'Peaky Blinders: el hombre inmortal'

Cartel promocional de 'El Hombre Inmortal', película final de la serie 'Peaky Blinders'.

Antonio Boñar

Los Peaky Blinders fueron una pandilla juvenil, urbana y criminal que surgió en los bajos fondos de Birmingham a finales del siglo XIX. Sus actividades delictivas incluían un amplio catálogo de fechorías: apuestas ilegales, robos, extorsión, fraude, soborno, contrabando, secuestro... Las mismas y violentas tropelías que perpetraba cualquiera de las otras muchas bandas criminales que también emergieron en aquella época en los arrabales industriales de las principales ciudades británicas. Lo que les distinguía de todos esos otros grupos era el elegante y característico atuendo con que se paseaban ufanos y desafiantes por el barrio: chaquetas a medida, abrigos con solapa, chalecos con botones, pañuelos de seda, pantalones de campana, botas de cuero y las inconfundibles gorras planas con visera en cuyos bordes escondían sus temibles cuchillas de afeitar. En definitiva, lo que les distanciaba de los demás delincuentes de Inglaterra era una cuestión de estilo.

La serie que irrumpió en el panorama televisivo hace ya trece años tomaba algo más que el nombre de aquella banda criminal para situarnos en el Birmingham posterior a la Primera Guerra Mundial y presentarnos a los Shelby, una familia de gánsteres callejeros que ascendían en la escala social hasta convertirse en los reyes de la clase obrera. Otra historia de violencia, ambición y luchas de poder. Aunque, como en el caso de los originales Peaky Blinders, lo que acabo convirtiendo a esta impecable producción de la BBC en un fenómeno capaz de influir en la estética de su tiempo fue también una cuestión de estilo. 

En Peaky Blinders se fuma, se bebe whisky, se muere, se mata, se viste y se dice fuck you mejor que en ninguna otra serie. Bellamente diseñada y filmada con una espectacular fotografía, su poder de atracción residía más en el continente que en el contenido. Su sustancia dramática era buena, pero fue su hipnótica atmósfera, con sus colores grises y parduzcos tiñendo la perenne bruma inglesa, lo que finalmente atrapó a un público que seguía cada nueva temporada con auténtica devoción. Y para ellos, para esa numerosa legión de fans, es para los que también la BBC ha producido este largometraje con ínfulas de brillante epílogo pero evidentes lagunas. Es lo que se llama un fan service, productos destinados a satisfacer a todos esos fieles seguidores que se han quedado con ganas de más. Aunque por supuesto todo esto va de seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro, de unos productores que seguirán llevándose una pasta gansa mientras sea posible. 

Lo que ocurre con Peaky Blinders: el hombre inmortal es que da la impresión de que nadie se ha esforzado por armar un digno final para unos personajes tan rotundos e instalados en la memoria colectiva. Todo parece hecho a vuela pluma, con un aburrido guión y el abuso reiterado de esa estética tan particular que encumbró a la serie original. Uno esperaba que con Cillian Murphy, Rebeca Ferguson, Tim Roth, Barry Keoghan o Stephen Graham formando el impresionante elenco de actores, el filme fuera un digno cierre. Pero no, estamos ante un producto sin alma, un envase vacío cuyas carencias son aún más evidentes al ser comparado con aquella serie que derrochaba personalidad y estilo.

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