Tú no has entrado nunca en la Casa Botines de Gaudí

Casa Botines por la parte de atrás (esquina calles Ruiz de Salazar y Pilotos Regueral).

Crees que has estado ahí dentro ya, pero no. Para entrar de verdad en el edificio Casa Botines, que, en el viejo León, construyó el arquitecto Antoni Gaudí entonces, antes de la fundación del mundo, hace falta una cierta domesticación del asombro…

Una a la cual no se llega con los años (no con la edad biológica; ni siquiera con la edad moral; es con la edad fantástica, eso, con la edad en la que por fin volvemos a ser niños que saben que los seres humanos estamos viviendo a este lado del más allá, y que son las piezas de arte genial de los gigantes estéticos –sobre todo los liberados de la dictadura del realismo que promueve al asfixiante oficialismo– los que nos dan puerta de acceso a la otra dimensión).

Es la Casa del Dragón (un edificio que parece levantado con la insondable facilidad de los sueños) ideada y construida por un ingeniero computacional de antes de la existencia de las computadoras y la IA (por eso esta Casa del Dragón con forma de fortaleza con foso está materialmente situada, y nos sitúa, en el vértice del tiempo; por eso es la materialización posibilista de un sueño de Walt Disney antes de Walt Disney).

Se trata de hecho una construcción que nos dice sin decirlo que, ahora que el realismo es una suerte de movimiento POP, los creadores fantásticos que hacen de su imaginación una plataforma de transformación espiritual (como Gaudí, Kafka y Borges) nos están avisando de que, más allá de lo obvio, lo evidente, lo tangible y lo factible, nos lleva la obra de los grandes soñadores…. ¡Viva la imaginación!

Uno sabe que ha entrado de verdad en la Casa Botines de Gaudí (ese edificio nórdico, druídico y fantástico como todos nuestros sueños de infancia; ése repleto de concavidades bondadosas y de oscuridades góticas como la niñez de todos nosotros) cuando logra entenderlo como un enclave sombrío y veraz que refleja como ningún otro nuestra fantástica niñez, ya que se trata de una arquitectura verdadera, esto es, arquitectura en cuyo diseño hay mucha ficción pero ningún invento. Y, porque ha logrado entrar dentro de Casa Botines y dentro de la idea y del espíritu de Casa Botines, uno vuelve a creer en los cuentos de hadas (cuentos de hadas en los que el bien lucha contra el mal y vence; en los que San Jorge vence siempre al dragón).

Hace falta una cierta domesticación del asombro para entrar así, como un náufrago sobreviviente del realismo, en la Casa Botines de Gaudí, y abandonarse al éxtasis fantástico tan irremisible como semejante al que experimentó Borges al ver El Aleph, y darse cuenta ya de modo tan deslumbrante como definitivo que sí… Que ése es el domicilio donde vive el dragón que por fin salva al príncipe de ser devorado por una princesa.

Hay que entrar de verdad en la Casa Botines para estar completamente seguro de que Gaudí conoció a Kafka, y Borges ve.

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