León empieza la temporada de incendios con una pregunta recurrente: ¿se puede repetir el verano pasado?

Bomberos del SEPEIS luchando contra las llamas en un incendio forestal en agosto del año pasado.

Elisabet Alba

El verano de 2025 dejó una huella marcada a fuego difícil de olvidar en la provincia de León. Más de 130.000 hectáreas calcinadas, miles de personas de decenas de pueblos evacuados por las llamas, carreteras y vías de ferrocarril cortadas y un operativo desbordado por unos sucesos de comportamiento extremo que avanzaban con una velocidad y una intensidad muy difíciles de controlar. Un año después, cuando este viernes arranca oficialmente la campaña de peligro alto de incendios forestales, la gran pregunta es inevitable: ¿puede volver a ocurrir?

Para Leonor Calvo, catedrática de Ecología de la Universidad de León y directora del Departamento de Biodiversidad y Gestión Ambiental, la respuesta no es sencilla. La situación actual parece ser mejor que la de hace un año, pero los factores estructurales que favorecen los grandes incendios siguen presentes. “Ahora mismo estamos mejor que el año pasado”, resume, “pero seguimos teniendo muchísimo combustible en el monte y vamos a tener que tener mucha precaución todos”.

Los incendios del verano pasado no fueron fruto de una sola causa. Según explica la investigadora, durante julio, agosto y buena parte de septiembre se combinaron varios factores excepcionales. Por un lado, una vegetación especialmente abundante tras meses favorables para el crecimiento. Por otro, una sucesión de olas de calor desde la tercera semana de julio que secaron esa vegetación de forma muy rápida. “La vegetación se convirtió en material muy inflamable”, explica.

A ello se sumaron episodios de sequía extrema, temperaturas muy elevadas, fuertes vientos y numerosas tormentas secas. El resultado fue la combinación perfecta para la aparición de incendios de comportamiento extremo. “Se dio todo lo que se necesita para un gran incendio”, resume.

Uno de los datos más llamativos es que una parte muy importante de los fuegos no tuvo origen humano. Más de la mitad de los incendios importantes estuvieron relacionados con rayos procedentes de tormentas secas. “Fue como una tormenta perfecta”, señala.

Sin embargo, para Calvo, la clave no está únicamente en la meteorología. El factor más determinante para que un incendio se convierta en una catástrofe es la enorme acumulación de combustible vegetal que existe actualmente en buena parte del territorio.

“La mayor parte del monte está abandonado”, advierte. Donde antes existían actividades agrícolas, ganaderas o forestales que mantenían el paisaje abierto, hoy predominan matorrales y masas forestales continuas que facilitan la propagación de las llamas. La vegetación acumula continuidad horizontal y vertical. Es decir, el fuego puede desplazarse con facilidad tanto por la superficie como hacia las copas de los árboles. Cuando coinciden combustible abundante y condiciones meteorológicas extremas, el resultado son incendios muy difíciles de atajar.

La investigadora alerta además de otro fenómeno cada vez más preocupante: las interfaces urbano-forestales. La continuidad del combustible alcanza ya muchas localidades y urbanizaciones situadas junto al monte. “Cuando se origina un incendio, no entiende de límites”, recuerda. Por eso considera prioritario continuar creando bandas de autoprotección alrededor de los núcleos habitados, una tarea que ya se está desarrollando en algunas zonas, aunque requiere tiempo y planificación.

Trabajos de extinción de la Brif de Tabuyo del Monte en el incendio de Fasgar-Colinas.

¿Estamos mejor que hace un año?

La respuesta es sí, pero con la boca pequeña. Las lluvias registradas durante los meses de abril y mayo han mejorado las condiciones respecto a las que existían al inicio del verano pasado. Las temperaturas de las últimas semanas también se han moderado después de los episodios de calor registrados en mayo. Sin embargo, la abundancia de vegetación vuelve a ser muy elevada.

El problema es que gran parte de esa vegetación está formada por herbáceas finas que comienzan a secarse rápidamente con la llegada del calor. Ese material es precisamente el que facilita el inicio de numerosos incendios. “Si en julio y agosto volvemos a tener situaciones de sequía extrema, podríamos volver a vivir situaciones similares a las del verano pasado”, advierte.

Aunque resulta imposible predecir cómo será la campaña de 2026, los investigadores sí observan una tendencia clara. El periodo crítico de incendios se está alargando. Además, los episodios extremos parecen repetirse con una frecuencia cada vez menor.

Calvo recuerda una secuencia que muchos especialistas siguen con preocupación: el gravísimo incendio de Tabuyo en 2012, los incendios de Cabrera en 2017, los de la Sierra de la Culebra en Zamora de 2022 y los grandes incendios que afectaron a prácticamente toda la provincia de León en 2025.

“Es muy probable que situaciones similares vuelvan a repetirse”, señala. De hecho, mientras la campaña apenas acaba de comenzar en León, este año ya se han registrado incendios pequeños en la provincia y otros de gran magnitud en zonas del sur como Huelva, Sevilla, Badajoz o Murcia.

Brigadas de vecinos para desbrozar un cerco de protección alrededor de Riaño, envuelto en humo por los incendios.

Qué se puede hacer

La solución, según la catedrática de la Universidad de León, no pasa únicamente por aumentar los medios de extinción. El trabajo más importante debe realizarse antes de que aparezcan las llamas. La propuesta pasa por identificar los puntos estratégicos más vulnerables de la provincia y actuar sobre ellos de forma prioritaria.

“No podemos hacerlo en todo el territorio, pero sí en las zonas más conflictivas”, explica. Entre ellas cita comarcas como El Bierzo, Cabrera o las áreas limítrofes con Sanabria.

Las herramientas son conocidas desde hace años: desbroces, quemas prescritas, recuperación de aprovechamientos forestales y apoyo a actividades económicas que contribuyan a mantener el paisaje.

Uno de los mensajes más repetidos por los expertos es que la prevención de incendios no depende únicamente de la gestión forestal. También depende de que exista actividad económica en el territorio.

Un estudio elaborado por la Universidad de León junto a Cesefor identificó tres actividades especialmente útiles para crear paisajes más resilientes frente al fuego: la ganadería extensiva, los sotos de castaños y los aprovechamientos resinícolas asociados al pino pinaster.

Pero insiste en que no basta con plantar árboles o aprobar planes. “Hay que mantenerlos”, subraya. Los sotos de castaños necesitan gestión continuada. La ganadería requiere apoyo económico estable. Y la extracción de resina necesita profesionales y respaldo institucional para resultar viable.

Una responsabilidad compartida

Mientras León entra en una nueva campaña de peligro, el mensaje que lanza la investigadora es de prudencia. No hay motivos para el alarmismo. Tampoco para la complacencia.

Las condiciones actuales son mejores que hace un año, pero el combustible sigue acumulándose en el territorio y los escenarios extremos forman ya parte de la nueva realidad climática. Por eso, además de las medidas que deben adoptar las administraciones, Leonor Calvo apela a la responsabilidad individual y colectiva.

“Todos tenemos implicaciones”, recuerda. Porque los incendios seguirán existiendo. La diferencia estará en si el territorio es capaz de impedir que vuelvan a convertirse en una catástrofe como la vivida el pasado verano.

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