Rerum novarum. Cosas nuevas. Célebre encíclica de León XIII –sep, el precursor del más leonés de los papas, que diría el decano de los periódicos de aquí– de cuando las encíclicas eran un acontecimiento esperado y discutido. En 1891. ¡Sobre los derechos y deberes de patronos y obreros! ¡La nueva –y primera– doctrina social de la Iglesia! Quería yo hablar de lo de los delitos modernos, que recuerdan a cuando la Iglesia iba detrás de la ciencia –o sea, siempre; ya sea con una encíclica o con una antorcha– dictando pecados frescos. Hace nada tenían un lío de la hostia –nunca mejor dicho– con la fecundación in vitro. O con la clonación. ¡La Iglesia opinando sobre la oveja Dolly! No sé en qué quedó el asunto. Dejé de hacerles caso con las pajas. A los papas hablando de teología se les nota incomodísimos: tienen que justificar rerum rarísimae y condenar o condonar –jur, jur–, señalar o amortizar comportamientos dados y establecidos como perfectamente normales, en algunos casos hace siglos, y aclarar ¡a adultos! conceptos como los angelitos o el infierno. Por algún extraño motivo cada vez que un crimen se comete de otra forma, la gente pide redactar nuevas leyes. Ahora se pide legislación inédita contra la inteligencia artificial. ¿Por qué? La IA infringe derechos de autor, a la propia imagen, a la privacidad, y al uso de datos reservados; así, a bote pronto. Es como si tuviéramos que cambiar el código penal contra el robo o el homicidio si lo comete... un dron. O un chimpancé. O utilizar un cuerpo de normas inventadas y cibernéticas si en vez de reventarle la cabeza al vecino con una teja o un azadín lo haces con un módem. Ya hicieron bastante el gilipollas con la propiedad intelectual –¡Ángeles González Sinde!–. Todo nos pilla de sorpresa y buscamos soluciones originales y desconocidas para problemas antiguos y usuales. En delitos económicos las preferentes, las criptos, las cláusulas suelo… Creo –creo– que hay artículos suficientes contra la usura; que esta adopte nuevas formas –hay muchísimas personas dedicadas a su aspecto creativo– no cambia lo que constituye un robo de toda la vida. Es delicadísimo y muchas veces peligroso legislar en caliente: terrorismo, pederastia… Pena de muerte, tribunales especiales… Mal asunto. Al contrario de lo que se cree, ya que asociamos mayor complejidad a mejor funcionamiento, las más sencillas y menos cambiantes legislaciones son características de países avanzados. Todos coincidimos en que ampliar la burocracia resulta negativo y contraproducente. Mi coda: no inventemos más leyes, eliminemos más bien las absurdas que todavía retuerce nuestra desdichada e infame clase judicial. Si bien la profusión de funcionarios es buena para el funcionamiento –soy yo muy fan de los funcionarios. En serio. Conforman la civilización–, no lo es la de ventanillas. Los personajes de Kafka, como me dice mi hermano, nunca hacen cola. No es eso. No es eso.