154 Rodera 12042026   12 de abril de 2026   ILEÓN

Paso más tiempo del que quisiera hablando para nadie. Quiero decir, tratando de comunicarme con dependencias administrativas. Esta comunicación, a veces con escritos, guarismos o recibos, a veces con plegarias, resulta tan gratificante como explicaba Elizabeth Taylor sobre actuar con Lawrence Harvey: igual que hacerlo sola, pero peor. Mas a veces estos no-diálogos dan lugar a prosas dadaístas francamente hilarantes. No esta vez en mi caso, pero en otros. Vamos con un ejemplo que podemos considerar universal impreso hace poco por el periodista del decano –el decano es el periódico Diario de León– Álvaro Caballero. Reproduce la contestación del Ayuntamiento a la reclamación de un ciudadano por daños en los neumáticos de su vehículo debido –o no– a un bache de cuarenta centímetros de diámetro y siete de profundidad. No creo que destripe nada si digo que el Consistorio no indemnizó ni resarció al ciudadano de ninguna manera y he aquí su explicación y su porqué: “El socavón se encontraba situado en una vía urbana, en horario diurno y con condiciones adecuadas de visibilidad, sin que conste la concurrencia de circunstancias excepcionales que impidieran su percepción, lo que exigía al conductor extremar la atención y adaptar su conducción a las condiciones de la vía. Esta falta de adecuación de la conducción a una anomalía plenamente visible determina una contribución relevante y prevalente del reclamante en la producción del siniestro, rompiendo el carácter exclusivo del nexo causal imputable a la Administración y justificando, por tanto, la distribución porcentual indicada”. Espléndido. Me encanta TODO. Etimológica, filosófica, semántica y hasta sexualmente. El socavón, se afirma en el exordio, existía en efecto. Y estaba en la carretera. Allí crecía y vivía sin hacer mucho caso de la policía. No era reservón o secreto. Se le describe como evidente y orgulloso de su condición. El técnico no solo refuta y persuade. Recrea mundos. Comala, Macondo, Yoknapatawpha, Región, la calle Marqueses de San Isidro… El autor se acerca al agujero y hasta describe su horizonte de sucesos. O sea, ignorarlo prácticamente constituye no ya una injustificada infracción porcentual, sino un delito. ¡Hay que adecuar la conducción a lo visible, hombre! El desconsiderado demandante por tanto acusa de forma injusta al socavón de una circunstancia que hubiera podido evitar 1) esquivándolo con su vehículo, 2) yendo por otra calzada con su vehículo, 3) dejando aparcado su vehículo o 4) no poseyendo un vehículo en absoluto. Las irresponsabilidades se acumulan por parte del contumaz reclamador que, imprudente, prevalente y relevante debería ser más bien ejecutado y juzgado –en ese orden– por poner en peligro su vida y la de sus semejantes y sus viviendas y su ganado. Bien. El consistorio abunda, conciliador, en que la rotura del nexo –o cigüeñal– no solamente era incapaz por sí sola o en compañía de otros de daño alguno sino que, ojo: “en la actualidad el pavimento se encuentra en perfectas condiciones y ha sido reparado por el personal encargado del mantenimiento viario en fechas posteriores al incidente”. Señorío. Continúa la administración: “Si bien la anomalía existía, los daños causados no dependen únicamente de esta, debiendo tener en cuenta otros factores como son el estado de conservación del propio neumático y la velocidad del vehículo”. No le cobran el gasto al salvaje que casi hace tal acto imposible agrandando el agujero con su nula adaptación a la anomalía yendo como un loco con un coche que a saber en qué condiciones se encontraba. En total: el día –de autos– era luminoso, con lo cual la visibilidad era fenómena, el bache ya está arreglado, así que menos lloros; se desconoce a qué velocidad iba –¡Hay que ir a treinta o menos, Ayrton Senna!– y, sobre todo, el neumático asesino probablemente se encontraba bajo la influencia del alcohol y de las drogas y acababa de salir de la cárcel. Y todavía quiere que se lo paguen. El sinvergüenza. Pobres padres.

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