Barrio Sésamo
La fiebre capitalista que impera en lo que se conoce como Occidente ha alcanzado a la domesticada ideología socialdemócrata, alter ego de la Democracia cristiana o de centro reformista, como se autodefine el primer partido político español de tendencia conservadora, de tal modo que algunos principios que eran inasumibles por los partidos del espectro de izquierda, han sido ‘metabolizados’ sin rechistar y con unos mismos postulados van haciendo de su capa un sayo hasta mimetizarse con la derecha tradicional.
Los teóricamente defensores de la cosa pública (Res Pública) que deberían anteponer la cuestión social por encima de cualquier otra consideración, faltan a su filosofía fundacional y se entregan en brazos de la economía de mercado hasta el extremo de que los derechos de la ciudadanía que dicen defender, están supeditados al poderoso caballero don dinero. Para este viaje no se necesitan alforjas y, de persistir en este enfoque, por más que seamos una insignificante pieza del bloque capitalista occidental, acabará por imponerse el chocolate (derecha y ultraderecha) al sucedáneo (izquierda y extrema izquierda). No se quejen después. Lo han estado invocando desde tiempos inmemoriales o al menos desde medio siglo atrás.
El totalitarismo económico impone sacrificios difícilmente justificables como son la creciente privatización de prestaciones que, con el eufemístico término de externalización de servicios, pretenden hacerlos digestibles para la ciudadanía poco avisada. Uno se pregunta que si nuestros políticos preconizan los servicios públicos y estos servicios acaban siendo prestados por empresas privadas, bueno sería un poco de coherencia. Pongamos por caso: ¿Si un concejal de aguas pone en manos de una empresa toda la gestión de acometidas o alcantarillado, qué objeto tiene mantener a ese concejal en su puesto? Privatícese esa concejalía, contrátese en su lugar a un gestor y mándese ese concejal a su casa. Y quien dice concejal, dice otros altos cargos hasta llegar a las más altas instancias. Saldría más a cuenta.
¿Fiebre privatizadora en la izquierda?
La fiebre privatizadora, santo y seña del liberalismo económico, propio de la derecha, más congruente con su pulsión de adelgazar el estado hasta el extremo, debería chocar contra el ideario de izquierdas que ahora sigue los derroteros que sus teóricos oponentes, y lo que es peor, con la misma pasión, en una pirueta ideológica que más pronto que tarde tiene que pasarle dolorosa factura. La iniciativa privada, forzosamente ha de convivir con la regulación y los servicios públicos, pero los criterios monetarios y mercantilistas no pueden prevalecer en según qué actividades.
Pongamos por caso la defensa del país. La historia informa de como se ha privatizado a la inversa esta prestación. En las guerras de Cuba y del Rif, los soldados de familias acaudaladas se libraban de ir al frente mediante el pago de una tasas preestablecidas, primera quiebra en la credibilidad de quienes alardeaban (y alardean) de patriotismo. Los miembros de familias menos pudientes defendían el país aunque fuera de mala gana porque no podían eludir ese compromiso. Otros sectores como la educación son susceptibles de estar privatizados para personas de cierto status, a condición de que exista una educación de acceso público tan satisfactoria y bien financiada como la privada.
Vayamos ahora al campo sanitario. Es lícito que haya una sanidad privada pero sería inmoral que quien no tiene recursos se vea privado de este servicio esencial. Sin embargo incluso en este pilar fundamental del estado del bienestar se ha colado la iniciativa privada: análisis externalizados, servicios de ambulancias en manos de empresas donde prima nuevamente la componente económica sobre la sanitaria, derivaciones a centros privados de pacientes e incluso otros componentes menores, a veces necesarios, como cafeterías, despachos de prensa y hasta máquinas expendedoras de bebidas, café, golosinas o chucherías.
Una lacra, y no pequeña de esta pulsión privatizadora, es el escaso control ejercido por los poderes públicos y autoridades sanitarias en un tema tan sensible como es la sanidad, sobre la inclusión de este tipo de prestaciones. Un ejemplo que trataremos de ilustrar en este artículo imágenes vistas en el Hospital de León: sobre un artefacto dispensador en un lugar estratégico, muy propicio para la adquisición de chocolatinas, agua, refrescos y otras menudencias, luce un inmundo universo de polvo y suciedad que denota largo tiempo sin frecuentar el aseo necesario del aparato.
Cualquier persona mínimamente versada en temas sanitarios sabe que el polvo es asiento glorioso para la proliferación de ácaros y los ácaros, a veces cuasi microscópicos, generan alergia y sobre su exoesqueleto asientan infinidad de gérmenes de la más diversa índole. A nadie se le escapa que no se acude a un hospital por exceso de salud sino todo lo contrario. Estas quiebras de la salud en numerosas ocasiones están causadas por deficiencias inmunitarias en las que lo menos aconsejable es transitar áreas con reservorios de ácaros, bacterias, virus y otros miasmas. Hay abundante bibliografía sobre enfermedades nosocomiales, es decir, aquellas que se contraen en este tipo de centros sanitarios.
¿Qué control ejercen los poderes públicos y la dirección de estos macrocentros sanitarios? ¿Prima la salud o el comercio? ¿Qué se antepone, la labor médica o la asunción del becerro de oro? Es cosa sabida que las autoridades sanitarias tienen entre sus cometidos no solo la tarea curativa sino también la preventiva, y eso también incluye la participación privada que viene a explotar un nicho de negocio en un lugar tan sagrado como debiera ser un hospital. Y una vez dicho esto, juzgue cada cual si quiere una sanidad pública, más sujeta a controles sanitarios o una sanidad más permisiva entreverada por el componente monetario. ¿A quién compete la limpieza de estos dispensadores?
Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata