'Lo que no se ve', de Cristina Fernández Cubas
Como nos enseñó en su día el gran teórico de la literatura Tzvetan Todorov el origen del cuento realista con impregnaciones fantásticas (el que narra peripecias fantásticas que le acontecen a personas normales) se remonta al Mahabharatha y Las Mil y una Noches, y a los bíblicos libros de Daniel, Ezequiel y sobre todo el Apocalipsis, y a las vanguardias en general y más concretamente al surrealismo, y al canon de la ciencia ficción blanda, al del realismo mágico hispanoamericano, al de la teología y al del psicoanálisis.
En Lo que no se ve (Tusquets Editores), Fernandez Cubas reafirma su lugar como una de las voces fundamentales del cuento fantástico en lengua española. El volumen reúne relatos que exploran con prosa cristalina y mirada penetrante esa cortazariana zona fronteriza entre lo cotidiano y lo inquietante, donde lo real se fisura apenas lo suficiente para que asome lo insólito. No hay en estas páginas estridencia ni efectos grandilocuentes: lo perturbador surge con naturalidad, casi con discreción, como si siempre hubiera estado ahí, aguardando a ser percibido.
La obra de Cristina Fernández Cubas se sitúa toda en esa gama del fantástico que podríamos llamar realismo visionario, cultivado por autores de su generación que, bajo la estela de Julio Cortázar, Borges Bioy Casares, Kafka, Carroll, e Italo Calvino, desconfían del canon preeminentemente realista y cuestionan su pretendida transparencia. Como en los mejores cuentos de Cortázar, la fractura no anula la lógica del mundo representado, sino que la desplaza: el lector se ve obligado a reconsiderar lo que creía estable. Sin embargo, si en Cortázar el juego intelectual y la experimentación formal ocupaban a menudo el primer plano, en Fernández Cubas la inquietud nace de una observación minuciosa de la psicología y de la memoria, ámbitos donde lo invisible opera con mayor intensidad.
En este sentido, su narrativa dialoga con la de Juan Jose Millás y, sobre todo, con la de Jose María Merino. Como en Millás, lo extraño puede emerger de la grieta más trivial de la vida urbana; pero mientras el autor valenciano tiende a una ironía que roza lo alegórico, Fernández Cubas mantiene una ambigüedad más radical, menos explicativa. Con Merino comparte, en cambio, una preocupación por las metamorfosis de la identidad y por la fragilidad de las fronteras entre sueño y vigilia, recuerdo y fabulación. Ambos entienden el fantástico no como evasión, sino como herramienta de conocimiento: un modo de revelar lo que el realismo convencional deja fuera de campo.
Proyecto literario sostenido durante décadas
Lo que no se ve confirma así la coherencia de un proyecto literario sostenido durante décadas. Desde sus primeros libros, Fernández Cubas ha demostrado que el cuento es un laboratorio privilegiado para ensayar estas perturbaciones sutiles. Aquí vuelve a hacerlo con una prosa contenida, precisa, que rehúye el énfasis y confía en la inteligencia del lector. El título funciona como poética: lo esencial no se muestra de manera directa, sino que se insinúa, se filtra, se presiente.
Encontramos en este libro un cuento sutil y metaliterario sobre la mítica rivalidad entre Joan Crawford y Bette Davis, iconos del Hollywood clásico, titulado Tú Joan, yo Bette, en el que se difuminan las fronteras entre realidad y proyección.
Y un relato titulado: ¿De qué se habla en las fiestas? Sobre la fragilidad de la incomunicación y la teatralidad de la vida social, el cual convierte la charla mundana en un espacio casi espectral; pues la fiesta se transforma en una escena donde todos representan un papel y donde el silencio tiene más peso que la palabra.
Y La hermana china, que es uno de los relatos que mejor encarnan el motivo del doble y de la identidad desdoblada (un tema tan recurrente en Merino y el resto de los autores de esta tradición), o Il Buco, un cuento sibre el hueco como foco de extrañeza progresiva.
Y hasta un cuento titulado Candela viva que es como una historia de amistad, rivalidad o dependencia afectiva se va cargando de resonancias más oscuras, cuando no abiertamente sobrenaturales.
Pero de todo el conjunto nuestro cuento favorito, por destacar uno, es Momomio: uno de los relatos más inquietantes de la colección cuya historia gira en torno a un grupo de jóvenes estudiantes universitarios –en la Barcelona de los años sesenta– que, en su juventud y con aires de omnipotencia, deciden jugar con algo más oscuro que ellos: una invocación a El Otro, una especie de presencia maligna o ser supremo de maldad cuya naturaleza nunca se explica del todo. La narradora recuerda esa tarde y aquella experiencia como un punto de inflexión. Lo que empieza como un juego o un conjuro entre chicos bien se convierte, para algunos de ellos, en una sombra que marcará sus vidas. El relato juega con la ambigüedad entre lo mágico, lo sobrenatural y lo psicológico: no siempre queda claro si lo que ocurre tras la invocación es realmente sobrenatural o si es una construcción de la mente de quienes participaron –o de la propia narradora–. El nombre 'Momonio' –y la referencia al Otro– funciona en este cuento como un símbolo de lo desconocido y temido, aquello que no se ve pero que puede tener consecuencias poderosas e insoportables. Y en conjunto, el cuento explora cómo un acto aparentemente lúdico puede abrir puertas a lo inexplicable o a recuerdos que nunca terminan de cerrarse, y cómo la adolescencia y la juventud quedan marcadas por experiencias que parecen trascender la lógica cotidiana.
En tiempos en que la narrativa realista suele inclinarse hacia la crónica social o el testimonio, Fernández Cubas reivindica la potencia cognitiva de lo fantástico. Su realismo visionario no niega el mundo, sino que lo ensancha. Y en esa ampliación –donde lo visible convive con lo latente– reside la fuerza perdurable de su literatura.