'This is us': la familia

Los protagonistas de la serie 'This is us'.

Antonio Boñar

La familia, la más íntima de las tribus, esa pandilla inevitable y tan nuestra que no nos quedará más remedio que amar porque, al fin y al cabo y poniéndonos en modo bíblico, son sangre de nuestra sangre. Esa misma saga familiar que nos hastiará unas cuantas veces, justo un instante antes de hacernos comprender que hay vínculos que son para siempre, que nos acompañarán más allá de distancias y latitudes, que explicarán la sabiduría del viejo que llegaremos a ser y que posiblemente también llegarán a explicar la mejor versión de la palabra amor que llegaremos a comprender nunca.

La familia y sus eternas entelequias han sido, son y serán un reconocido formato de la narrativa literaria y cinematográfica, un paisaje ideal para plasmar la evolución de una sociedad o la historia de un país desde dentro, desde su origen puro y sintético. Los mejores relatos familiares poseen unas cuantas y estimables dosis de crónica costumbrista y de época, con tratamientos de comedia dramática y donde los conflictos quedan mitigados por los lazos afectivos, siempre y por supuesto balanceándose en un eterno y tiernamente inestable equilibrio.

Y también todas estas historias familiares suelen derrochar amor a raudales, ese tipo de amor que se explica desde la piel y no entiende de versos, el mismo que cabe en aquella sonrisa que un buen día te dedicó tu padre o en las lágrimas que se desprendieron desbocadas y un poco ridículas (pensaste entonces) dentro de aquel otro abrazo que te dio tu hermano. Los abrazos y silencios que caben en la familia son secretos, incondicionales y guapos, se parecen mucho al amor.

This Is Us despliega sobre la pantalla un infinito catálogo de alegrías y tristezas familiares a través de tres hermanos que van y vienen en el tiempo, que crecen, se equivocan o celebran triunfos, pero siempre gravitando alrededor de lo que eternamente les unirá, su condición fraternal.

Uno ha de confesar que al descubrir que la serie en cuestión que le había recomendado un buen amigo tenía 18 capítulos por temporada, nada más y nada menos, lo primero que sintió fue pereza. Y es que estamos demasiado acostumbrados a tener una ingente cantidad de historias ante nosotros, a rendirnos con apatía cultivada ante ese tiempo que decidimos perder delante de infinitas pantallas, ante todos esos ratos que robamos al lento crecimiento de los árboles, al canto de los pájaros o a la puta primavera.

Y encontrar este almibarado drama que rebosa y derrocha lágrimas y risas, tan americano pero tan bien contado y musicalizado, hace que la renuncia ante toda esa vida que se esfuerza tanto por latir con precisión estacional merezca un poquito la pena. Sobre todo, y como en este caso, si la pantalla te cuenta cosas que apetece ver en pareja, como nos dijo aquel amigo que se parecía tanto a la palabra familia.

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