valente en su Ensayo sobre Miguel de Molinos: “En la experiencia de los límites últimos del lenguaje concurren el poeta y el místico. Establecidos ambos en esos límites, no hay, por lo que respecta a la naturaleza y operación de la palabra poética se refiere, diferencias discernibles entre uno y otro”…

Leemos el último poemario contemplativo, austero y casi místico a la hora de elaborar en silencio sus duelos escrito por la segoviana Angélica Tanarro: es un libro estimable que en la forma nos recuerda a don Jorge Guillén, en la música al Antonio Colinas de la luz respirada, y en el fondo e ideario espiritualista y pretrascendente nos parece que entronca con la poética del silencio del primer Valente (Mandorla, El Fulgor y No amanece el cantor), y con la filosofía de María Zambrano de Filosofía y poesía, Hacia un saber sobre el alma y El hombre y lo divino.

En efecto en Lo que (no) sé de las palabras, Angélica Tanarro practica una poesía de depuración extrema, fiel a esa tradición que entiende el poema como un espacio de decantación más que de desbordamiento. Publicado por Cálamo, el libro se inscribe con naturalidad en una línea de poesía reflexiva y contenida, donde cada palabra, depurada hasta el máximo en su significación como bien sugiere ya el título del libro, parece haber pasado por un riguroso examen de necesidad.

La brevedad de los textos no responde aquí a una moda del fragmento ni a un afán de ingenio fulgurante, sino a una ética de la escritura: decir poco para decir lo justo. En este sentido, la influencia de Jorge Guillén se deja sentir en la voluntad de claridad, en la aspiración a una palabra que nombre sin oscurecer, que afirme el mundo incluso cuando lo interroga. Pero junto a esa limpidez aparece también, y no de forma secundaria, la lección de José Ángel Valente: la conciencia del límite del lenguaje, la sospecha de que toda palabra es insuficiente y, aun así, imprescindible.

El título del libro ya decimos que condensa bien esa tensión central. Lo que se sabe y lo que no se sabe de las palabras no se presentan como términos opuestos, sino como zonas comunicantes. Tanarro escribe desde ese umbral donde el lenguaje roza el silencio sin disolverse en él. De ahí la importancia de los blancos, de las pausas, de una sintaxis que avanza con cautela, como si el poema se estuviera pensando a sí mismo mientras se escribe.

No hay aquí retórica ornamental ni imágenes gratuitas ni referencias culturalistas aleatorias. La autora confía en una dicción sobria, casi ascética, que exige del lector una atención afinada y una solidez cultural y musical potente versada en Bach, en la filosofía, la espiritualidad y la pintura. En estas páginas de hecho el poema no se impone: se ofrece. Y en esa ofrenda discreta reside buena parte de su eficacia. Cada texto funciona como una pequeña pieza de cristal –para usar una metáfora inevitable–, transparente pero frágil, donde cualquier exceso rompería el equilibrio.

Lo que (no) sé de las palabras es, pues, un libro que reivindica la lentitud y la escucha en un tiempo propenso al ruido. Un conjunto de poemas que no buscan deslumbrar, sino permanecer; que no aspiran a clausurar el sentido, sino a abrirlo con una claridad pensativa. Una poesía que, sin levantar la voz, deja una huella duradera…

Vean a tal efecto un precioso ejemplo:

Este fulgor de las copas más altas

te detiene

–te aísla–

Campana de cristal

donde es posible ser y no ser

al mismo tiempo.

En esta luz

se abrazan la que soñaste

y la que ya nunca serás.

–Y tú ¿dónde?–

Mientras

la Sonata a Kreutzer

presta sentido a la respiración.

Etiquetas
stats