El 'chu-cu-chú' del tren
Los habitantes de la mitad meridional de la provincia de León cuando nos acercábamos por ferrocarril a la capital, siempre lo hacíamos por la estación de Renfe, cuya aparatosa infraestructura nos hizo llegar a olvidar que no era la única entrada ferroviaria a León, porque al otro lado de la ciudad, otro ferrocarril, éste con menor ancho de vía y sin tanto despliegue de medios, también acercaba a otros leoneses al mismo destino.
Mis recuerdos de la Estación de Matallana –supongo que el nombre lo recibiría de Matallana de Torío– se difuminan en mi memoria y me presentan una imagen, no sabría decir por qué, de color verde, con una humilde construcción en un lugar que no acostumbraba a visitar mucho. Con el paso de los años dichos recuerdos se tornan más consistentes y ya recuerdo un edifico de planta baja con una estética que evocaba la humedad y las umbrías del Norte.
Tiempos más acá, ya como usuario, recuerdo aquellos billetes de cartón, pequeños y sólidos, después los asientos con enrejado de madera, cual banco de algún parque, el humo del gasoil cuando la locomotora traqueteaba lentamente por ese otro León poco conocido, y sí, también apearse en Garrafe de Torío para ir raudos, caña en ristre, hasta un río que solía mostrarse generoso incluso con los aficionados poco duchos en el arte de la pesca, como era mi caso. A veces rememoro la cantinela de otro pescador de aquel río cuya salmodia venía a decir algo así: ‘Pa que veáis que tengo talento, que me parto las avellanas y me como lo de dentro’.
Exigencias laborales me llevaron lejos de León y nunca volvió a presentarse la ocasión de viajar en aquellos vetustos trenes, un retazo de la historia que recorría un buen trecho de León camino de Bilbao y que eran el cordón umbilical que unía muchos pueblos leoneses con la capital administrativa. Pese a todo, pasar frente a la Estación del Norte consiguió casi siempre despertar mi nostalgia, recordando los juveniles tiempos, cuando uno, quizá ajeno a los sinsabores de la vida, graba en su mente la vana ilusión de ser feliz. Ahora, después de muchos avatares, de mentiras, de plazos incumplidos y de desahucios para la cuarta parte de la provincia, no puedo por menos que hacer míos los desprecios y disuasiones hechas a sus usuarios y a ello vamos.
He leído en alguna parte que el servicio del que ahora se quiere privar a un buen número de leoneses se ha resuelto de forma airosa en otras latitudes de la Piel de Toro, lo que es la enésima constatación de que somos reputados por los parias de España, que no hay temor alguno a las mayores atrocidades que se puedan perpetrar contra esta tierra, porque el otrora carácter altivo de su gente se ha ido por el sumidero de la historia. Me he maliciado yo muchas veces que la represión habida tras la ignominiosa Guerra Civil en León, redujo drásticamente el grado de valentía y combatividad en su gente para no regresar nunca a esta tierra.
Pero hete aquí que también he leído en algún sitio que los perjudicados, hartos de afrentas, de medias verdades y de ver cercenada una vía de comunicación que se antoja vital para numerosos enclaves de nuestra provincia, adelanta que saldrá a manifestarse e incluso hacer cortes de tráfico en la capital leonesa. Déjenme que exprese mi opinión al respecto con mayúsculas ¡YA ERA HORA DE QUE EN LEON SE VIERA UN GESTO DE REBELDIA! Ya era hora de que alguien gritase alto y claro: ¡Basta de sometimientos! Déjenme que les dé todos los parabienes habidos y por haber a los promotores de esta respuesta.
Basta de mentiras y dilaciones
Quiero mostrar también mi desagrado cuando escucho a cargos políticos, que dicen representar a León, que las demandas han de ser pacíficas, silenciosas, por los habituales cauces de resignada sumisión y sin siquiera levantar la vista. ¡Pues no, señores, no se hacen tortillas sin cascar los huevos! Basta de mentiras y dilaciones, basta de hacer perder el tiempo a la ciudadanía con vanas promesas y retruécanos dialécticos para embobar al respetable, incluso pronunciados por altas instancias de la vida política leonesa. Es hora de poner punto final a un rosario de agravios sin cuento.
No, no promovemos desde estas líneas actos vandálicos o que puedan causar daños a la ciudadanía que se pueda ver perjudicada por la esporádica interrupción del tráfico, pero si la respuesta de las autoridades es tibia o si se muestran autistas ante un clamor popular, no queda otro remedio que imponer medidas drásticas, y hay muchas más que se pueden agregar a esta medida primera. Y muchas son muchas, hasta que los responsables políticos vean que no se va de broma, porque la broma ha sido y sigue siendo la suya, la de burlarse del pueblo y la de ampararse en siglas de diversas ideologías para disuadir y desanimar a los damnificados.
Sólo hay algo que me motiva más que esta medida y es que pudiera servir de banderín de enganche para otras iniciativas que duermen el sueño de los justos, como la Vía de la Plata, el Soterramiento de San Andrés, la Plataforma de Torneros por citar sólo asuntos relacionados con el tren, u otros como la recuperación del Emperador, el desistimiento de la instalación de cementerios de residuos en San Justo de la Vega, la Planta de biomasa en Puente Castro y un largo etcétera de tropelías que se pretenden cometer en esta tierra de injuria permanente.
Quiero acabar esta filípica con una nota de humor negro y espero que los demandantes de la Feve sepan apreciarla. La milonga de imponer delirantes alternativas en vez de dejar que el tren siga entrando en León por la vía que siempre entró, como son poner un autobús eléctrico y otras ‘ocurrencias’ similares, es tanto como pedirle a los usuarios que renuncien al tren y que hagan transbordo con sus equipajes como se hacía en el siglo XIX. Y con tal motivo, yo también quiero sumarme a este aquelarre con otra ridícula propuesta: que los viajeros cubran el último tramo en patinete eléctrico. ¡No me negarán que daríamos el campanazo en toda España!
¡Adelante con esta atrevida contestación social! Que no pueda decir nadie que no tenemos talento, que no partimos las avellanas y nos comemos lo de dentro.
Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata