Comparaciones odiosas

Antonio Tejero y Donald Trump.

Por caprichos del hado, con una diferencia de unos pocos días, han surgido dos noticias que de milagro no se han solapado en el tiempo y que confrontan dos maneras de entender cómo se trata a la ciudadanía en un país de ideología anglosajona y otro de ideología latina. Me refiero a dos manifestaciones sucedidas recientemente en Estados Unidos y en España.

Los americanos cuentan desde hace poco más de un año con un presidente histriónico que aparece en las fotos casi indefectiblemente con la boca abierta, cual si fuera un mono aullador. Es un personaje grotesco que repite cargo como máxima autoridad en el país más poderoso del mundo, si es que los chinos no lo han relegado al segundo puesto. El personaje es veleidoso, engreído, consciente de que tras él hay dos poderosas maquinarias, económica y bélica, que se retroalimentan entre sí. Con esos mimbres, un ególatra, matón de película americana y con la soberbia que da el dinero, se cree dueño del mundo y lo mismo secuestra a un presidente venezolano, tan bocazas como él, que amenaza al mundo entero con aranceles o con adueñarse de los territorios que le apetezca. 

De esta parte tenemos al presidente español, no menos ególatra y presumido, pero, que a diferencia del anterior, ni tiene el sustento económico ni militar con el que cuenta su trasunto del otro lado del Atlántico. Es más, se trata de un equilibrista de la política al que no se le puede por menos que reconocer la habilidad de ejercer como funambulista sin red, a juzgar por cómo se mantiene en el puesto desafiando las leyes de gravedad de la política, que pasan indefectiblemente por conseguir más apoyos que sus adversarios y seguir así con las riendas del país.

Coincidencias entre modos de entender la política

Pero a veces surgen coincidencias que si bien pueden pasar desapercibidas, no por ello dejan de evidenciar las notables diferencias entre los modos de entender la política entre el norte de Europa, con su derivación jurídica e ideológica que alarga sus tentáculos hasta el continente americano y que se llama Norteamérica y como se entiende en el sur, es decir, como la entienden los países mediterráneos con su cultura latina, cultura, en el caso de España, entreverada por la influencia árabe, que no en balde estuvieron los agarenos casi ocho siglos por estos lares, y eso deja su inevitable impronta.

Es el caso que el fanfarrón presidente americano, arrogándose potestades que no tiene, y no contento con movilizar a su poderosísimo ejército para amedrentar al resto del mundo, lanzar bravatas como acabar con la guerra de Ucrania en veinticuatro horas, pretender el Premio Nobel de la Paz o presumir de haber detenido ocho conflictos bélicos por todo el planeta, se ha visto interrumpido en su arbitrario intento de aplicar aranceles por el aún más poderosísimo estamento judicial de aquel país. El todopoderoso presidente ha tenido que frenar bruscamente y dar marcha atrás. Los jueces allí pueden más que un bocazas.

En esos mismos días se celebra el cuadragésimo quinto aniversario de un anacrónico golpe de estado en España, perpetrado en primera instancia por un grupo de guardias civiles comandado por un teniente coronel que tocado con tricornio y pistola en mano, la imagen rediviva del general Pavía entrando a caballo en las Cortes en pleno siglo XX, una reedición de los frecuentes pronunciamientos y asonadas del siglo XIX. Con tal efeméride, el gobierno de España se descuelga diciendo que se va a hacer pública toda la documentación acerca de tan lamentable episodio de la vida española.

Los papeles del 23F

Personalidades que vivieron el trasnochado golpe de estado de 1981 afirman que la desclasificación de esos papeles no va a aportar ningún dato de interés, nada que no se sepa ya. Algunos de estos personajes que vivieron de cerca aquel fallido intento de involución, señalan sin rubor la implicación del rey emérito, otros en cambio se dejarían arrancar los dientes por exonerarlo de toda responsabilidad. La línea oficial de los partidos políticos sistémicos o de ámbito nacional y los medios de comunicación siguen este último criterio. Lo cierto es que el abuelo del monarca, hoy bajo sospecha, ya había promovido una experiencia semejante que a la postre le acabaría costando el trono.

Con estos mimbres podemos concluir que en Estados Unidos existe una supremacía del poder judicial capaz de enmendar la plana a la más alta instancia del país, incluso por jueces elegidos por esa misma instancia. En España, algo tan simple como poner negro sobre blanco acerca de un episodio de nuestra historia reciente tiene tantos inconvenientes que, siendo otros los protagonistas que ahora ocupan los puestos de responsabilidad en el gobierno, consideran a sus compatriotas como discapacitados para saber de ese pasaje. El interés público es para el político español una anécdota intrascendente. ¿Tanta mugre se guardará bajo la alfombra? 

Los americanos aplican sin contemplaciones lo de los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) lo que se traduce en la confianza de la ciudadanía en su sistema jurídico y en sus instituciones. En España, tal cosa es ciencia ficción, el día en que se explicó en clase aquello de la separación de poderes, la inmensa mayoría de los jueces españoles no asistieron o no acabaron de interiorizar la trascendencia de su aplicación. Aquí hay jueces que participan activamente en política sin ningún rubor y no tienen empacho alguno en hacer el trabajo sucio que no pueden hacer los partidos de campanillas.

Así es que en el país de la piel de toro los políticos escamotean toda información a sus administrados en nombre de no se sabe muy bien que –quizá sea por aquello de que el que se mueve no sale en la foto o el que va a Sevilla pierde la silla– y por si fuera poco, algunos jueces contribuyen decididamente a la controversia política, aunque ello contravenga aquello del ‘imperio de la ley’. El corolario de todo ello es la frase que dejó escrita hace un siglo Ortega y Gasset: “Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir”.

Yo no creo en las conjunciones astrales, pero haberlas, hailas. 

Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata

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