Lo performativo y el paripé

Una batucada para animar el cotarro, muy común en las manifestaciones de izquierda.

Hace poco he descubierto un concepto nuevo: la sociedad performativa. Le llaman así al gusto de nuestra sociedad por aparentar que sostiene determinados conflictos cuando de lo que se trata es de mantener la tensión y la emoción de las cosas, pero eliminando o reduciendo drásticamente sus consecuencias. Por eso, a pesar del nuevo nombre, me parece a mí que no deja de ser una ampliación del catálogo de sinónimos para el teatrillo y la hipocresía, pero con ínfulas sociológicas.

La sociedad performativa, como concepto, parece si embargo clave en el mecanismo para mantener el control social, pues consiste en darle a la gente la sensación de poder oponerse a lo que considera indeseable cuando en realidad no hay protesta que valga, pues las consecuencias de la protesta, calculadas de antemano, llegarán solamente a lo previsto, que es lo superficial, pero nunca a lo profundo del sistema.

O lo que, para decirlo con lenguaje de andar por casa, viene a ser hacer la revolución dando a me gusta en Facebook, reenviando un tuiX, u organizando una manifestación de manos blancas contra la violencia. Cualquier cosa que dé la impresión de implicarse cuando en realidad significa pasar de todo, tragar y pasar página.

Los valores que esta sociedad defiende son el placer, el consumo y el derecho a estar a salvo de cualquier amenaza, ya sea física, sanitaria y hasta se pretende que psicológica (derecho a que nada te ofenda). A cambio, se acepta que se restrinja cualquier libertad que suponga resistirse al Gobierno o a las autoridades, como la libertad de expresión, el dinero en efectivo, o la privacidad, hasta llegar a un estado que algunos autores llaman “despotismo amable”, y otros, “la crianza del ciudadano como mascota”.

En general, un joven en paro es alguien peligroso, que puede caer en el extremismo y hasta la violencia, cansado de su falta de esperanza, pero en la sociedad performativa, con un canuto de marihuana y una videoconsola, se convierte en alguien que protesta sólo en voz baja, y que si toma conciencia de su situación, en vez de quemar la calle, emigra.

La prueba de que la mayor parte de las protestas son meramente performativas es que, en cuanto aparece el menor conato de violencia, un amplio sector de los que protestaban, vuelve a sus casas y se desvincula de la movilización, aceptando que ha caído en manos de radicales.

Así se perpetúa la naturaleza de juego de cualquier protesta: mientras el acto sea lúdico, no tiene consecuencias y es apoyado por todos. Cuando nos acercamos a las consecuencias, llega el rechazo. Así es como las protestas se convierten en batucadas, las batucadas en borracheras y las borracheras en resacas.

Lo performativo es pacífico, tranquilo y civilizado. Pero también infantil y falso. Y terriblemente conservador y reaccionario, por más que parezca progresista en muchas ocasiones.

Pero eso sí: es bonito, molón, amable, tranquilo, integrador y abierto. Muy abierto.

Abiertísimo.

Tan abierto como los animales que salen del matadero rumbo al supermercado. En canal.

Si véis algo de esto...

¡Huid, insensatos!

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