Tormentas de verano

Rayos en una tormenta.

Las tormentas de verano se anunciaban con un rumor de nubes que agitaba el aire y oscurecía el cielo. En esas tardes de tormenta los juegos se trasladaban a la galería, y había cierta emoción en contemplar la lluvia a través del cristal mientras discurríamos alguna forma de pasar las horas. Siempre acabábamos contando historias de terror. Y casi siempre, alguna acontecía en un internado. Los internados pasaban a ser entonces lugares lúgubres que se llenaban de fantasmas por la noche, enormes y viejos edificios que escondían terroríficos secretos en sus entrañas. Y había algo revelador y excitante en el ingenuo miedo que sentíamos al escuchar esas historias de fantasmas. Las tardes se llenaban lentamente de oscuros presagios, de trémulas y acechantes sombras. Y era el cadencioso murmullo de la lluvia lo único que nos protegía del silencio.

Ahora que ya hemos alcanzado esa edad adulta en la que tenemos que tomar decisiones, esos destellos luminosos que tanto nos fascinaban en la infancia vienen cargados de otro tipo de presagios más prosaicos pero igual de terroríficos. Los rayos ya fueron responsables el pasado verano de los mayores incendios que sufrió nuestra tierra. Son especialmente peligrosos cuando surgen de esa contradicción que llamamos tormentas secas. Los fuertes vientos que suelen acompañar a las tormentas hacen el resto al catalizar con devastadoras consecuencias la propagación del fuego, la diabólica danza de las llamas sobre el paisaje. Unos rayos que han vuelta a ser los principales causantes estos días del grave incendio ocurrido en el Parque Nacional de Picos de Europa, en Ribota de Sajambre, o del que aún se mantiene activo en Espina de Tremor.

Es la eterna contradicción entre lo bello y lo dañino, las mismas tormentas de verano que son capaces de encender el asombro más puro son capaces también de causar ese dolor esencial e íntimo que sentimos al ver nuestros montes arder. Aún con todo, observar cómo el cielo se rompe ajeno al paso del tiempo, con esa deslumbrante fuerza que ninguna moderna tecnología puede reproducir, sigue siendo uno de los espectáculos más maravillosos que la naturaleza puede regalarnos. Aunque eso sí, nunca superará al hombre que observa, porque ese hombre que está viendo el fenómeno natural es consciente de su arrolladora belleza. Y la tormenta, en cambio, nunca sabrá que contiene en su interior el mismo salvaje poder de embrujarnos irremediablemente o de arrasar nuestros paisajes.

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