“Me siento más completo conforme salen más cuadros de mis manos, de mis ojos, de mi cerebro y de mi corazón”

Miriam Chacón / ICAL El artista leonés Manuel Sierra.

César Combarros/ Ical

La pintura del leonés Manuel Sierra (Villablino, 1951) forma parte desde hace décadas del imaginario colectivo de los vallisoletanos. Ajeno a los límites de los soportes, ha trabajado el cartelismo, los murales, la ilustración, la escenografía, los grabados o los lienzos de gran y pequeño formato, con una iconografía muy personal que ya forma parte de la provincia donde reside hace décadas. Invitado por el artista y galerista Mariano Olcese, ha reunido una serie de obras representativas de su trabajo en la exposición 'Las marcas del tiempo', abierta al público hasta el próximo 20 de febrero en la Galería La Maleta. “Una exposición así necesitaría un gran museo, porque aquí apenas podemos mostrar una o dos obras de las series que él ha elegido”, apunta el galerista. Desde sus primeras obras a inicios de los 70 hasta sus últimos trabajos, la exposición repasa sus obsesiones temáticas y su propia evolución como artista.

¿De dónde surgió el título de la exposición: 'Las marcas del tiempo'?

Procede de un texto que escribió mi hermano para una exposición de pintura abstracta que hice tiempo atrás. Él conocía mis dificultades para la abstracción, que para mí implica un intenso proceso de síntesis que me resulta muy complicado, al ser un autor que posiblemente proceda de una tradición frustrada de ser escritor. Él era consciente de lo que me estaba costando aquello, que era una auténtica travesía del desierto para mí.

¿Cómo refleja su pintura esas marcas del tiempo en su vida?

Más allá de las marcas físicas que deja inevitablemente el tiempo en ti, reconoces como marca lo que te ha convertido en lo que eres. La pintura es un oficio, pero a mí me está sirviendo, como las relaciones con la gente, para construirme como persona. Yo soy un poco más yo, en ese yo poliédrico que somos todos, a medida que salen más cuadros de mis manos, de mis ojos, de mi cerebro y de mi corazón.

¿Qué piezas ha reunido ahora en esta muestra?

Se estructura en torno a dos núcleos. Uno es pintura digamos histórica, obra que pertenece a diferentes exposiciones a lo largo de mi trayectoria, y otra parte es pintura de los últimos seis años o así, reciente. Ninguna de las piezas son obras aisladas, sino que se integran en un conjunto, en una serie, en una obsesión.

¿Cómo realizó la selección?

A lo largo de mi vida habré realizado unas doscientas exposiciones, y aquí mostramos obras de una decena de ellas, quince a lo sumo. Me planteé cuáles son los cuadros que tienen más significación, que denotan más lo que soy y que representan el trayecto que acaba conformando el autor que eres. Así, escogí mi primer contacto con la abstracción, cuando utilizaba materiales como los sprays, que reconocía como una herramienta de combate pero también de expresión; o mi viaje por el paisaje, con una obra de la exposición 'Babia en el corazón', porque aquello me ayudó a reconocer la influencia tan fuerte de las raíces. Quizá, al hablar de marcas me esté refiriendo a eso, no sólo a la evidencia del paso del tiempo, sino al reconocimiento de uno mismo como un viajero, como un navegador que pasó y sigue pasando por distintos estadios sociopolíticos y anímicos.

Tengo entendido que su primer acercamiento como pintor se produjo cuando apenas tenía 12 años. ¿Cómo fue?

Mi padre viajaba con frecuencia a Madrid para cosas suyas de judicatura, y cuando yo era pequeño solía ir con él. Allí vivía mi madrina, una hermana de mi madre que era farmacéutica y que siempre me dio mucho cuartel. Ella me decía que, si era necesario, dejara a mi familia, mis estudios y todo, para pintar. No sé cómo, pero consiguió que un profesor llamado Peña, que preparaba a gente para su ingreso en Bellas Artes, me aceptara para unas clases que daba en la Plaza Mayor. Ahí estaba yo, con mis 12 años, entre adultos que pintaban desnudos o animales del natural, aprendiendo a crear volúmenes o a tomar apuntes. Nos enseñó de todo menos a copiar, sin meterse en claves canónicas, y exigiéndote trazos sin titubear y constantes rupturas. Por eso creo que mis trazos son tan decididos. Las únicas clases que he recibido de pintura en mi vida, más allá de las del colegio, fueron aquellas. El resto me lo fueron enseñando mis padres, acostumbrándonos a mis hermanos y a mí, desde niños, a ver exposiciones en museos; recorrimos las capitales imprescindibles (Roma, París, Lisboa...), todo lo que estuviera a tiro de un 600, y eso creo una familiaridad en mí respecto al arte.

¿Esa falta de academicismo es la responsable de la libertad que emana todo su trabajo?

Podría ser. No sabía de dónde podía venir eso y quizá sea de ahí. Expresarse no es otra cosa que relacionarse, y aquel profesor estaba obsesionado con que la clave para expresarse pasa por abandonar el miedo.

Cómo pintor, ¿qué géneros fueron los primeros que abordó?

Yo empecé a pintar de la mano de los grabados y de los murales. Curiosamente ambos son formas de expresión con una vocación pública descarada. El grabado porque supone edición, y eso implica contar con los demás, la necesidad de acceder a los demás para que te cuenten una historia, traducirla, filtrarla y devolvérsela diciendo: 'Yo lo interpreto así, a ver si esto nos sirve para dar un paso adelante'. El mural es es un encargo casi siempre público, aunque también he hecho muchos de carácter privado, pero en espacios públicos. Para mí, ese primer acercamiento conformó una relación con la pintura en la cual los terceros, todos nosotros (entre los que me incluyo yo también como autor), somos el destinatario, por encima de la pintura concebida como la exudación de lo íntimo, la búsqueda del yo y todo eso. A mí lo de conocerme mejor a mí mismo no me llama, prefiero que me conozcan los demás antes. Además, yo me desconozco por completo.

¿Quizá esa vocación es lo que ha hecho que su obra haya calado tanto en la gente?

Podría ser. Desde el principio bebo de una fuente que es colectiva, pública, para transformarla reordenada, chamánicamente, igual que puede hacer un escritor. Con mi pintura intento buscar ese denominador común que nos une a todos. A la hora de elegir los enfoques, la composición o los temas, no hago un ejercicio complejo para pensar qué le interesará a los demás, sino que estoy tan imbuido de los demás ya que pensando en mí estoy pensando en todos nosotros. O eso pretendo. Yo le agradezco a todo el mundo lo que me enseñan, que es de lo que me nutro, pintando.

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