Los guardianes de las palabras

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Isabel Rodríguez

Son los guardianes de las palabras. Limpian, fijan y dar esplendor al patrimonio lingüístico desde la Real Academia Española, que cumple ya 300 años. Tres de los 46 sillones que tiene la RAE lo ocupan leoneses. Luis Mateo Díez (2000), Salvador Gutiérrez (2007) y José María Merino (2008). Los tres coincidieron este sábado en Lois para rendir homenaje a dos ilustres paisanos de la localidad, que fueron miembros de la institución en sus comienzos: Alonso Rodríguez Castañón, que ocupó el sillón C en 1717 y Pedro Manuel de Acevedo, titular del sillón T en el año 1721. Les entrevistamos para entender por qué es necesaria una institución como la RAE. Ellos son los maestros, así que ellos hablan.

¿Por qué es necesaria hoy día la Real Academia Española?

José María Merino: Creo que casi 500 millones de hablantes del español repartidos en tantas naciones a lo largo del mundo necesitan instituciones que, como la RAE y las Academias americanas, bien comunicadas entre sí, cuiden de la unidad y corrección de la lengua. En una lengua como la española, si no hubiese Academias habría que inventarlas.

José María Merino.

Luis Mateo Díez: Sigue manteniendo la necesidad que tuvo en sus orígenes cuando sus fundadores la crearon, cuidar la lengua, contribuir a través de un diccionario a ofrecer los valores de la misma y marcar algunas pautas de comportamiento a la hora de usarlas. Todo ello sin ofrecer una policía del lenguaje, se trataba de establecer un criterio de guardianes para el buen uso de la misma.

Salvador Gutiérrez: Con ligeros matices de diferencia, siguen presentes los mismos motivos que impulsaron a principios del siglo XVIII la creación de esta institución. El idioma es una entidad social y cultural sometida a vientos de varios tipos y de diferentes direcciones. Es un ser vivo y, como tal, cambia. Hay una tendencia a la diversificación y a la disgregación, favorecida por la separación espacial, así como por la diversidad cultural, social y política de los hablantes. Como es reflejo de la vida, que cambia constantemente, la lengua está sometida a constantes presiones en el léxico, en la gramática e incluso en la pronunciación y en la escritura. Otro tipo de presión es el que nos llega desde lenguas como el inglés que son habladas por países en los que la economía, la ciencia, la cultura, la tecnología... Es necesario tener un organismo que oriente y que aconseje. Un organismo que, desde el respeto de todos, vele por la unidad de la lengua.

Cómo argumentaría la necesidad de la corrección ortográfica a alguien que opina que lo importante es entenderse y que es igual escribir otel, boltereta y pallaso, en vez de hotel, voltereta y payaso, por poner unos ejemplos?

J.M.M: Esos ejemplos favorecen mi tesis. Sin instituciones que cuiden de la forma, la unidad y la calidad de la lengua, esta se puede descomponer en pocos años, pues, ¿quién nos garantiza que esas palabras ortográficamente incorrectas no van a seguir sufriendo modificaciones en el tiempo, dependiendo del capricho de cada uno? Por ese camino iríamos directamente a Babel.

En la escritura romana no se separaban las palabras, no había distinción entre mayúsculas y minúsculas, no disponía de signos de puntuación ni de acentuación... La mayoría de estas distinciones surgieron para facilitar a los estudiantes (¡los estudiantes que tanto protestan!) la buena lectura

L.M.D.: Hay una evaluación científica clara de que la ortografía es crucial para el mantenimiento de esa lengua común, el comportamiento ortográfico es mucho más poderoso para unificar reglas y evitar desvíos que pudieran hacer que la lengua se vdesvirtuara en su expresividad. La ortografía marca unas pautas comunes de comportamiento léxico que ayuda a que esa lengua común tenga unas lenguas comunes y tenga más capacidad de entendimiento entre todos. Una libertad absoluta y desaforada de usos ortográficos, según los expertos, desvirtuaría por completo la lengua.

S.G.: La unidad ortográfica es un bien social y cultural de incalculable valor. No podemos imaginar el caos lingüístico que significaría el hecho de que los hablantes escribieran a su arbitrio. La historia destaca como grandes avances las reformas y las propuestas que condujeron a la unificación ortográfica. Por eso la sociedad, por puro mecanismo de defensa, promociona la escritura unitaria y correcta. A veces, asistimos a contrasentidos sorprendentes. En la escritura romana no se separaban las palabras, no había distinción entre mayúsculas y minúsculas, no disponía de signos de puntuación ni de acentuación... La mayoría de estas distinciones surgieron para facilitar a los estudiantes (¡los estudiantes que tanto protestan!) la buena lectura. El español posee una de las ortografías más perfectas y exactas de todas las lenguas occidentales. Es necesario valorar, defender y mejorar este patrimonio.

¿Quién manda, los académicos o la ciudadanía?

J.M.M.: Los académicos cuidamos el idioma, pero este, al fin y al cabo, es propiedad de todos...Sin embargo, en el campo ortográfico, las últimas modificaciones han sido muy pocas, y fundamentalmente han consistido en la eliminación de unas cuantas tildes. A mediados del siglo XIX, la RAE eliminó otras tildes, hizo que Cristo se escribiese sin “Ch”, y Filosofía sin “Ph” inicial, y Mujer con “j” y no con “g”...Y las reformas acabaron imponiéndose, porque tenían base científica y eran de sentido común...

L.M.D.: La lengua es del pueblo, ya lo dijo Sancho Panza. La academia hace un servicio de acercamiento a la misma pero siempre respetando esa conciencia, ese patrimonio popular. La academia establece escuchas y pautas de comportamiento que pretende la limpieza y el decoro de la misma, pero claro no es una policía del lenguaje.

S.G.: En la lengua oral manda el pueblo. Evoluciona por plebiscito diario y constante. No existe órgano cultural más democrático. Cada hablante, cuando usa una palabra nueva o cuando deja de usarla, está depositando un voto. Sin embargo, las normas de la escritura y sus modificaciones son dirigidas y propuestas por personas o por organismos que poseen poder para hacerlo y un recto conocimiento de causa.

En cualquier caso, cuando uno aprende unas 'reglas' y después se las cambian, ¿no se corre el riesgo de que se sienta frustrado y deje de confiar en esa misma academia? ¿Para qué aprender entonces si mañana van a cambiar?

J.M.M.: En materia gramatical y ortográfica, las modificaciones son mínimas y se hacen cada muchos años...Pero la modificación de reglas está en la vida cotidiana: se cambia el importe del IVA, el límite de velocidad en ciertos tramos de carretera, el precio de los carburantes, no digamos la moda...Según ese planteamiento, viviríamos en continua frustración... Hay que acostumbrarse a los cambios, es ley de vida. Y la ventaja es que el ordenador, si tiene un programa de tratamiento de textos decente, nos hace directamente las correcciones...

L.M.D.: Con la ortografía se ha hecho una propuesta científica muy intensa, pero la gente siente mucho aprecio y mucha propiedad en la lengua que expresa y por eso algunos criterios son mirados con mayor reserva. No está mal porque da la medida del interés que hay en mucha gente. Además, si miras las partes más polémicas, son cosas sin especial importancia.

S.G.: En primer lugar, yo no soy partidario de cambiar por cambiar. Creo que no se debe modificar lo que está bien. Pero hay ocasiones en las que sí se impone la aprobación de algún cambio, bien para facilitar la escritura, bien para uniformarla, bien para hacerla más coherente. Gracias a las modificaciones realizadas a lo largo de la historia, la lengua española posee una ortografía mucho más perfecta y sencilla que las lenguas vecinas. La Academia Francesa se negó a introducir a tiempo cambios necesarios y el resultado ha sido muy negativo. Así lo reconocen y así lo sufren, generación tras generación, sus hablantes. Hemos de situar en contexto las decisiones tomadas: el número de modificaciones que se han introducido en los últimos tiempos es mínimo. Son menores incluso que los operados en el ámbito de la religión. Desde que soy niño, ha cambiado la redacción del padrenuestro y del credo unas cuantas veces. ¡Y nadie ha protestado! ¡Y se monta el Cristo, con perdón, por una tilde en solo!

Salvador Gutiérrez.

¿Cómo considera que se trata la lengua en los colegios?

J.M.M.: Ante todo, creo que la mezcla de Lengua y Literatura no es conveniente. Y también creo que muchos textos son ininteligibles para los escolares. La mayor responsabilidad en la enseñanza de la lengua está en el sistema escolar, pero a pesar de los esfuerzos de buena parte del profesorado, no podemos sentirnos precisamente orgullosos de los resultados. En general, la gente joven en España habla mal, escribe peor, no tiene capacidad de expresión ni destreza léxica. Los hispanoamericanos tienen mucha mejor formación que nosotros. ¿Qué hacer? Creo que, como en tantas otras cosas, la competencia de los poderes públicos no se desarrolla como sería exigible. Faltan medios: buenos planes de estudios, formación correcta del profesorado, textos escolares adecuados...

Quien no alcance un grado de lectura comprensiva rápida y segura terminará fracasando en sus estudios, también en las demás asignaturas

L.M.D.: El medio educativo en España parece que no nos satisface a nadie. Llevamos mucho tiempo con planes de educación contrapuestos. Eso de que no exista un acuerdo de Estado para que el medio educativo tenga unas normas de comportamiento a desarrollar provoca muchas vicisitudes que no nos gustan. Más allá de las pautas de gramática y ortografía sería interesante que se incrementase mucho la sensibilidad verbal de los alumnos, una parte crucial que un chico debería aprender es a expresarse con cuidado, bien, a usar la imaginación verbal y eso nos daría mejores resultados.

S.G.: Es difícil dar reglas universales. Creo que los maestros y profesores de lengua están muy bien preparados, pero no es suficiente. La enseñanza y la exigencia en esta materia han de ser cosa de todos. La ortografía, la buena lectura, la redacción, la claridad de exposición, la riqueza léxica... deberían ser valoradas y exigidas por los profesores de todas las materias. El dominio de la lengua es un valor general de la educación, como la buena conducta. Quien no alcance un grado de lectura comprensiva rápida y segura terminará fracasando en sus estudios, también en las demás asignaturas. Es decir, quien necesite media hora para comprender el contenido de una página, más pronto que tarde, se encontrará con un muro insalvable en cualquier materia. El que sepa escribir con corrección, expresarse con precisión, argumentar con agudeza, construir su discurso con orden y coherencia, tendrá una base importantísima para el éxito en la vida. En segundo lugar, considero que, desde los primeros años hasta la juventud, el número de horas de clase dedicadas al uso instrumental de la lengua han de ser muchas más. En la dedicación del profesor se han de computar las horas que dedica a corregir, a comentar, a orientar... En tercer lugar, se necesita una reivindicación social, política y familiar de la importancia de la educación. No digo solo “estudios”; digo “educación, educación, educación”.

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