Capitolina Díaz, Premio Nacional de Sociología: “La discriminación a las mujeres la sigo viendo patente cada día”

Capitolina Díaz es socióloga.

César Fernández

2 de febrero de 2026 21:27 h

Ni siquiera había oído todavía la palabra, pero Capitolina Díaz (Villadepalos, Carracedelo, León, 1952) ya era feminista cuando, de niña en casa, tenía que ser ella la que pusiera la mesa en lugar de su hermano. “Lo vivía con una indignación profunda”, cuenta por videoconferencia ahora que, como investigadora, se encuentra en tiempos de la inteligencia artificial y los algoritmos con equiparaciones escandalosas tomando como base la Wikipedia: “Hombre es a trabajo... como mujer es a madre”. Díaz, que formó parte de la primera generación de alumnas que rompió techos en las aulas, que volcó sus estudios en el género cuando comprobó la diferencia de expectativas de futuro en función del sexo y que pasó por cargos de responsabilidad en gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero que supusieron claros avances sociales, recibe, ahora ya jubilada pero vigorosamente activa, el lunes 9 de febrero el Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2025, que valora también como un respaldo al papel de las mujeres en la investigación científica apenas dos días antes de la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

Capitolina Díaz nació en Villadepalos, de donde procede su rama familiar materna, mientras que la paterna proviene de Quiroga (Lugo). Creció ya en Ponferrada, en torno al barrio de Flores del Sil. Fue curiosamente su padre, que luego estaría vinculado al movimiento vecinal, el que la animó a formarse con una frase que le quedó grabada: “Niña (él me llamaba niña): tú debes estudiar; si no estudias, dependerás de un hombre”. Ella asimiló el mensaje: “Fue una lección clarísima”. Lo personal se acompasó con lo social cuando llegó la hora de pasar al instituto y se matriculó en el Gil y Carrasco de Ponferrada. La incorporación masiva de alumnas obligó en el curso 1962-1963 a abrir el aula magna para acoger a 74 chicas en primero de Bachillerato. La revolución tomó luego forma legal con Ley General de Educación de 1970, que estiró la escolaridad obligatoria hasta los 14 años de edad.

Con las mujeres ganando terreno en el ámbito educativo, Díaz encontró la clave cuando, en el viaje de fin de curso a Barcelona, descubrió la Universidad Laboral de Zaragoza. “Y me quedé impresionada”, sentencia. Volvió a casa convencida de solicitar una beca para matricularse en aquel centro, que ofrecía Magisterio y Trabajo Social, hasta decantarse por la primera opción más por descarte que por vocación. “Yo no quería estudiar una carrera de mujeres. Y Trabajo Social ni sabía lo que era”, confiesa. Su generación, la de las nacidas en las cincuenta, ya estaba empezando a desembarcar en la universidad, un salto enorme con respecto a la de sus madres, a las que les tocó vivir en una España que todavía no había hecho la transición del campo a la ciudad. Estas trabajaban en casa y en las tierras con una media de 2,5 hijos por familia y sin conciencia social: “Pero ellas no sentían que fuera injusto lo que vivían”.

Capitolina Díaz (derecha), con los también Premios Nacionales de Sociología María Ángeles Durán y Pablo Oñate.

Lo paradójico volvió a ser determinante en su biografía. Las universidades laborales, una concepción “estrictamente falangista”, se convirtieron en “focos de antifranquismo extraordinarios”. “Todo lo que sé de marxismo lo aprendí allí clandestinamente”, subraya. Su generación tenía ya la conciencia social por duplicado cuando murió Francisco Franco y España se asomó al proceso de Transición a la democracia. “Teníamos deseos de igualdad y deseos de libertad”, refrenda. El caso es que las reivindicaciones de la mujer quedaron relegadas para todo el espectro político. “Y eso no es una singularidad de nuestra Transición. Todos los cambios políticos que se han hecho no han considerado a las mujeres ni a las minorías”, determina. Sus reivindicaciones, en aquel contexto, eran tenidas por un “planteamiento pequeño burgués y no revolucionario”. Hubo luego avances logrados a veces a pie de calle (las manifestaciones por el derecho al divorcio y al aborto) y en otras ocasiones en los despachos (destaca la presión de mujeres del PSOE hasta conseguir, ya avanzados los ochenta y con Felipe González en La Moncloa, que los socialistas reservaran hasta un 25% de los puestos de las candidaturas electorales a las féminas).

Todos los cambios políticos que se han hecho no han considerado a las mujeres ni a las minorías. Eso no es una singularidad de nuestra Transición

Capitolina Díaz Premio Nacional de Sociología

“Nunca pensé que de un plumazo se fueran a resolver las cosas”, admite con perspectiva histórica Capitolina Díaz, que terminó Magisterio en Zaragoza, aprobó las oposiciones y empezó a ejercer la docencia en educación infantil, que compatibilizó con los estudios cuando se matriculó en Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Por el medio se casó y a su marido lo destinaron como catedrático de Filosofía precisamente al Instituto Gil y Carrasco de Ponferrada. Díaz se trasladó a la capital berciana, donde dio clase en dos colegios y completó los estudios de Sociología. Fue allí, haciendo un trabajo de Sociología de la Educación, cuando orientó su futuro sobre la base de aquel pasado de espíritu feminista latente al comprobar las diferentes expectativas de sus alumnos y alumnas de EGB (Educación General Básica). Y ahondó en esa línea hasta dedicarle su tesis doctoral, ya en Londres, tomando como referencia cuatro colegios de distintas zonas de Madrid.

La tesis dividió a los alumnos en tres grupos según sus expectativas de futuro. Al primero lo denominó modelo profesional: estudiantes convencidos de volcarse en su actividad profesional “sin depender de nadie”, si bien “ellos no tenían necesidad de explicitarlo”; el modelo familiar: normalmente casos con bajo rendimiento escolar y en familias con escaso nivel educativo en los que ellos preferían entrar en una factoría y ellas se conformaban con ser amas de casa: y el modelo dual: casi exclusivo de chicas, que ya pensaban en la conciliación laboral y familiar al estar decididas a labrarse un futuro profesional con fórmulas de atención a los niños como tener un despacho en casa o ser profesora y llevarlos al mismo colegio. Díaz volvió a España para dar clase de Sociología, primero en la Universidad de Oviedo y luego en la Universidad de Valencia, por la que es catedrática. Y se especializó en sociología del género, una materia tomada a veces por sospechosa, como le ocurrió hace apenas un par de décadas con un catedrático que le espetó: “Eso que haces probablemente esté bien, pero desde luego que lo que no es es sociología”.

Díaz volcó desde entonces su trabajo en esa línea, en la que profundizó también desde la administración pública al formar parte de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero. Fue primero directora de la Unidad de Mujeres y Ciencia en el Ministerio de Educación y luego directora general para la Igualdad en el Empleo del primer Ministerio de Igualdad con paso intermedio por Bruselas como consejera de investigación en la representación permanente de España ante la Unión Europea. ¿Cuál es el margen de maniobra para transformar la sociedad desde la administración? “En puestos intermedios se pueden hacer muchas cosas”, responde sin dejar de reconocer que “el poder es limitado”. Le quedaron asignaturas pendientes como la de haber incluido una asignatura obligatoria de igualdad en los planes de estudios de las carreras universitarias, al menos en estudios como Educación, Derecho o Medicina. Y se volvieron de alguna manera a reproducir esquemas de la Transición cuando en el cargo vinculado a las políticas de empleo en el Ministerio de Igualdad las decisiones afectaban a patronal y sindicatos: “Y para ninguno de ellos las mujeres eran prioritarias”.

Díaz, que padeció escenas particularmente desagradables cuando a la contestación por la creación de una cartera de Igualdad se unió la polémica por la legislación del aborto y hasta tiraban muñecos de goma como representación de fetos a las puertas del ministerio, cree que medidas tomadas entonces como los gobiernos paritarios han tenido consecuencias también en otros partidos al margen del PSOE: “El PP incluye, de hecho, a muchas mujeres. Incluso Vox tiene a muchas mujeres en primera línea”. Aun admitiendo que todavía las mujeres llevan las de perder cuando el puesto en disputa es por optar a la Presidencia del Gobierno (“no hemos sido educadas para ser las únicas y las primeras”) y la preponderancia de los hombres en cargos de segundo nivel pero con un amplísimo poder como las secretarías de Estado, la berciana cree que el espacio de la política ya está “ocupado”. “Y espero”, añade, “que se esté convirtiendo, a la fuerza, en un espacio relativamente amable”.

La ciencia no es capaz de enterarse de que no mira con los mismos ojos a las mujeres que a los hombres

Capitolina Díaz Premio Nacional de Sociología

Más difícil resulta cambiar otras mentalidades. “Hay una resistencia importante a creer que la ciencia está sesgada”, afirma al atribuirle tendencias como la de asimilar al patrón del ser humano con un modelo “masculino y blanco”. “La ciencia no es capaz de enterarse de que no mira con los mismos ojos a las mujeres que a los hombres”, abunda. La repercusión llega, por ejemplo, a las consultas médicas, donde muchas veces la mujer es la “histérica” que precisa de “ansiolíticos” en mayor medida que los hombres. Y respalda sus afirmaciones con estudios como aquel que analizó la prevalencia de hasta 777 enfermedades en la población de Dinamarca: “Y las mujeres fueron diagnosticadas con cuatro años de retraso”.

La socióloga, que pone otros ejemplos como diseños de coches que se convierten en trampa mortal para mujeres, normalmente de menor estatura pero con una mayor conciencia del valor de la prudencia, hace un punto y aparte para hablar de estudios propios ambientados ya en una era de transformaciones tecnológicas que ponen en primer plano herramientas novedosas como la inteligencia artificial, pero condicionadas también por la visión dominante en el mundo. Lo comprobó cuando alimentó con la Wikipedia un algoritmo para establecer correspondencias, al principio simples como la de alinear dos capitales con sus respectivos países. El problema se evidenció cuando puso en relación hombres y mujeres. “Hombre es a inteligencia... como mujer es a lucirse” fue una de las rocambolescas respuestas. Tratando de invertir el orden de los términos, encontró dificultades hasta llegar a una conclusión: “No hay suficientes datos en la Wikipedia como para que las mujeres estén como protagonistas”.

Capitolina Díaz es socióloga.

¿Cómo poner solución a diferencias que ya están en el inconsciente? “Eso es lo más difícil. Los cambios legislativos son relativamente fáciles de lograr en comparación con las dificultades con los estereotipos y los sesgos implícitos”, sentencia. La berciana, que prefiere hablar de “sociedad de supremacía masculina” a “patriarcado”, predica con el ejemplo al lanzar herramientas como CaDi (acrónimo de Capitolina Díaz), un traductor al lenguaje inclusivo, otro ámbito muchas veces parodiado pero del que recalca su importancia. “Yo no soy partidaria de reescribir El Quijote ni los cuentos infantiles, ni cambiar la cultura del pasado con corrección política”, matiza para recalcar que “la lengua es una cosa viva” y abogar por el empleo de fórmulas de “lenguaje inclusivo” que sustituyan al habitual “masculino genérico”. “Y ahí hay una ceguera masculinal por parte de la Real Academia Española”, afea.

Los cambios legislativos son relativamente fáciles de lograr en comparación con las dificultades con los estereotipos y los sesgos implícitos

Capitolina Díaz Premio Nacional de Sociología

El escenario mundial tampoco es cómplice en tiempos de preponderancia de figuras como el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. “Hay un dominio del espacio público por parte de hombres con poder que presumen de su masculinidad. Hay un prototipo de masculinidad exagerado”, dice al respecto de intervenciones como el secuestro del dirigente venezolano Nicolás Maduro o la represión practicada en contra de la inmigración. Volviendo el foco a lo local, preguntada por si las inquietudes en una provincia como la leonesa que busca alternativas económicas y en la que han resurgido debates identitarios hasta poner las aspiraciones autonomistas en el primer plano podrían relegar de nuevo a la mujer, reconoce “agravios” territoriales en el reparto de fondos europeos y destaca el “nivel educativo muy notable” para expresar un deseo: “Que el talento femenino se ponga en primera línea para lanzar proyectos que reviertan en la búsqueda de soluciones de futuro”.

Capitolina Díaz, que le da la vuelta a la estadística que vincula a jóvenes varones con una tendencia de voto hacia la extrema derecha con el ejemplo de quienes prefieren “una vida tranquila” sin “fuertes aspiraciones económicas” o los que se implican en la paternidad (“son menos llamativos, pero tienen un nivel educativo más elevado y, por lo tanto, una mayor capacidad de influir”), reconoce el momento de división del movimiento feminista tras destacar que es múltiple y plural. “Ha tenido olas de mucha unidad y de grandes divergencias”, señala con la esperanza de que regrese la primera “aunque no es fácil restañar las heridas”.

El 9 de febrero recibirá el Premio Nacional de Sociología. ¿El galardón también es una forma de respaldar las investigaciones realizadas con perspectiva de género? “La respuesta es un sí con mayúsculas”, contesta para mostrarse así “doblemente agradecida”. “Se trata de un reconocimiento enorme al papel de la mujer en la investigación científica”, añade sin por ello obviar que “todavía la discriminación y la invisibilidad de las mujeres en la ciencia es brutal”. El premio, precisa, es en parte consecuencia de una decisión particular, la del presidente del CIS (Centro Investigaciones Sociológicas), José Félix Tezanos, de alternar los sexos de los ganadores: un año a un hombre y al siguiente a una mujer. Y es que Capitolina Díaz, que ya de niña era feminista sin todavía saberlo y que ha dedicado toda una vida al estudio sobre el ámbito de la igualdad, concluye: “La sensación de injusticia y de discriminación a las mujeres la sigo viendo patente cada día”.

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