Parte de ningún viaje
En estos últimos meses y por motivos he estado VIVIENDO en tres de las grandes capitales españolas. No digo visitando, como otros escritores, cómicos, artistas, bultos o valijas, que, agasajados por las instituciones con millones de euros de dinero público, se alojan en hotelazos y, masticando perniles y mariscos desde esos crisoelefantinos ámbitos, opinan e imparten mientras hollan alfombras de apretado pelo. No. He estado durmiendo y utilizando las instalaciones higiénicas y adminículos de DOMICILIOS particulares. Siendo en estas enormes ciudades –que yo llamo metrópolis porque las tres disponen tanto de un suburbano muy feo como de sus propios guardias de la porra–, curiosamente, PUEBLO. Esta singular experiencia me pone en disposición de juzgar y establecer. Voy a a ello, elevándome sobre mí mismo y sirviéndome de mi propia experiencia ya experimentada. Antes de nada debo hacer un poco de historia y declarar que tales urbes son Bilbao, Madrid y Barcelona cuyas etimologías no hídricas las delatan ya en su primera sílaba: Bil, de factura, Mad, de locura y Bar, de establecimiento donde expenden bebidas alcohólicas. ¿Qué las une, aparte de nuestras infraestructuras y qué las separa, aparte de… nuestras infraestructuras? Las une, sin duda, que son lugares de contrastes. Contrasta muchísimo que alrededor de ellas hay muchísimos menos residentes que en su interior, donde las personas se apelotonan en su pululación e incluso se devanan. Hay más gente que la hostia. Sobre todo en el centro. Luego, como digo, la población se va disipando hasta que llega a León, donde no se encuentra a prácticamente nadie, pero sigue sin haber aparcamiento. ¿Qué más enlaza, liga, yuxtapone o anuda a estas capitales? Sin duda, su monumentalidad. Gran cantidad de sus edificios o construcciones pertenecen a este orden arquitectónico, así como sus florestas, jardines, retiros, rías y barcelonetas, que se pueden calificar como tales. Es indudable. Pero no optaría yo a mi título de viajero, literato e incluso guía y viceversa si no hiciera constar asimismo las diferencias entre estas colmenas, estas cucañas, que decía el igualmente viajero y literato Camilo José Cela, que fatigó los ciento treinta y un kilómetros entre Madrid y la Alcarria con brillantes resultados dando constancia escrita como solo él sabía de fogones, paisajes y... cosas. Las diferencias, como digo –bueno, en realidad, empiezo a decir, ya que hasta ahora solo había señalado, quizá prolijamente, sus afinidades o semejanzas–, son notables. En temperatura, sobre todo si vas a un sitio –¡o al mismo!– u otro en febrero o en septiembre. En costumbres, ya que los lugareños que en estos crisoles son de todas las partes y etnias del mundo, incluso de Soria, y se levantan y acuestan a las horas más dispares para hacer cosas como lo que ellos denominan trabajar o ganarse la vida. Su habla, que va desde el vascuence o catalán o gallego más cerrado hasta el menos cerrado o no cerrado en absoluto conocido como español o castellano, sus bailes y atuendos, barbas, axilas y un largo etcétera, que también podría ser un corto etcétera si se eliminasen del primer etcétera algunos elementos. Se me podría preguntar –¿por qué no?– cuál es la mayor diferencia entre estas tres titánicas urbes y León, ciudad a la ya que considero como mi lugar de empadronamiento. Pues sus precios. Disparatados en la ciudad del Torío y el Bernesga. Seguiría departiendo sin cesar amenísima y pedagógicamente acerca de mis viajes y aventuras, sobre todo por dinero, pero igual esta gente desea echarse.