La gran fiesta de la pelota

Un balón de fútbol contra la red de la portería en un gol

Llega el Mundial de Fútbol. Llega la gran fiesta de la pelota. Los problemas el mundo se aparcarán por unas semanas para detener nuestra atención sobre ese balón de fútbol empujado, rozado, pateado, cabeceado, desviado o acariciado por aguerridos soldados sobre el verde campo de batalla. Serán unos pocos escogidos, los refinados artistas del juego, los que determinarán con su talento e intuición los incontables destinos de esa errática pelota que calza un perímetro de unos 70 centímetros. Y serán todas esas pequeñas acciones que cada jugador ejecute, las más de las veces de forma inconsciente, las que decidirán el resultado final tras los noventa minutos de partido, la victoria o la derrota, las alegrías o los lamentos de los aficionados. Todas esas deslumbrantes o desatinadas maniobras de estos héroes en pantalón corto escribirán los nuevos versos de la épica, esos que serán recordados hasta convertirse en leyenda.

El fútbol posee una arrolladora capacidad de movilización social, un enorme poder de penetración emocional en la comunidad que le distancia de cualquier otra actividad deportiva o lúdica que podamos imaginar. Todas esas infinitas variables que alimentan la incertidumbre del resultado, la carga de emotividad que invade los estadios o la enorme belleza estética que desprende el esfuerzo de los jugadores, consiguen que el fútbol moderno sea a día de hoy el único espectáculo global capaz de paralizar el planeta. Este juego de pelota que nació en el Reino Unido a finales del siglo XIX, hace ya mucho tiempo que ha trascendido lo meramente deportivo para concentrar en un simple rectángulo de juego muchas de las pasiones que nos hacen intrínsecamente humanos, animales sociales que empujan con su aliento a la tribu que les vio nacer y visten sus colores.

Balón Trionda del mundial de fútbol 2026.

Hagan juego señores, la gran fiesta de la pelota va a comenzar, las aficiones de cada país se preparan para animar incondicionalmente a los suyos mientras jugadores y entrenadores preparan sesudas estrategias. Todo para que, eventualmente y detrás de cada parada felina, cada soberbio remate de cabeza o cada incomprensible fallo ante la portería vacía, nos topemos con un elemento ingobernable que acabará decidiéndolo todo: ese volátil y maravilloso factor humano. Porque no se engañen, la grandeza de este deporte reside es su impredecible naturaleza, en esa linea narrativa improvisada por los protagonistas con su destreza, errores, pundonor o intuición en el mismo momento de su ejecución. El anhelado gol sólo existe en ese efímero instante en que estalla sobre el presente con toda su belleza y plasticidad, está hecho del mismo material con el que se forjan los sueños.

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