El debut literario que transforma el eco derrotista en un canto al futuro de la Montaña Leonesa
El final de la minería del carbón era en los años del cambio de siglo algo así como un eco en la Montaña Central Leonesa. Noemí Suárez Blanco (Sorribos de Alba, La Robla, 1994) creció oyendo el runrún en torno a la repercusión del cierre de las minas y la central térmica. “Esto se acaba, esto se muere, aquí no va a quedar nadie”, decían entonces. “Cuando todavía no se veía ese fin, se escuchaba”, cuenta la joven, a la que animaban a poner tierra de por medio también cuando completó en León capital estudios de Formación Profesional en la rama audiovisual y parecía que el único destino laboral viable tenía que ser el de una gran ciudad. Ella se rebeló contra aquel discurso hasta forjar su futuro en su hábitat, el escenario de fondo de su debut literario, la novela El invierno siempre vuelve a la montaña, publicada por la Editorial Talón de Aquiles.
La protagonista del libro es Julia, en buena medida un trasunto de la propia autora. El nombre elegido tiene una doble explicación a modo de sendos homenajes. “Julia es por dos Julios importantes en mi vida”, señala Suárez al aludir en primer lugar a su profesor Julio Molero. “Me animó a escribir cuando yo no sabía ni lo que era. Supo ver algo en mí”, agradece al situarse en las clases de Literatura del IES (Instituto de Educación Secundaria) Ramiro II de La Robla. Y el docente la acompañará este martes 21 de abril a las 19.00 horas en la presentación de la novela en la Biblioteca Padre Isla de León. “Y al maestro Julio Llamazares”, añade sobre el segundo homenaje, “al que tengo un cariño increíble porque, aparte de que es muy buena persona y me cae genial, me enseñó que el paisaje tiene memoria, y nosotros tenemos el deber de conservar esa memoria y de saber leerlo”.
“Siempre me pasaba una cosa cuando iba a la montaña con mis amigos. A mí me transmitía un sentimiento distinto al de mis compañeros”, expone. Suárez encontró complicidad en la literatura de Llamazares: “Fue al leer ya de bien jovencita sus novelas cuando empecé a entender que yo también veía el paisaje y lo sentía de la misma forma que como lo explicaba él, y yo no sabía explicarlo de aquella”. La autora quiso ser periodista, un paralelismo con el oficio de la protagonista de la novela. Condicionada por motivos económicos a compatibilizar estudios y trabajo, se matriculó en un grado superior de la rama audiovisual en el Centro de FP María Auxiliadora de León. Y la Montaña Central y la capital leonesa son los dos escenarios en los que se desarrolla la trama del libro.
La idea de escribir una novela la acompaña desde siempre. Por el medio ha ido despuntando una trayectoria audiovisual que enfoca desde el apartado creativo. La despoblación en las cuencas mineras fue el leitmovit de su Trabajo de Final de Grado. Sobre las casas de humo y la tradición oral pivota el proyecto Fue Hogar, compartido con Álvaro Argüelles. Y con Héctor Fuente está ahora embarcada en una iniciativa de catalogación de molinos de la Montaña Central, también con la pretensión de que desemboque en un documental. Guía de montaña y trabajadora en el sector de la hostelería, fue al morir sus abuelos cuando retomó el hilo de aquella aspiración literaria.
El germen de la novela entronca con una particularidad de su propia vida: “Yo siempre cuento que tengo un problema, entre comillas. Y es que nunca recuerdo lo que sueño, y me fastidia. Siempre he querido ver qué se siente cuando sueñas algo y recuerdas lo que sueñas”. La circunstancia la vuelve a emparentar con la protagonista del libro, cuya escritura acometió cuando fallecieron sus abuelos: “Siempre me decían que un día me iban a ver en las librerías. Así que me dije: tengo que escribirlo y dedicárselo”. Terminada la redacción, comenzó la edición y búsqueda de editorial hasta encontrar la Editorial Talón de Aquiles, especializada en poesía pero que reserva a narrativa un 20% de sus títulos, el estrecho margen en el que ha entrado El invierno siempre vuelve a la montaña. El proceso posterior a la escritura duró nueve meses. “Por eso”, remata, “yo digo que es como un hijo casi”.
Noemí Suárez Blanco es hija de la Montaña Leonesa. La naturaleza resulta fuente de inspiración para ella y para la protagonista de la novela, escrita en primera persona transitando entre las estaciones del año. “Cuando atravieso los caminos que me quedan”, relata Julia/Noemí para cerrar uno de los capítulos, “y salgo al pueblo, ya voy completamente cargada para sentarme y escribir. Mucho. Mucho tiempo. Muchas cosas. Lo sé, me conformo con poco, pero cada uno somos un mundo entero y ver más allá no todos podemos hacerlo. Cada pequeño lugar, olvidado para muchos, habitual para otros, nos cuenta mucho si sabemos escuchar”. Sacar partido literario a la contemplación del paisaje es una de las lecciones aprendidas de Julio Llamazares, autor de Distintas formas de mirar el agua.
Siempre nos inculcaron el pesimismo: el de aquí tenéis que iros para triunfar y todo eso. Y, por suerte, yo no lo hice y ahora estoy viendo lo contrario, lo de para vivir feliz y bien tienes que volver
Tanto la autora como la protagonista también tratan de impugnar el discurso recurrente en las cuencas mineras sobre un supuesto ineludible ocaso tras el cierre del carbón y las térmicas. Julia, que perdió a un tío por un accidente laboral en una explotación, refuta a uno de los personajes mayores con los que tiene contacto: “Nosotros ahora podemos elegir quedarnos cuando ellos no tuvieron opciones”. Suárez, cuyo padre trabajó en el cielo abierto de Santa Lucía de Gordón, vivió el rescoldo de los años de bonanza, todavía con fiestas patronales por todo lo alto en La Robla, pero con aquel ominoso augurio en torno al futuro: “Siempre nos inculcaron el pesimismo: el de aquí tenéis que iros para triunfar y todo eso. Y, por suerte, yo no lo hice y ahora estoy viendo lo contrario, lo de para vivir feliz y bien tienes que volver”.
Con El invierno siempre vuelve a la montaña, Noemí Suárez Blanco se suma al torrente de creación artística surgida en torno al carbón tras el cierre de las minas, sustanciada en narrativa, dramaturgia y hasta cinematografía alusiva. Compañera de promoción en el instituto de La Robla de Óscar García Sierra, autor de las celebradas novelas Facendera y Ropa tendida, ella, que se siente una privilegiada por vivir en un entorno de alto valor natural apenas a media hora de distancia de una ciudad como León, aporta otro punto de vista. “A mí me gusta siempre la nota positiva. Podemos ser la influencia de cualquier persona que en ese momento necesite encontrar en la lectura algo por lo que seguir ilusionándose por la vida. Como yo lo he leído cosas en momentos críticos de mi vida que me han servido para seguir adelante, pues yo siempre escribo con esa idea”. Y lo que dice la autora, que sugiere la idea de una segunda y hasta una tercera parte de esta novela, puede aplicarse a la literatura, a la vida y a una montaña a la que devuelve el eco derrotista para transformarlo en un grito orgulloso por su futuro.