La Sociedad de Amigos del País en León: ilustrados y poco constantes

Botines expone los 240 años de historia de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de León

La institución que mejor representó el espíritu de la Ilustración fue la Sociedad Económica de Amigos del País, principalmente por su expansión geográfica y sus objetivos sociales. Los estatutos fueron aprobados por Carlos III en 1783, un rey absoluto, sí, pero con conciencia reformista y servicio al pueblo. Basta observar el emblema de la Económica de León para adivinar que hizo un guiño al futuro: una mujer sentada hilando al torno, siempre hacendosa, con una leyenda en latín que decía 'Busca lana y lino y no come pan ocioso'. La Económica fomentó la educación –especialmente la femenina–, la cultura, las ciencias aplicadas y las artes.

Los Amigos del País pretendían conseguir mejoras reales donde había atraso y pobreza. Su finalidad resulta hoy un olvido imperdonable de la clase dirigente, que a menudo ha ignorado el objetivo primordial de mejorar la vida de los ciudadanos. Aquellas instituciones del siglo XVIII pusieron especial atención en las mujeres, para involucrarlas en la vida laboral; un precedente digno de mención. De eso hace más de dos siglos. 

El plan estuvo representado por los estratos sociales más altos, aunque su puesta en funcionamiento pasó por etapas de bonanza y también por crisis financieras. Las tareas emprendedoras adolecieron de falta de capital, pues sólo un puñado de mecenas, parecían dispuestos a arriesgar aquel presente para asentar el progreso futuro.

Cuatro sedes de Amigos del País en la provincia

Se asentó la Económica a lo largo de toda la geografía nacional, concretamente en la provincia de León en cuatro núcleos: Astorga, León, La Bañeza y Ponferrada. Nació vinculada a miembros del clero y de la administración del Estado, bajo el espíritu reformista de finales de siglo. Más que en la economía, incidió en la actividad docente, con la creación de escuelas femeninas, en un ambiente copado por la preeminencia social y laboral masculina, bajo el auspicio de una corona que soñó con lavar la cara de los españoles y despertarlos de siglos de atrofia.

El icono de Amigos del País: una mujer hilando, como ejemplo de mujer hacendosa

La Real Sociedad de Amigos del País de Astorga –la primera– se puso en marcha en 1781; la de León un año después, en un acto presidido nada menos que por el mismísimo Jovellanos. Allí figuraban clérigos notables, algún noble ilustrado y cargos de la administración local; todos dispuestos a potenciar la agricultura provincial, la industria atrasada, el comercio, la cultura, incluso la educación femenina. En el ambiente social imperante, las niñas no estudiaban y quedaban reducidas al ámbito del hogar. 

Llama la atención el trato de esta institución a las jóvenes leonesas, dispuesta a fomentar nuevos hábitos sociales a través de la formación cultural y laboral de las hijas de la clase trabajadora y de los estratos más pobres: una enseñanza de primeras letras y saberes artesanales para superar el analfabetismo y procurar puestos laborales. Era, sin duda, un objetivo de progreso, incluso vanguardista. 

Se necesita invertir para reformar

Sin embargo, el talón de Aquiles de estos trampolines sociales fueron los problemas económicos para financiarse, marchitando muchos proyectos a finales del siglo XVIII, especialmente en el bache de los años ochenta: el rey moría en 1788 y la gran obra reformista entraba en vía muerta.

La deseada mecanización agrícola con adelantos como la segadora y gavilladora de cereales en el siglo XIX.

Las Económicas de Amigos del País sobrevivieron no sin problemas hasta el siglo XX, de hecho, a lo largo del XIX funcionaron en cortos paréntesis de tiempo.   

Dirigir desde arriba para reformar hacia abajo

No se desvió la Económica del plan general del Despotismo Ilustrado impulsado por Carlos III. Jovellanos organizaría una red de sucursales por todo el país sobre la base de la Real Sociedad Vascongada y la Real Sociedad Económica Matritense, de quienes había copiado estatutos y funcionamiento. Fue una implantación costosa, pues salir del badén económico de aquellas décadas supuso en ocasiones el abandono de sus objetivos reformadores. 

Sucedió en León, donde el ministro Jovellanos casi se queda en la estacada ante el tibio apoyo económico de las élites locales y provinciales que se habían comprometido a impulsar el proyecto. ¿Hasta dónde apoyaron? Hasta las costuras del bolsillo propio, pues poner en marcha sus proyectos exigía cuantiosas sumas de dinero y el Estado no podía con todo, dejando en evidencia que los grupos rentistas del Antiguo Régimen (nobleza y clero) no estaban por la labor de aportar más allá de una propina generosa.

La Económica de Astorga entró pronto en decadencia, pese al apoyo de su obispo, Pedro González de Vega. Y la puntilla se la dio la Guerra de la Independencia, aunque consiguió restablecerse en 1815. Sus fundadores fueron un canónigo arcediano (Juan Manuel Romero) y el regidor de la ciudad (Alonso de Torres Soto), contando con los cargos de secretario, tesorero, censor y contador, entre miembros de la élite local. Entre sus objetivos estaba promover la agricultura de la comarca, perfeccionar instrumentos mecánicos, aumentar el comercio y establecer fábricas de manufacturas con las materias primas de la zona, especialmente lino y lana.

Portada interior de la Económica de La Bañeza, con el emblema de un niño frente a un telar

Los Amigos del País de La Bañeza adoptaron un escudo singular: un niño en la urdimbre, bajo el lema 'Aprendo y soy socorrido'. El motivo estaba ligado a los tejidos de lienzos de la zona. Dirigió la institución local un teniente corregidor (Antonio de Ramón Linacero) y contó con la ayuda material del conde de Miranda, señor de la villa, al que se unieron cofradías y comerciantes locales. Aunque cargados de buenas intenciones, los bañezanos sufrieron desde muy pronto la falta de fondos, así que quedó aparcado el proyecto de fabricar tejidos de lana y lino y el de poner en funcionamiento una escuela mixta de niños pobres que aprendieran a tejer, además de formarse en la lectura y en resolver las cuatro reglas básicas.

Los Amigos del País de la capital

La Real Sociedad de León, se fundó con el ánimo de encabezar el impulso hegemónico provincial auspiciada por el propio Ayuntamiento. En la mesa oficial figuraban el marqués de San Isidro, Francisco Rivas, Jacinto García Herrera y otros canónigos y civiles del funcionariado local. Sus estatutos contemplaban una Junta de Gobierno de dos cargos electos (director y vicedirector) y seis vitalicios, para organizar a un número elevado de socios que figuraban divididos en varias categorías: 

  • Socios honorarios (no pagaban): constituyeron una larga lista, donde figuraban los cargos de censor, secretario, tesorero y contador. Socios de honor eran el conde de Altamira, el marqués de Astorga, el comisario general de Cruzada, el duque de Uceda y Frías, el marqués de Villena, Campomanes, el asesor del Tribunal de la Rota, el obispo de Astorga, el capitán general de Castilla La Vieja, además de otros prelados, priores, corregidores, provisores, intendentes, mariscales, coroneles, chantres...  
  • Socios numerarios: con una aportación anual de 60 reales, constituían la base económica de la institución, aunque fue un colectivo lleno de desertores y desencantados. De haber estado más nutrido este grupo, las crisis cíclicas se hubieran superado, lo que dejaba en evidencia una falta de clase media y compromisos sociales en la capital. 
  • Miembros del clero: curas y párrocos con buenas intenciones, pero sin ningún aporte económico. Alguno de ellos daba catequesis a los alumnos de la Económica.
  • Profesores y maestros de las escuelas que fueron creadas por la entidad leonesa, en concreto cuatro aulas femeninas de primeras letras y una academia de Dibujo (a las que dedicaremos un breve estudio en otro momento).
  • Voluntarios: número muy voluble de miembros para afrontar tareas de beneficencia y obras desinteresadas, además de la preparación de actos y la conservación de las instalaciones.

Sin duda fue la Económica de la capital la que mejor funcionó, aunque también sufrió problemas de presupuesto desde 1786, con un fuerte abandono de socios y el posterior cierre de sus escuelas. Además de la educación y la beneficencia, trató de impulsar la economía de la provincia, promoviendo cultivos de cáñamo, lino y alfalfa, así como la repoblación de encina, roble, pino y castaño.

Hubo que esperar al siguiente siglo para recobrar algunos momentos de pujanza. Seguramente el altruismo destinado a los estratos más pobres de la ciudad arruinó a la institución. Visto desde la lejanía del tiempo, parece un mérito altruista, pero le faltó continuidad. Después de todo, las élites leonesas no eran tan bondadosas; sólo habían realizado una exhibición de su prestigio social.

La Económica de Ponferrada se fundó en 1786 y es la peor documentada. Le faltó financiación y el proyecto nació casi muerto, por lo que el objetivo de impulsar el sector vinícola quedó muy diluido.

Buenas intenciones...

En resumen, el proyecto era bueno y los resultados escasos. Fue otra institución más, fracasada en aquel León atrasado, ahondando en la huella de la frustración provincial.

Los grupos implicados en la fundación de las Sociedades Económicas de Amigos del País de la provincia de León formaban un retrato característico de aquella época; pertenecieron a los estamentos rentistas y a las oligarquías locales, en una coyuntura de ambiente ilustrado impulsado por la corona y sus ministros, pero fueron incapaces de mantener su continuidad. Impulso entusiasta en el primer momento y desencanto en el siguiente.

Pobres, escuela y agricultura

Atender a los pobres no buscaba simplemente erradicar las desigualdades inherentes al sistema, sino evitar convulsiones y problemas sociales, además de aprovechar su fuerza de trabajo. De hecho, el sistema establecido no se tocó ni un pelo: 'Todo para el pueblo pero sin el pueblo'. El pueblo era un menor de edad al que había que guiar. En la cima social de los estamentos seguían los rentistas, los acaparadores de la propiedad de la tierra, los beneficiados de derechos señoriales, los que, en el fondo, despreciaban el trabajo manual; los que, en definitiva, vivían de las rentas.

Se producía lana y lino en el campo leonés, pero relanzar un proceso industrial con esas materias primas exigía más compromiso social y económico que aunara esfuerzos y mantuviera continuidad. Faltó imbricación y sobraron rentistas beneficiados por un modelo estamental intocable; hasta el propio rey ordenó retroceder en reformas cuando las revueltas sociales amenazaron el modelo del Antiguo Régimen (Motín de Esquilache).

Estatutos de la Sociedad Económica de Amigos del País de Astorga.

Las Económicas fueron un lavado de cara intermitente, mezclado con décadas de decadencia, donde abundaron las etapas de impulso limitado en intensidad y en tiempo. La industria rural y urbana de León, dispersa y débil, entró en el siglo XIX con las mismas estructuras de la Edad Media, o sea, con una agricultura sin especialización ni maquinaria adecuadas, con mercados cerrados y ausencia de capital. Por fallar, falló hasta la Real Fábrica de León impulsada por la propia monarquía. Los tímidos logros se cuentan con los dedos de una mano: leves avances en la enseñanza, paños maragatos, conferencias sobre cultivos y maquinaria, llegada tardía del ferrocarril y progresivo asiento de la minería. Mientras tanto, siguió predominando el minifundio, el peso de las viejas estructuras agrarias, la mentalidad conservadora de las élites -con excepciones-, los campesinos dóciles y los pagadores de rentas.

El atraso dejó huella

El subdesarrollo provincial ahondó sus raíces a lo largo del siglo XIX y descolgó a León de la media nacional de progreso para siempre. Esa fue la verdadera tragedia de esta provincia. De hecho, su mayor colectivo, el campesino, se empobreció. Allá donde analizamos nuestro pasado para explicar el presente, nos encaminamos a lo mismo: una provincia desvertebrada, con evidentes faltas de compromiso público, con acopio de desidia y gestión egoísta de los recursos y la riqueza, marcada por una orografía sin vasos comunicantes. 

Máquina limpiadora de cereales y legumbres a finales del siglo XVIII.

Las clases dirigentes no tenían como objetivo prioritario el impulso social sino el enriquecimiento personal, por eso faltó espíritu de empresa, pese a que en las Económicas de Amigos del País se pusieron en marcha varios proyectos. El mismo Felipe Sierra Pambley propuso crear una cátedra médico-quirúrgico-farmacéutica en León, pero fue otro de los muchos proyectos que naufragaron. 

La capital de la provincia era, en realidad, un pueblón con corralas y casas de canto y cal, donde sólo despuntaban las agujas de su catedral, mientras se expandía el olor a incienso de sus iglesias, muy pocas labradas en piedra, como San Isidoro. 

En busca de una sede

La Económica tuvo que asentarse durante muchos años en las casas consistoriales del ayuntamiento, bajo un horario compatible con el gobierno de la ciudad, para que no se interrumpieran unos y otros.

Fue a partir de 1838 cuando el gobernador civil facilitó a la Económica una sede propia, el Beaterio de Santa Catalina, un edificio desamortizado, sito en el número siete de la calle Fernando Regueral, para instalar allí sus bienes dispersos: una biblioteca pública, un gabinete de historia natural, algunas salas de sesiones, secretaría, archivo, academia de Dibujo, aulas de la escuela de niñas pobres y habitaciones para maestra y portero.

Actividad de la Sociedad Económica de León en el siglo XIX

Los Amigos del País de León remontaron el parón institucional del cambio de siglo y la guerra contra los franceses. Cogieron impulso político en 1820, cuando varios de sus miembros “tomaron un camino más revolucionario” y formaron la Sociedad Patriótica Constitucional; grupo que luchó por la obra legislativa de Cádiz durante el Trienio Liberal (1820-1823). Allí estaban con la antorcha liberal en la mano Manuel Castañón Monroy (regidor de León), el vizconde de Quintanilla (Joaquín Flórez Osorio, elegido representante de la Junta Central) y otros principales como Bernardo Escobar, Francisco Vallejo y Manuel Villapadierna. Pero el liberalismo leonés quedó pronto ahogado por un carlismo furibundo, que pensó más en la religión y el trono, que en el progreso provincial.

La vida de la Económica leonesa se prolongó a lo largo del siglo XIX con períodos de decadencia, aunque buscó la mejora y el esplendor momentáneo de ciertos actos. Instaló un campo de frutales en lo que hoy es el Jardín de San Francisco, subarrendó el local de la sociedad lírico-dramática para convertirse en empresa de teatro, enseñó el oficio a torneros y forjadores, impartió conferencias sobre el funcionamiento de la artesanía y el comercio en otros lugares de España; hizo acopio de libros hasta crear una biblioteca de uso público, defendió estudios técnicos sobre el trazado del ferrocarril en la provincia, editó guías para viajeros como la de Policarpo Mingote Tarazona; abrió concursos de habilidades artesanales y repartió premios de proyectos y memorias; llevó a cabo certámenes poéticos, celebró el bicentenario de la muerte de Pedro Calderón de la Barca; contribuyó a la publicación de periódicos y revistas leoneses; trató de mejorar las especies lanar y equina, hizo aportaciones al Hospicio de San Cayetano e impulsó la creación de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León.

Portada del libro de la Historia de la Sociedad Económica de Amigos del País de León

Todos esos pequeños logros forman parte de una hilera de modernidad y progreso, aunque interrumpidos en su continuidad o víctimas de la ocasión. De hecho, la provincia sufrió un atraso general y apenas rebasó los moldes del Antiguo Régimen. El siglo XIX contó con un repunte demográfico y cierta actividad económica, pero sus nobles tuvieron poco fuste empresarial y el clero, ya en retroceso, se enquistó en su integrismo, por lo que repuntaron las clases medias y las clases modestas, robusteciéndose de forma moderada una burguesía de servicios (sanidad, cultura, educación), comerciantes, artesanos e industriales de la minería, harinas, curtidos, chocolates y productos químicos.

El liberalismo en León trajo la mesocracia de funcionarios, empleados de la Administración, médicos, abogados, veterinarios, farmacéuticos y profesores; también asalariados del comercio, del ferrocarril y de la construcción. Pero todos ellos eran grupúsculos, colectivos poco numerosos. Faltó volumen en aquel ramillete. Porque era la agricultura la gran actividad de la provincia y por tanto, la asignatura pendiente. Agricultura y ganadería, hombres del campo, pequeños propietarios, arrendatarios y jornaleros, la mayoría sin llegar a disfrutar, ni por asomo, de las mejoras del siglo, atrapados en trabajos de sol a sol y tareas de secano: cereales, vid, lino, madera… una meseta sedienta, salpicada de huertos y frutales. 

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