Teleplancha, dígame

Adrián lleva las camisas ya planchadas a sus propietarios.

Isabel Rodríguez

El responsable de Teleplancha León fue un recién nacido. Cuando Vanesa tuvo su segundo hijo, buscó una dedicación que le permitiera compatibilizar trabajo y niños. Algo que pudiera realizar desde casa y que atacara alguna necesidad no satisfecha.

Y entonces pensó en planchar lo que otros no querían, librar a los leoneses de la tediosa tarea de devolver la forma a sus prendas, emprender en medio de una crisis que comenzaba a extender su arruga a lo largo de todo el país.

De aquello hace algo más de dos años. Hoy Vanesa ha cambiado su centro de planchado convencional por una maquinaria industrial que, además de ella, utilizan otras dos chicas que la ayudan a atender una demanda creciente, entre cuatro o cinco clientes cada día.

El procedimiento de Teleplancha es sencillo. El interesado llama por teléfono al número que aparece en su web y Adrián, el marido de Vanesa, se desplaza hasta el domicilio indicado para recoger la ropa limpia en una furgoneta habilitada con perchas. En 48 horas devuelve las prendas planchadas en el domicilio indicado.

Entre sus clientes, los tienen de todo tipo. “La mayoría son fijos y hay algunos que acumulan bastante ropa y solicitan nuestros servicios cada seis meses”, asegura Vanesa. Esos tienen premio, pues cuanto mayor sea el número de prendas del pedido, el precio disminuye de manera proporcional.

Un conjunto de 15 prendas cuesta 18 euros, pero uno de 45 sólo sube hasta los 30. En estos precios no se incluyen fundas nórdicas, sábanas o mantelerías espciales, que tienen uno especial. Cada prenda, su tarifa, que van desde los 50 céntimos de la ropa interior hasta el planchado del traje de papón completo, que sube hasta los 10 en adulto y los ocho en niño.

“Nuestro cliente principal es el matrimonio de mediana edad con hijos pequeños; los jubilados sin embargo son los que menos nos llaman, quizás porque las mujeres mayores siempre lo han hecho todo”.

A pesar del éxito del negocio, la madre de Vanesa todavía se ríe cada vez que piensa en el trabajo que ha escogido su hija, quien nunca planchaba ni su propia ropa. “No sé si está bien que lo diga, pero ni siquiera sabía, tuve que aprender”, reconoce avergonzada. Ahora no hay pliegue que se le resista. “Ya sabes que al que algo quiere, algo le cuesta”, comenta, y vuelve a la tarea, que hoy, como todos los días, “hay mucho lío”.

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