Lo que Dios unió no lo separe el hombre

Javier Alonso y la cierva 'Pepa' en La Vecilla.

Me llega desde el Finisterre hispano la sugerencia de una revisión de este esperpéntico lance y como quiera que el promotor es una de las cabezas mejor amuebladas que conozco, me veo en el ineludible empeño de abordar el asunto. Cierto es que está ‘abnegada tarea’ la desarrollo con sumo gusto por cuanto, imitando torpemente al inefable Valle-Inclán en su obra Luces de Bohemia, me complace ejercer de manubrio del ludibrio del bodrio.

Supongo que es por todos conocido el episodio de una cierva que sigue cual perro lazarillo a su amigo, que no su dueño, allá donde vaya, evidentemente a condición que pueda seguirlo a pie. Siempre según la prensa incluso lo visita en su bar o entra en su casa, lo que ha despertado el interés general incluso allende nuestros límites provinciales. Pero parafraseando a Don Quijote cuando alertaba a su fiel escudero, podemos decir: Amigo Sancho, con la Administración hemos topado. Y es que los poderes públicos siempre se han empleado a fondo para buscarle tres pies al gato –en este caso a una cierva– están ahora empeñados en privar de un sorprendente pacto de amistad entre un cérvido y un humano.

Y es que, insisto, según la prensa que hace seguimiento del proceso, la Guardia Civil ha denunciado a la parte humana de este más que curioso ‘matrimonio’ del Curueño. Ni que decir tiene que los agentes actuantes han ido enviados por alguna autoridad superior del Cuerpo, que a su vez habrá sido instado por alguna decisión administrativa para corregir esta desviación contra la moral pública, atentado contra la fauna silvestre, maltrato animal, acogida de una emigrante indocumentada y quien sabe, si es que acude, como es de esperar, un gran número de personas a contemplar tan insólita amistad, hasta de desorden público e incitación a la empatía. No se me ocurren más majaderías que alegar a este despropósito.

Felizmente, la respuesta ciudadana, al parecer, no se ha hecho esperar y se ha producido una respuesta encomiable que me hace reconciliar con la condición leonesa, que siempre ha dejado mucho que desear. Y así parece ser que ya son miles de firmas las que se han recogido para que dejen en paz a la cierva, Pepa, y a su amigo de La Vecilla, Javi. Confiemos en que sean muchos miles más en breve espacio de tiempo. Todo esto me lleva a hacer algunas consideraciones que, como funcionario que fui relacionado con el tema de los animales, no puedo por menos que transcribir aquí.

En primer lugar, si las informaciones son ciertas y el animal se agregó a las ovejas de Javi, nadie con un mínimo de criterio puede argumentar que sea un caso de tenencia ilícita de animales, máxime cuando el animal –la palabra animal procede del vocablo ánima– puede seguir manteniendo lazos de amistad o volver por donde vino. Es inmoral achacar a este hombre que retenga la cierva en contra de su voluntad. Las fotos que aparecen así lo acreditan. No se le puede acusar con la dichosa Ley 42/2007. Comentando este hecho con un amigo mío, me ha reportado una situación similar en otra localidad leonesa cuyo nombre me cuidaré de no mencionar como si me fuera a salir un divieso en el tafanario.

Estirpe de funcionarios sin corazón

Sospecharle sensibilidad a los cargos decisorios de Medio Ambiente –como del resto de los servicios de las Administraciones autonómicas o estatales–  es un acto heroico porque en estos casos, como en otros muchos, estas autoridades vienen a ser como los libros en las estanterías de las bibliotecas, cuanto más arriba más innecesarios, más incompetentes, más alejados de la realidad. Esta estirpe de funcionarios acostumbran a ser el brazo biónico de políticos, muchos de ellos sin criterio, ni corazón, menos aún formación, sencillamente han medrado por adhesión inquebrantable a unas siglas, así es que despachar una cierva les supone una minucia. Esta lacra de la Administración sólo atiende a la aplicación ciega de la ley que, con la actual querencia a prohibirlo todo, acabará penalizando hasta la tenencia de parásitos intestinales, que también son fauna salvaje.

En mi humilde opinión, arrebatar a Pepa de las atenciones de Javi –a quien espero conocer algún día– me parece un acto de mezquindad y ganas de causar un disgusto al romper un lazo afectivo sin necesidad alguna. Podría admitirse que se le exigiese que tome las medidas oportunas para evitar un eventual accidente de tráfico pero fuera de ahí, y siendo que las ciervas no desarrollan cuerna como sus congéneres macho, los trastornos que pueda ocasionar sólo pueden estar en la mente de aquellos que sienten pavor por los cornúpetas, quizá sospechando su minoría en materia de autoestima o que puedan ser los próximos titulares de tan exultante atributo.

Tampoco parece acertado llevar a Pepa a otra finca, por muy protegida que pueda estar de los desmanes cinegéticos de algún descerebrado. El sitio de la cierva, mientras siga estando por su voluntad unida ‘sentimentalmente’ a nuestro paisano, está en La Vecilla, porque además de ser un atractivo turístico para la localidad, es todo un ejemplo de convivencia hombre-animal que no se estila en exceso en el país de los toros y de los matadores de toros. Somos mucho de solidaridades de relumbrón pero poco de gestos humanitarios de andar por casa. 

Con tal motivo deseo que se dejen las cosas como están, que rumiante y humano sigan gozando de su recíproca amistad y que continúen apareciendo miles de firmas para que por una vez León sea portada en los medios de comunicación por un acto noble, más allá de no sé cuántos grados bajo cero en invierno o de cómo seguimos arrastrando la barriga bajo la batuta de Castilla y León. ¡Ah, y a la Administración competente sugerirle que si puede, distinga entre legalidad y justicia, deber y humanidad!

Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata

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