Leoneses insignes a los que nunca acabé de descubrir (hoy Benigno Castro)

Una representación del fallecido Benigno Castro en Puerta Castillo en León.

El poeta romano autor de La Eneida Virgilio vivía en la ciudad de León. Me refiero a que Dante en la Divina Comedia dejó dicho que Virgilio no solo era el epítome del gran sabio, sino que también tenía algo de ángel que guía.

Como el Virgilio de un Dante uno, al repesar lo que lleva de vida, es muy consciente de que ha tenido varios Virgilios, varios guías con un nivel de conciencia y una inteligencia superior a la de uno que, igual que el arqueólogo que restaura amorosamente los restos de un ánfora, me han ido rescatando, corrigiendo, puliendo y guiando sin que entonces me diera cuenta del todo.

Hay personas en León a las que conocí muy bien, que me influyeron y cuidaron mucho, y que ahora pienso que daban para más; que podía haberlos conocido mejor, que no llegué al fondo…

Por ejemplo, Benigno Castro.

Tengo un espacio abuhardillado dentro de mi corazón, con whisky y hielo, reservado a mi admirado y querido Benigno Castro, una de esas personas que para mí nunca se morirá del todo. Ahí permanecerá a buen recaudo este hombre tan dotado para la conversación; este aristócrata de la amistad al que debo tantas cosas que apenas caben en lo que escribo ahora con tanta tristeza como agradecimiento...

De hecho tengo el privilegio de su afecto como un recordatorio de lo de verdad importa en esta vida.

Por suerte mis conversaciones con Benigno eran como Los Infiernos de Rimbaud donde las cosas no acaban nunca, sí, y por eso nos aliábamos en una especie de comunidad emocional una vez al mes en el Restaurante El Faisán Dorado o en Restaurante Amancio, primero, y luego a veces continuábamos la sobremesa eterna con el whisky acerado de la terraza del Alfonso V. “La enfermedad me ha hecho rechazar casi todos mis compromisos porque la vida es muy corta para hacer las cosas sólo por cumplir”, decía. Y a mí me halagaba sentir que nuestras citas fueran inexcusables incluso cuando trabajaba en Madrid, en la época de Zapatero, como alto cargo del ministro leonés José Antonio Alonso.

Todo fluía al compás de la maravillosa cocina de autor de Benito o de Amancio. Y, mientras yo le agradecía íntimamente a la vida el poder estar en contacto con esa lucidez radical tan infrecuente como necesaria, él, con sus sutiles reflexiones, me curaba la inocencia e incluso el idealismo. Eso, intercambiábamos ocurrencias y fragmentos de biografía. Soñábamos. Bebíamos sin olvidar por que las buenas conversaciones están plagadas de recuerdos. Yo le recitaba poemas de memoria y él me sumergía en su peculiar visión del mundo que aunaba el derecho, la historia, el periodismo, el derecho, la literatura y una versión personal de escepticismo postmoderno. Yo le hablaba de mis esforzados comienzos y él rememoraba los suyos mientras dibujaba con palabras su vida de alto jefazo de no sé qué como quien no le da importancia al éxito sino sólo a la jerarquía de la inteligencia y la felicidad, que es la que cuenta. Y es que Benigno Castro, a su brillante manera, era, por decirlo con una expresión de Josefina Aldecoa referida a su marido Ignacio Aldecoa pero que clava a Benigno, “un gozador de la existencia”. Su hambre heterodoxa de saber para mí siempre será un referente.

Una persona refinada y elegante

Oh, recuerdo que su ironía era tan refinada y elegante como su bigote. Por ejemplo una vez me decía nostálgico que “cuando yo era más joven que tú iba a las piscinas de Sainz de Miera para vender periódicos. Luego, veinte años después, dirigía yo uno de los periódicos de León, y me di cuenta de que se trataba de lo mismo: vender periódicos”.

Pero más allá de su inteligencia –Benigno Castro es una de las personas más inteligentes que he conocido– afloraba a veces, sólo a veces, cierta ternura tan pequeña como esas cosas preciosas que las madres envuelven con cuidado en un pañuelo, por decirlo con un verso de Juan Carlos Mestre. Sobre todo era cuando me hablaba de Rosa, su mujer, “que es más lista que el hambre –decía- y la suerte que tengo es estar con ella”. Y me lo confesaba como alegrándose y con un orgullo incapaz de reconocer, mientras yo le estaba dando la noticia de que me iba a casar con mi novia, la cual se la tomó como una de esas cosas ajenas que nos pasan también a nosotros, y nos llenan de renovada luz el corazón.

Veinte años de su muerte

Han pasado veinte años y yo he aprendido a hablar de Elena como él hablaba de Rosa. Igualmente Benigno albergaba un cariño ejemplar para con su suegra, una mujer muy especial de la que me resumió muchas veces su biografía. Pura épica. Otro ejemplo que me ayudó a saber la suerte que tuve de tener una suegra como Lita a la cual jamás olvido como no olvido a Benigno.

Finalmente nuestros encuentros, debido a su salud cada vez más deteriorada, se limitaban a su casa o al teléfono pues era demasiado pudoroso para dejar ver la indignidad de su cuerpo, pero sus correos electrónicos seguían teniendo esa rotundidad que va asociada al valor y a la lucidez, y la bondad, y la dignidad. Bueno, son cosas que me ha dado por recordar para hablar de una persona que dignificó León por su compromiso jurídico y político, por su magisterio como profesor de la UNED, por sus enormes habilidades sociales para la conversación, por su visión del mundo tan rica como atenta a las taras sociales e ideológicas, por su sentido común trufado de sensatez y sentido del humor y, acabándolo de decir con un verso de Rilke, por saber vivir en alabanza del mundo, esto es, vivir en la conciencia de que el mundo es interesante porque nos desborda.

— Luis hay gente que tiene depresión, que es una enfermedad horrible, pero nosotros en vez de depresión tenemos expresión.

En resumen, que hay gente extraordinaria en León –yo he conocido a algunos– infiltrada entre la gente normal, y hay que escribir de vez en cuando sobre ellos porque nos mejoran al tiempo que lo mejoran todo…

Querido Benigno: tú nunca estarás demasiado lejos…

¡Gratitud!

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