La final

El trofeo del Mundial de Fútbol.

Podría haber sido cualquier otro país el que diera tal ejemplo de pundonor y honestidad jugadora, cualquier otro rincón del mundo y sus habitantes podrían haber sabido ganar tan bien como los nuestros. Esto no va de tribus, somos más inteligentes y menos nacionalistas de gaceta de provincias que aquellos que no han leído un libro en su vida, sean de la nación o rincón del mundo que sean. Sabemos que somos igual de frágiles o poderosos que los demás, que casi nada nos separa de todas las demás tribus con bandera que han participado en este Mundial. Ahora bien, esta pandilla de futbolistas ha demostrado tener algún talento más que la ya de por sí admirable agudeza para participar de esa redonda y maravillosa sinfonía del balón que han mostrado al mundo. Son buenos chavales, buenos guajes, que diríamos por estos lares. Buenos en el sentido más puro del término, saben ganar y perder, saben que nada empieza y acaba en uno mismo.

La final contra Argentina, un país hermano y que ocupa también un rincón muy especial en el corazón de este cronista, será un hermoso epílogo, el partido soñado. Este duelo entre los dos mejores equipos del campeonato será el premio ultimo después de tanto esfuerzo y tantas batallas enfrentadas. Aunque simplificando hasta lo esencial y emulando al inefable M. Rajoy, ese inesperado cronista deportivo que nos regalado el Mundial, ese premio de jugar el partido más importante de sus vidas será la recompensa final para todos esos guerreros de la pelota que se lo han trabajado a pulso. El logro de ganar no es más que la consecuencia de hacer las cosas bien. Y aún así, no siempre se gana. Los que nos hemos educado bajo los preceptos de la moral católica ya asimilamos desde niños la idea de correspondencia entre mal acto y castigo, o buen acto y premio. Pero la vida es mucho más compleja que el resultado final de un partido, está llena de matices, la inabarcable verdad se esconde detrás de cada diminuto detalle.

Ese partidazo contra Argentina será el punto final de una larga trayectoria, la guinda del pastel. Porque un premio es básicamente eso, el último eslabón de cualquier reto, sea personal o colectivo, diminuto o gigantesco, absurdo o coherente, noble o malvado. Lo que es seguro es que el final de este Mundial de Fútbol dejará una extraña sensación de vacío tras de sí. Ya lo dijo mejor que nadie Elizabeth Taylor en una de las semblanzas que aparecen en el estupendo libro de Truman Capote, Retratos: “Cuando encuentras lo que siempre has deseado, eso no es el principio de un comienzo, es el principio del fin”.

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