Todos somos esas hojas de hierba
Hay una foto que permanece suspendida en el imaginario colectivo de la humanidad: la primera imagen de la Tierra tomada desde el espacio en 1968. Ya saben a cual me refiero, esa en la que vemos nuestro planeta con una parte oscurecida y la otra mitad hermosamente iluminada por la luz que desprende el sol.
Es una imagen que, junto al desarrollo tecnológico que permitió establecer nuevos parámetros de comunicación, cambiaría para siempre el pensamiento y la conciencia del ser humano, la forma de percibirnos a nosotros mismos. Por primera vez el planeta que habitamos dejó de ser una abstracción para convertirse en algo tangible, en algo tan concreto como frágil. Dos años después de esa histórica foto surgiría el primer movimiento ecologista.
El pensamiento científico es lo que nos ha traído hasta aquí, lo que nos ha permitido vivir cien años o agrandar nuestra visión del mundo hasta limites insospechados, lo que nutre nuestra curiosidad, esa cualidad tan intrínsecamente humana que nos ha impulsado desde el origen de los tiempos a mirar a nuestro alrededor y hacernos preguntas. Y es esa misma ciencia la que lleva tiempo predicando en el árido desierto de la ignorancia humana sobre lo que se nos viene encima si no tomamos medidas sobre el calentamiento global. Porque es ciertamente aterrador comprobar como, con los datos en la mano y después de décadas de desidia, la situación actual es algo más que delicada: alteraciones climáticas que preceden a catástrofes naturales, desaparición de miles de especies, sequías, inundaciones, hambrunas, éxodos humanos…
Todos esos devastadores gritos de la naturaleza se han acentuado de forma visible para cualquiera que quiera verlo en los últimos treinta años. Unos desastres que aquí, en nuestra tierra, suelen tomar la forma del fuego. En lo que va de verano ya hemos visto arder montes y bosques del Bierzo o de Valdepielago, de Sajambre o de Sahagún. Y aunque de momento parecen controlados, la cruda experiencia de los últimos años nos dice que volveremos a asistir entre la indignación y una dolosa indiferencia a otro de esos últimamente frecuentes veranos incendiarios, que volveremos a escuchar por las noches el lamento rojo de los árboles, el murmullo quemado de ese humo que se lleva los paisajes de nuestra infancia.
Esas llamas elevándose sobre nuestro mundo son capaces de imbuirnos dentro de una tristeza tan íntima que solo puede nacer de las entrañas, que solo se puede entender desde la piel. Porque cuando nuestros bosques sangran fuego e impotencia también ardemos nosotros por dentro.
Todos somos esas hojas de hierba a las que cantaba en sus versos Walt Whitman.