'Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo'

Un mural en recuerdo a Miguel Ángel Blanco.

Antonio Boñar

Comentaba el propio Sistiaga, director y narrador del documental, que no creía que fuera casualidad que los más jóvenes no supieran absolutamente nada de lo que fue uno de los episodios más sangrientos y vergonzantes de la reciente historia de España: los 60 años de asesinatos, secuestros, extorsiones y fanatismo dogmático de ETA.

Una banda de miserables que se paso décadas intentando sabotear la incipiente democracia española poniendo muertos encima de la mesa bajo la abyecta premisa de cuanto peor, mejor. Y con una sociedad vasca que, hasta el punto sin retorno que marcaría para la banda el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, reaccionaba con una deleznable tibieza ante los crímenes de ETA, con una incomprensible especie de esquizofrenia que rechazaba en gran medida el terrorismo pero que también lo consideraba algo tan inherente al país como el chirimiri o salir de potes con la cuadrilla. Por eso resulta tan chirriante que en el País Vasco contemporáneo se haya silenciado que el partido más votado es el mismo que hasta hace cuatro días amparaba a todos esos criminales que tenían el totalitarismo como objetivo, el nacionalismo extremo como credo, la violencia como instrumento, el fanatismo como dogma y un tufillo asqueroso a superioridad racial y étnica.

Todo cambiaría con las 48 horas que cuenta este necesario documental. El rescate de Ortega Lara después de 532 días de ominoso secuestro había sacudido a una bestia que apenas unos pocos días más tarde volvería a mostrar sus fauces amorales y criminales con la ejecución programada de Miguel Ángel Blanco. Este secuestro y el posterior asesinato del concejal de Ermua fue la gota que colmó el vaso, un punto de inflexión en el que la sociedad vasca y española mostraría sin ningún atisbo de duda que ya no aguantaba más, el principio del fin para ETA.

Este documental Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo sirve entre otras cosas para recordarnos que aquello sucedió de verdad, que esos miserables que ahora van dando lecciones de paz estuvieron matando o encubriendo a los terroristas hasta hace muy poco. Eso es lo que más indigna, que los mismos que miraban para otro lado o que incluso tuvieron el poder de parar mucha de aquella sangre (léase por ejemplo la despreciable figura de Otegui) vayan ahora predicando buenas palabras y dando a entender a las nuevas generaciones que ellos trajeron la paz. Es de una crueldad indignante que aún no hayan pedido perdón a muchas de las víctimas, o a la sociedad en su conjunto; que se hayan negado a colaborar con la justicia española en la resolución de los más de trescientos asesinatos que aún siguen en el limbo; que todavía se celebren homenajes institucionales a muchos de aquellos asesinos, con todos esos carteles triunfalistas que vemos en cualquier casco viejo de los pueblos y ciudades del País Vasco y que dan ganas de vomitar.

Hasta que ese mezquino relato no se agote, hasta que este país no asuma que tiene otra memoria histórica que revisar con justicia moral, no se habrán cerrado las heridas. Porque siempre se trata de lo mismo: una sociedad que quiera avanzar hacia formas de civilización más sofisticadas y justas nunca debe olvidar sus episodios más infames.

Ya saben, para no estar condenada a repetirlos.

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