La Furgoneta madura en el Órbigo: más viñedo centenario, vinos con personalidad y el sueño de una bodega
Hace tres años y medio, León Flórez y Sara Martínez eran los “locos” que se empeñaban en hacer vino en el Órbigo, en una comarca más asociada al lúpulo que a la vid y en la que los viñedos centenarios parecían condenados a desaparecer en silencio. Hoy siguen siendo, en parte, los guardianes de ese patrimonio, pero ya no están exactamente en el mismo punto. La Furgoneta que miraba al Órbigo ha crecido, ha afinado su manera de entender el viñedo y el vino y empieza a ser escuchada de otra forma, también en casa.
“Seguimos sintiéndonos un poco guardianes, aunque quizá ahora con menos épica y más responsabilidad”, resumen. El proyecto, nacido en 2016 con la recuperación de viejas parcelas dispersas por la Ribera del Órbigo, está hoy en un momento “mucho más maduro y consciente”. Han aprendido a leer mejor las viñas, pero también los suelos. Y ahí, dicen, está una de las claves de su evolución más reciente.
Durante estos años han profundizado en el estudio de terrenos castigados por décadas de abuso de herbicidas, productos sistémicos y fertilización química. Ese trabajo les ha permitido detectar errores, corregir prácticas y empezar a recuperar vida, estructura y equilibrio. “Ya empezamos a ver resultados claros en el viñedo”, explican. Y eso, en un proyecto como el suyo, se traduce directamente en el vino.
Porque si algo no ha cambiado en La Furgoneta es la convicción de que el vino nace antes en la tierra que en la bodega. Su objetivo sigue siendo interpretar cada añada de la Ribera del Órbigo y conseguir que cada vino exprese mejor el lugar del que viene. Con más precisión. Con más equilibrio. Con más emoción.
Seguimos sintiéndonos un poco guardianes, aunque quizá ahora con menos épica y más responsabilidad
De una hectárea y media a más de cuatro
El crecimiento ha sido real y progresivo. Si en 2022 trabajaban algo más de una hectárea y media repartida en una decena de parcelas, ahora ya superan las cuatro hectáreas. Siguen incorporando viñas, aunque ya no de cualquier manera. Hoy miran más el trabajo previo que se ha hecho en cada parcela y si su recuperación será viable. La filosofía no ha cambiado, pero el criterio se ha afinado.
De momento no han perdido ninguna viña por el camino, aunque reconocen que algunas están resultando mucho más difíciles de recuperar de lo previsto. Tampoco han cambiado dos de los grandes problemas estructurales de la zona: la propiedad fragmentada y la ausencia de relevo generacional. “La gente no quiere quedarse en los pueblos y mucho menos trabajar en el campo”, constatan.
Aun así, sí perciben algo distinto en el ambiente. Todavía es pronto para hablar de cambio de tendencia, pero la mirada hacia su trabajo ya no es la misma. Una charla que ofrecieron el año pasado en Santibáñez de Valdeiglesias abrió conversaciones con viticultores de la zona y, poco a poco, se empieza a generar una cierta inquietud alrededor de estas viñas viejas que durante años se vieron más como un estorbo que como una oportunidad.
“Lo que más está cambiando es la mirada”, dicen. Y no es una frase menor en una comarca donde la viña ha sobrevivido a duras penas entre parcelas minúsculas, herencias enmarañadas y abandono.
El clima manda, cada vez más
Si hay un factor que condiciona por encima de todos el presente del proyecto, ese es el clima. León y Sara viven pendientes del cielo, porque saben que una helada, una ola de calor o unas lluvias persistentes en septiembre pueden cambiar por completo el rumbo de la campaña.
Lo explican casi como una declaración de principios: la añada no es un dato técnico que se coloca en la etiqueta, sino la forma de contar que esas uvas han vivido un año concreto, con una climatología concreta. Y eso, en un vino artesano, se nota.
La 2022 fue la más seca y cálida de los últimos años. La 2023 volvió a ser seca, pero menos extrema y con muy buenos resultados. La 2024, la última embotellada, fue especialmente complicada por las lluvias persistentes de septiembre y alguna helada en abril que afectó a determinadas parcelas. La 2025, en cambio, les ilusiona especialmente. La definen como la campaña más equilibrada y positiva de los últimos años, con lluvias bien repartidas durante invierno y primavera y sin sobresaltos en los momentos clave. “Estamos muy ilusionados con los vinos que saldrán de esa cosecha”, avanzan.
Tres vinos nuevos y un proyecto que sigue creciendo
La última añada embotellada, la de 2024, ha dado lugar a tres vinos. Por un lado, un blanco con pieles tipo orange, recién lanzado al mercado, con una producción mínima de unas 300 botellas. Por otro, Dos Valles, su tinto más especial, del que han elaborado algo menos de 300 botellas en su tercera añada. Y, por último, La Furgoneta tinto, que sigue siendo el corazón del proyecto, con algo menos de 3.000 botellas.
Este año no han podido repetir el clarete que estrenaron en 2023 y que funcionó muy bien, porque la parcela concreta de la que procedía se heló. Mientras tanto, de la cosecha 2025 tienen en crianza algo menos de 4.000 litros, que calculan que se traducirán en unas 5.000 botellas cuando llegue el momento de embotellar.
Van creciendo, sí, pero de forma muy controlada. En un contexto de consumo a la baja, incertidumbre internacional y un sector cada vez más tensionado, prefieren avanzar despacio y con garantías antes que dejarse arrastrar por la euforia. “Creemos que en los próximos años algunas bodegas desaparecerán”, advierten.
Un tinto más fino, un Dos Valles más serio y un orange cada vez más suyo
La añada 2023, la que han presentado recientemente, les deja especialmente satisfechos. Fue una campaña seca, pero sin las olas de calor asfixiantes de 2022, y eso permitió una vendimia más pausada y equilibrada. Además, trabajaron más las fermentaciones para mejorar las bocas de los vinos tintos, y creen que el esfuerzo se nota.
En La Furgoneta tinto 2023 encuentran fruta roja, pimientas y balsámicos de monte bajo, con más equilibrio entre estructura y acidez y una textura más fina que en añadas anteriores. En Dos Valles 2023 aparece más fruta negra, marcada por una mayor presencia de Garnacha Tintorera, en un vino que todavía necesita tiempo en botella para pulir taninos. Y el Orange 2024 continúa el camino iniciado en cosechas anteriores hacia un blanco con pieles más limpio, menos oxidativo, menos dulzón, más fresco y con más recorrido.
Ese orange, de hecho, es uno de los grandes hallazgos del proyecto. Nació casi por accidente, a partir de una limitación de vendimia y de una decisión intuitiva. No tenían una prensa adecuada, pero sí un ánfora vacía y una partida de uva que había que resolver. Fermentó con pieles, parte del vino se oxidó más de la cuenta y, contra todo pronóstico, ahí apareció un camino.
Con el tiempo lo han afinado, pero sin traicionar su origen. Hoy lo consideran “su blanco”, aunque no responda al modelo clásico. Es un vino poco convencional, gastronómico, con personalidad y nacido de decisiones reales de vendimia más que de un plan preconcebido.
La bodega propia ya no es una idea lejana
Cuando en 2022 hablaban de una bodega propia, lo hacían casi como un horizonte deseado, condicionado a alcanzar una producción suficiente. Hoy ese sueño está bastante más cerca.
Tienen claro que estará en Santa Marina del Rey, el pueblo de León Flórez. La idea es rehabilitar un viejo pajar de tapial como sala de barricas y levantar una pequeña nave anexa para la elaboración. El proyecto de arquitectura ya está hecho y ahora buscan financiación para poder dar el paso. “Tenemos muchas ganas de tener nuestro propio espacio”, admiten.
Sería, en cierto modo, cerrar un círculo: hacer vino en el Órbigo, con viñas del Órbigo y, por fin, con bodega en el Órbigo.
El vino también empieza a entenderse en casa
La exportación sigue siendo clave para que el proyecto avance. La Furgoneta está hoy presente en Canadá, México, Puerto Rico, Bélgica, Dinamarca y Alemania, mercados donde estos vinos artesanos, pequeños y muy ligados al origen encuentran un público especialmente receptivo.
Pero si hay algo que a Sara y León les hace especial ilusión es notar que también se valora cada vez más cerca. Han conseguido afianzar su presencia local y eso, dicen, tiene un significado muy profundo. Que el vino se entienda y se aprecie en casa es casi tan importante como que viaje fuera.
Que el vino se entienda y se valore en casa tiene un significado muy profundo
En ese camino encaja la presentación de la añada 2023, celebrada hace unas semanas en un ambiente muy especial en torno a su casa rural, El Rincón del Órbigo. Allí reunieron a sumilleres y profesionales de algunos de los restaurantes más importantes del entorno, que pudieron conocer el proyecto desde el viñedo hasta la copa.
Participaron sumilleres y responsables de restaurantes como El Ermitaño de Benavente, Muna de Ponferrada, Cocinandos, Pablo, La Bodega Regia, Marcela, La Única o Artesa Gourmet, además de Salones Victoria, en Santa Marina del Rey, que cocinó las sopas de trucha de la jornada. También acudieron distribuidores, amigos y familia. Para ellos fue una jornada muy emotiva, además, porque llegó poco después de la muerte de la madre de León, a quien dedicaron de algún modo aquel encuentro.
La sensación que se llevaron fue muy positiva. Los profesionales valoraron la autenticidad del proyecto y, sobre todo, la coherencia entre lo que cuentan en la viña y lo que luego aparece en el vino. Y eso, para un proyecto tan pequeño y tan personal, quizá sea uno de los mejores reconocimientos posibles.
Del Parker a James Suckling
En estos años La Furgoneta no ha dejado de cosechar reconocimiento. Si en su día la Guía Parker, a través de Luis Gutiérrez, dio 92 y 90 puntos a las añadas 2018 y 2019, las dos últimas catadas por James Suckling, 2021 y 2022, han alcanzado ambas los 93 puntos.
No envían muestras a todo el mundo. Son selectivos. Pero saben que ese tipo de visibilidad ayuda mucho, especialmente en mercados internacionales. También se sienten respaldados por nombres importantes del vino español, como José Peñín, y por el apoyo continuado de prescriptores y restauradores que han creído en el proyecto desde el principio.
Vino en una tierra de lúpulo
En el Órbigo, la viña y el lúpulo conviven, pero no en igualdad. El lúpulo sigue siendo el cultivo dominante, visible y económicamente fuerte. La viña, en cambio, persiste como un patrimonio disperso, fragmentado y frágil.
León y Sara no ven esa convivencia como una guerra. Al contrario. Les alegra que la comarca siga creciendo también con el lúpulo. Lo que reclaman es que la viña vuelva a tener valor y continuidad, aunque sea a otra escala. No se trata de recuperar el pasado en volumen, sino de construir una identidad propia desde la calidad, las viñas viejas y algunos proyectos serios.
Creen que el Órbigo puede recuperar identidad vitivinícola. No será algo rápido ni masivo, pero puede dejar de ser una rareza si más viticultores se suman y si estas viñas dejan de mirarse como restos de otro tiempo y pasan a entenderse como un patrimonio vivo.
Un proyecto pequeño, pero con horizonte
La meta que se marcan no pasa por crecer sin medida, sino por consolidarse en un tamaño pequeño pero estable, en torno a las 10.000 o 12.000 botellas, con su propio espacio de trabajo y un proyecto ya maduro, sostenible y reconocible.
Por el camino saben que tendrán que seguir lidiando con el clima, con un mercado más lento y exigente y con el gran reto colectivo del relevo generacional. Pero, si hoy tuvieran que empezar de cero, lo volverían a hacer. “Porque cuando ves que esas viñas vuelven a tener sentido y que el vino emociona a quien lo prueba, entiendes que merece la pena”.