'Las Fronteras', de Carolina Sarmiento
Una crisis climático-bélica. Un mundo en extinción. Una decisión: hemos de desahitar medio planeta para poder salvar el planeta entero. Sorpresas. Aventuras. Una historia de amor. Y una investigación que le da a todo esto cierto toque de thriller…
He aquí una fábula distópica muy concentrada con un protagonismo muy claro de un solo personaje central, El guarda, un vigilante enloquecido que custodia la línea que separa la zona humana de la zona que debe devolverse a la naturaleza (es un personaje marcado por guerras pasadas y encargado de impedir que la gente cruce la frontera), y donde el resto de personajes son los que intentan cruzar la frontera (habitantes que se resisten a abandonar el territorio humano), y los habitantes del pueblo o del sistema que ha decidido despoblar medio planeta, los cuales representan el nuevo orden ecológico, y el misterioso caballo onírico, casi simbólico, que introduce un elemento más fantástico o menos político en la trama (este caballo que aparece en los sueños del protagonista en efecto introduce una dimensión simbólica que rompe la lógica del mundo regulado; de hecho dicho animal funciona como una grieta en la realidad, una señal de que la frontera no es sólo política o ecológica sino también metafísica)...
En Las fronteras, Carolina Sarmiento (Oviedo, 1981) imagina un territorio ambiguo y vigilado donde una línea –física, política y casi metafísica– separa dos realidades cada vez más inestables. A través de personajes que se mueven entre puestos de control, paisajes degradados y rumores de un orden que se resquebraja, la novela sigue una especie de deriva hacia lo desconocido: cruzar la frontera no significa simplemente pasar a otro lugar, sino entrar en una dimensión donde las reglas del mundo empiezan a descomponerse, y donde cada paso parece acercar a los personajes a una revelación inquietante sobre el sistema que sostiene –o encierra– sus vidas.
Hay novelas que parecen nacer ya en un territorio fronterizo: entre géneros, entre tradiciones, entre tonos narrativos. Las fronteras, de Carolina Sarmiento (Editorial Siruela), pertenece a esa estirpe de libros que avanzan como quien atraviesa un paisaje incierto: con una mezcla de inquietud, extrañeza y una persistente sensación de que algo –quizá el propio mundo– está a punto de quebrarse.
Frontera ontológica y narrativa
No es casual que su título evoque una línea de separación. En esta novela, la frontera no es sólo geográfica o política; es también ontológica y narrativa. Sarmiento construye un territorio donde las reglas de la realidad parecen erosionarse lentamente, en un proceso que recuerda, en su lógica de sistema cerrado y perturbador, a la distopía de Ricardo Menéndez Salmón en El Sistema (hay quien dice que la peor novela de un escritor sin duda deslumbrante). Como en aquella obra distópica, el lector percibe que el orden que rige el mundo de la ficción es opaco, casi burocrático en su violencia, y que el individuo se mueve dentro de él con la conciencia (tardía o inútil) de su impotencia.
Pero si Menéndez Salmón trabajaba desde la abstracción conceptual de la distopía, Sarmiento –gijonesa licenciada en Comunicación Audiovisual que en la actualidad trabaja en la Radio Televisión Pública de Asturias– introduce una dimensión más física, más territorial, que aproxima la novela a la brillante y cruda narrativa de frontera cultivada por Cormac McCarthy (Todos los caballos bellos, por ejemplo). Hay en Las fronteras ecos de ese paisaje moral y material donde los límites entre civilización y barbarie se desdibujan. No se trata de una imitación de la épica seca de McCarthy, sino de una afinidad atmosférica: la frontera como lugar donde el mundo se revela en su forma más desnuda.
La arquitectura del libro también sugiere otra genealogía literaria. Su organización fragmentaria y su disposición estructural remiten de algún modo a Rayuela de Julio Cortázar. Sin embargo, la operación es distinta. Si en Rayuela la fragmentación era un juego, una invitación lúdica al lector para recomponer el texto, en Las fronteras esa misma estrategia adopta un tono más sombrío: los fragmentos funcionan como una cuenta atrás, como si cada sección acercara al relato a un punto de colapso inevitable (el experimentalismo así deja de ser juguetón para convertirse en apocalíptico).
Con todo, la novela no alcanza siempre el grado de intensidad que cabría esperar de su ambición formal. Quienes conozcan la obra previa de Sarmiento advertirán que aquí no aparece del todo la frescura verbal que hacía tan singular a Tarada. Y tampoco a nuestro juicio logra reproducir plenamente la atmósfera inquietante y casi hipnótica que sostenía su genial novela Vrësno. En Las fronteras de todos modos hay momentos de gran potencia imaginativa, pero también pasajes donde la maquinaria narrativa parece avanzar con una regularidad no tan sorprendente.
Una novela muy valiosa
Y sin embargo –o quizá precisamente por esa mezcla de logros y vacilaciones– la novela resulta muy valiosa. Porque Sarmiento demuestra una vez más una voluntad de riesgo poco frecuente en la narrativa actual, y porque su libro amplía los límites de lo que solemos entender por fantástico en lengua española.
Al final, Las fronteras se lee como lo que su propio título anuncia: un territorio de paso. Una novela estimulante que dialoga con tradiciones diversas –la distopía filosófica, la épica de frontera, la experimentación estructural–, y que contribuye a ensanchar el mapa del fantástico...
Si algo deja claro, es que las fronteras, en literatura, no están para ser respetadas sino para ser atravesadas.
De hecho al acabar la novela uno de da cuenta de que, además de las antedichas, en este novela hay no poco de la distopía ecológica contemporánea (recuerda a ciertas ficciones recientes sobre colapso ambiental y reorganización del mundo, una tradición inaugurada por J. G. Ballard, donde los paisajes degradados o transformados por la crisis ecológica funcionan como espejos psicológicos de los personajes). Pero también subyace aquí la alegoría kafkiana del poder (la figura del guarda que custodia un límite impuesto por un sistema opaco tiene resonancias claras de Franz Kafka; en particular recuerda al breve relato Ante la ley, donde un guardián custodia una puerta que nadie termina de atravesar. En ambos casos el poder aparece como una estructura abstracta, casi metafísica, más que como una autoridad concreta). Y vemos en estas páginas asimismo la tradición de la “zona” de la ciencia ficción filosófica, pues la frontera que separa dos realidades y altera la percepción del mundo recuerda también al imaginario de Arkady Strugatsky y Boris Strugatsky en Picnic extraterrestre, donde un territorio misterioso modifica las leyes de la realidad. Y está también el minimalismo simbólico del fantástico hispano en el uso de pocos personajes, situaciones muy depuradas y símbolos insistentes –pensamos en la obra de Cristina Fernández Cubas– donde la inquietud nace más de la sugerencia y la atmósfera que de la acción. Y sobre todo aparece aquí como nutriente narrativo la tradición del “fin del mundo íntimo”: en efecto hay algo, en el tono crepuscular de este libro, que recuerda a la sensibilidad postapocalíptica de La carretera (aunque en Sarmiento el apocalipsis no es visible sino administrado, regulado por normas y fronteras).
Así las cosas, en conjunto estas influencias ayudan a situar Las fronteras dentro de una corriente muy interesante de la narrativa actual: la distopía alegórica, donde el futuro funciona menos como predicción tecnológica que como metáfora moral del presente, y por eso el texto no termina cayendo en el nihilismo sino en la esperanza, erigiéndose en suma es una narrativa más concienciadora que destroyer…
Una novela breve, intensa, posmoderna, exigente y eléctrica en la que, con todo, lo mejor es la prosa a la vez seca y deslumbrante, descarnada y humanizante, sucinta y profunda, asentada verbalmente en un tiempo presente que se te mete entre los huesos y te hace cuestionarte donde estás.
¡Pasen y lean!