A ver, yo quería hablar de la miocardiopatía de Takotsubo –aquí es donde me comentan que la gente deja de leer–: una afección cardíaca temporal no isquémica donde el estrés emocional o físico severo –rupturas amorosas, pérdida de seres queridos, el dolor DE SER HUMANO Y MORTAL...– debilita el ventrículo izquierdo del corazón, causando síntomas similares a un infarto –dolor de pecho, falta de aire– pero sin obstrucción coronaria significativa, recuperándose el músculo en poco tiempo sin dejar secuelas. Le dicen síndrome del corazón roto por motivos evidentes y su ventriculografía izquierda presenta en su sístole –y debo decir que he visto ambas y también en su diástole– un aspecto parecido a un takotsubo o, en japonés, trampa para cazar pulpos. De ahí su nombre. Una trampa para cazar pulpos. Es… literatura. Bueno, pues ya lo he contao. Decepciones. Corazones rotos. Estrés emocional –¡cómo si hubiera otro!–, infartos… ¿No es ese el misterio de la Navidad? Junto con considerar nuestro, de la tierra, tradicional o secular al alumbramiento de una extraña y oriental mezcla de hombre, bebé y Dios hace dos mil años. Estuve viendo respuestas a la pregunta ¿Cuándo te enteraste de que los Reyes Magos eran los padres? Bastante tristes la mayoría. En mi caso y yendo a un colegio de curas desde los tres años –en serio– me familiaricé muy pronto con la patraña ajena, el disimulo propio y las contradicciones flagrantes. El pecado, Franco, Jesusito de mi vida, los Reyes Magos... ¡venga! Al final, quién lo iba a imaginar, era todo mentira. Recuerdo de muy pequeño –seis años como mucho– girarme hacia el mocoso –¿quién sería?– que tenía a mi lado cuando uno de estos sacerdotes estaba contando lo de Adán y Eva y tal y decirle que yo había oído que descendíamos del mono y que no siempre las personas… Le faltó tiempo al hijoputa para levantar la mano y gritarle al cura: RODERA DICE… Tremendo chorreo. Que no tenía ni idea, que me callara y que me iba a enterar. No cobré de casualidad. Aprendí una valiosísima lección de convivencia. De convivencia con las enormes trolas que me iban a seguir contando hasta ahora mismo. Hay personas que tienen la idea –mágica– de que los circuitos –todo es un circuito: las calderas, el sistema circulatorio atrapapulpos, el Solar...– se arreglan solos. Yo no, comprendo y, ¡ay!, me veo obligado a compartir, el concepto cuántico de entropía y creo que cualquier sistema se va a joder en cualquier momento, cualquier circuito a cortocircuitarse y cualquier fuga a producirse. No lo confundamos con pesimismo. Vivo permanentemente asombrado –y feliz– de que los grifos echen agua, las bombillas se enciendan y sobre todo, por el raro y escasísimo milagro de las calderas. La materia no se ordena de forma simétrica ni en forma de corazón o de logo. A las partículas les dan la risa la armonía y los dibujitos. Dile a unos electrones, que ni siquiera sabemos jamás ni donde se encuentran, que dibujen una partitura. Es como esperar que un banco te dé dinero en vez de quitártelo o que te bajen el precio de un seguro. Ordenamos y damos sentido a las cosas después. Los sueños y la meditación comparten lo repetitivo de su procedimiento. No cuentan historias ni hay narrativa alguna en los sueños. Se la damos al despertar, pero solo son trozos ensamblados una y otra vez de recuerdos visuales o sensaciones táctiles –los ciegos también sueñan–. Aquí les llamamos magos a los sabios de Oriente. Pues así todo.