Médico rural Vs médico urbano

Médico rural y urbano.

Nuria V. Martín

El 19 de mayo de 2011 se celebró por primera vez el Día Mundial del Médico de Familia y Comunitaria, que brindan asistencia médica integral a las personas en Centros de Salud y a domicilio. Además, transmite información relaciona con la promoción de salud, diagnóstico precoz y prevención de enfermedades, tratamientos, rehabilitación y cuidados paliativos.

Para confrontar sus realidades, muy distintas a pesar de convivir en una misma provincia, dos doctoras de Veguellina de Órbigo y del Centro de Salud de la Palomera de León capital, exponen sus diferentes puntos de vista de la situación laboral sanitaria.

Médica rural

La doctora L.I. desde pequeña tenía claro que quería ser médico porque no tenía esa figura en su entorno más cercano. “Una vez estando en la universidad, no me veía realizando ninguna especialidad, me gustaba la medicina general”, confiesa. Y puntualiza: “Me gustan las personas, el enfermo y su contexto. Y a día de hoy no me arrepiento de la elección y no me imagino haciendo otra cosa”.

Su día a día en el consultorio Veguellina de Órbigo, perteneciente a la Zona Básica de Salud (ZBS) Ribera de Órbigo, es bastante variable. “Hay días muy gratificantes, que el trabajo se desarrolla de una manera ordenada, que, sin teniendo grandes descansos, te da tiempo para valorar a los pacientes con el tiempo necesario según cada necesidad”, relata. Pero par su desgracia no todos son iguales, porque “muchos días la vocación no es suficiente para tener que aguantar faltas de respeto continuado y que te digan como tienes que hacer tu trabajo”. 

¿Pacientes o profesionales?

Aunque su zona básica se considera rural, su cupo es casi urbano por el volumen de pacientes que atiende, ya que le corresponden unas 1.200 personas. “Cuando he trabajado en centros de salud urbanos las reclamaciones eran semanales, y no pasaba ni 10 días que ya te ponían la reclamación. En cambio, en centros rurales ni una reclamación me ponían”, afirma L.I. Bien se deberá a que ella es una profesional cercana, empática y asertiva.

Considera a los usuarios rurales más respetuosos y confían más en su criterio médico. “El agradecimiento de los pacientes es sin ninguna duda lo mejor, y sobre todo el saber que has estado y has acompañado”, expresa una doctora que ha ido cambiando cada dos años de cupo.

Pero no siempre es fácil y agradable, ya que muchas veces L.I. le ha tocado ponerse en su sitio. “Ahora todo el mundo sabe más que tú y parece que tienes que acatar las órdenes del paciente, y si no reclamación, que recibes”, denuncia la sanitaria, como parte del problema de saber gestionar tanta información.

¿Olvido o experiencia?

Con una enfermedad inmunosupresora, a pesar de tener mucho miedo de poder morir, para L.I. era mucho mayor el sentimiento de poder ayudar en la pandemia. “Salvar tampoco salvamos muchas vidas, pero acompañamos a muchísimas personas”, revive. Al contrario que centros de salud urbanos, en su pueblo no tenía ni celador ni administrativo, y la gente iba a la consulta a diario, por lo que no dejó de atender de manera presencial a gente en ningún momento.

“Aunque lo recuerdo como un punto de crecimiento brutal, reconozco que lo más duro fue la cantidad de personas que tuvimos que despedir en sus casas y sedar, porque no tenían cabida en ningún hospital”, lamenta. Y reconoce que espera con orgullo y necesidad los aplausos de las ocho de cada tarde. Pero no todo fueron palmadas de ánimo: “Me apena escuchar de gente cercana, que menuda vergüenza porque el médico solo le atendía por teléfono, cuando yo en dos años me he contagiado cuatro veces, y tres de ellas han sido en el trabajo”, lamenta la médica.

¿Compañeros o contrincantes?

También le apena “la lucha interna que tenemos entre propios compañeros, la poca generosidad entre nosotros y de no actuar como colectivo. Estamos maltratados, todos estamos de acuerdo en eso, pero en vez de unirnos solo nos criticamos los unos a los otros”. Y considera que cada sitio tiene su peculiaridad.

“Cuando trabajaba en pueblo de montaña con un cupo de 400 cartillas, estaba claro que de nada servía llegar al pueblo a las 8, porque a las 8 no va nadie, porque en los pueblos no se madruga y si hace mucho frío se va a las 12. Y con cupos de 400 lo normal es tener agendas de 15 pacientes”, explica algo que sus compañeros de ciudad consideran que se viven muy bien en un pueblo.

“Se trabajará menos, es verdad, con menos estrés asistencial, pero estás más vendido que en la ciudad, sin recursos y que además tienes un plus de peligrosidad como es el coche”, reclama. Y plantea la duda de “¿qué pasa ese día que tiene una urgencia en el pueblo a 30 kilómetros, llueve y hay que ir por carreteras secundarias?”. Deja claro su preocupación por depender de un medio de transporte que debe mantener con su propio sueldo y tiene un riesgo de peligrosidad por cansancio y climatológicos, entre otros.

¿Agradecida y pagada?

Para celebrar su día L.I. se da por felicitada con el agradecimiento de sus pacientes y el poder trabajar dignamente. Sí que pide a la Administración que valore el esfuerzo y la sobrecarga de guardias por no haber personal suficiente. “Los pueblos hay que hacerlos atractivo. Paga más, da asistencia de coches y ofrece mejoras para el mantenimiento de los mismos, así la gente querrá hacerse esos kilómetros de más”, reclama.

Y lo hace desde el conocimiento, ya que a pesar de estar a poco más de media hora de León, sus compañeros no quieren trabajar ahí. “El motivo principal son las guardias, especialmente, de verano, que la población se multiplica. Además, confluye mucho tramo de las zonas más peligrosas de carretera nacional a Astorga, que es muy concurrida a diario durante todo el día, lo que se traducen en muchos accidentes”. Dos equipos médicos, sin celador, se reparten las visitas a domicilio, el triaje, labores administrativas, contestar las llamadas a 061 y atender a los pacientes que van a Centro de Salud, que al final es en lo que se deben de centrar los médicos.

Se nota que la doctora L.I. adora ser médico de familia, conocer a la gente, escucharlos y, sobre todo, acompañarlos en todo el proceso. “Me siento superorgullosa de poder volver a casa contenta y satisfecha por el trabajo bien hecho, y por poder hacer lo que me apasiona”, dice, y asegura que sigue estudiando a diario por sus pacientes porque es un desafío a diario. Sin embargo, le apena que desde la pandemia nota que los sanitarios están distanciados. “Creo que tenemos que volver a recuperar la confianza tanto de nosotros mismos por nuestra profesión y también recuperar la confianza del paciente que seguro le hemos fallado”, concluye. 

Médica urbana

Por otra parte, M.Jesús Cuende Chamorro, doctora del Centro de Salud del barrio de La Palomera en León considera a los médicos de familia los verdaderos médicos porque atienden cada cosa física y psicológica que le ocurre al paciente y a sus seres queridos. Por eso le gusta esta rama sanitaria.  

Cuende vivió la pandemia como una etapa en la que se trabajaba muy angustiada. “La primera parte con teletrabajo, por motivos médicos, y después con estrés. Pocos medios y apoyándonos todos los compañeros del Centro de Salud como una piña. Nos afianzó muchísimo la capacidad de trabajo en equipo”, recuerda.

Una vez superado ese terrible episodio, su día a día lo define laborioso y estresante, “con muchos pacientes de urgencia que son consultas normales, pero que no han conseguido cita para ese día”, recalca. No en vano, se trata del centro de salud con mayor carga asistencial de toda Castilla y León.

Y es lo que tiene atender a usuarios tan diversos, desde jóvenes universitarios, adultos trabajadores o personas ancianas pluripatológicas. “Tanto lo bueno como lo malo de la profesión es el seguimiento y control diario”, confiesa, ya que nunca sabe lo que se va a encontrar.

La doctora también trabajó mucho tiempo en rural, “incluso cuando no existían los Centros de Salud y tenías que vivir en el pueblo correspondiente porque estabas de guardia las 24 horas”, contextualiza. Para ella, las diferencias son pocas: “El trabajo es el mismo, pero en los consultorios locales tienes menos medios de diagnóstico. Eso sí, la cercanía con los pacientes era mayor, casi eran de la familia, por eso sufrías tanto cuando enfermaban o morían”, asegura.

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