Félix de la Concha, pintor: “En Bellas Artes aprendí más de los compañeros que de los profesores”

El pintor Félix de la Concha, en la exposición 'Félix de la Concha. Coreografías de la atención' en La Térmica Cultural de Ponferrada.

César Fernández

Cuando la conversación en el patio del colegio estaba dominada por lo ocurrido la tarde anterior en la pantalla del televisor, Félix de la Concha (León, 1962) tenía que echarle imaginación. El aparato en blanco y negro de su familia había viajado a la casa de sus abuelos maternos en Ponferrada, donde se recuerda viendo los fines de semana a los payasos de la tele. De lunes a viernes había que desarrollar la inventiva para meter baza en los diálogos con los compañeros. El tiempo libre, eso sí, se estiraba hasta sumar a las clases de pintura las de francés o música en el conservatorio. Y ahora atribuye precisamente a aquella formación entre partituras, pentagramas y ritmos las series de cuadros, una de las notas características de la exposición Félix de la Concha. Coreografías de la atención, que presenta hasta el próximo 30 de mayo en La Térmica Cultural de Ponferrada.

La Térmica Cultural se asienta sobre lo que fue Compostilla I, la primera central eléctrica de la historia de Endesa. Apenas unos kilómetros la separan de la presa del embalse de Bárcena, en cuya construcción trabajó su padre, originario de Cantabria. Fue entonces en Ponferrada cuando conoció a la que sería su esposa. Félix de la Concha nació y se crio ya en León capital, pero con visitas recurrentes a Santander y Ponferrada. “Te has vuelto leonesa”, le decía su padre y a su madre por la adaptación de una berciana al carácter más frío de las gentes de la capital de la provincia. De la Concha creció con todos esos influjos y la conexión con distintos paisajes, que oscilaban desde el mar en Santander hasta la hoya berciana rodeada de montañas. El paisaje, en general, iba a convertirse en una de las claves de su carrera.

Tan clara tenía su vocación que a los 16 años se trasladó a Madrid para preparar el COU (Curso de Orientación Universitaria) ya con la previsión de matricularse en Bellas Artes. Las distancias eran entonces mayores. Félix de la Concha, que recuerda su primera visita al Museo del Prado por unas vacaciones de Semana Santa invitado por sus padrinos, maximizó recursos insospechados como los libros de arte que empresas de ingeniería civil regalaban a su padre en lugar de la socorrida cesta de Navidad. Fueron las primeras conexiones con Las meninas de quien muchos años más tarde y a miles de kilómetros de distancia deconstruiría la inmortal obra de Diego Velázquez. De la Concha se asentó en la capital de un país que pasaba de la dictadura a la democracia. Y se formó en una ciudad en la que aquel proceso político también derivó en un despertar cultural que pasó a la historia como la movida.

El pintor Félix de la Concha, en la exposición 'Félix de la Concha. Coreografías de la atención' en La Térmica Cultural de Ponferrada.

De la Concha se vio viviendo en el barrio de Malasaña, uno de los epicentros de la movida, y estudiando en la Facultad de Bellas Artes, que quedó como “una burbuja”. “Ellos estaban fuera de todo esto”, dice sobre una etapa universitaria que tuvo mucho de desencanto. “Yo creo que aprendí más de los compañeros que de los profesores”, sentencia antes de remarcar que en la vecina Escuela de Arquitectura sí daban clase profesionales “de primera línea”. En tiempos de modernidad, su apuesta por lo figurativo, también en cierto modo una manera de “ir a contracorriente”, parecía sospechosa. “Yo creía que podía tener unas salidas interesantes, modernas y ricas”, argumenta. Su preferencia chocaba con ciertos esquemas mentales de los docentes. “Yo siempre fui muy escéptico sobre la posibilidad de enseñar arte”, concluye. Él no acabó la carrera. Sus asignaturas pendientes fueron Pintura y Pintura del Paisaje, paradójicamente las materias que iban a marcar su trayectoria.

Un cuadro a veces requiere cierta atención. Y puede ser que haya que leerlo como si fuera un libro. Y, en esta exposición, es como una biblioteca entera

Félix de la Concha Pintor

El leonés no completó sus estudios, pero en 1989 recibió una beca de la Academia de España en Roma. De la Concha, que ya había empezado a pintar en Santander elementos del paisaje industrial, se asomó a un escenario en el que “todo era una postal”. “Roma tenía la carga de la historia y de lo clásico”, resume sobre aquella experiencia en la que pasó de lo prosaico por lo trascendente, y que le dejó huella. “Me cambió la pincelada”, apunta para añadir que fue también en la capital italiana donde emprendió su primera obra seriada, Nueve meses en Donna Olimpia, el inicio de una constante: la de reflejar a través de los pinceles el transcurso del tiempo.

De la misma forma que estudiar Bellas Artes fue producto de un plan, el resto de su trayectoria se ha ido modelando sobre la marcha. “La vida te va llevando a otros sitios y me fui a Estados Unidos”, cuenta sobre su desembarco a mediados de los noventa en el país norteamericano, donde encontró dos complicidades: “La gente, al estar yo pintándoles su ciudad, se volcó conmigo; eso les atrajo mucho. Y allí los museos tienen una autonomía muy grande. Normalmente son entidades de gestión privada: tienen una flexibilidad grande, por lo menos en aquel momento”. El leonés encontró terreno abonado para desarrollar proyectos ambiciosos que habrían tenido un encaje más difícil en su país: “El problema que teníamos en España es que veníamos de una cerrazón muy grande”.

Fue en Estados Unidos donde vio cómo el mundo cambiaba tras los atentados del 11S y donde acometió tareas que resultaron titánicas como la que acabó titulando La regla del 25. Una granja en Prairie du Chien Road, una obra condicionada por las bajas temperaturas del invierno en Iowa hasta reproducir en distintos momentos una misma graja, elemento icónico del Medio Oeste, hasta en 75 pinturas divididas en tres grupos de 25, número clave del proyecto al limitar a esos minutos lo recomendable cuando las temperaturas bajaban de 25 grados bajo cero. Por esos mismos días, De la Concha aprovechaba los momentos en casa para reproducir en fragmentos Las meninas (ahora ya a través de las nuevas tecnologías y no de aquellos libros de arte de su infancia) y contar el proceso en un diario, algo que desembocó en 2024 en la publicación por la editorial Reino de Cordelia del libro Las meninas desde una luz artificial.

Lo multidisciplinar también se entronca en su carrera en la medida en que afrontó proyectos como los de retratar al mismo tiempo que dialogaba (y grababa la conversación) con gentes de distintas ramas de la cultura. El cuadro tomaba cierta vida al no posar los retratados en forma de estatuas, sino en una animada charla. “Su rostro va cambiando y eso se refleja en otro tipo de expresión”, dice quien encuentra influencias en otras artes (“la ventaja del pintor es la libertad de poder hacer cosas con pocos medios”), singularmente en el caso del cine, añade para citar la complicidad con el realizador Isaki Lacuesta. El pintor leonés, que hizo lo propio con víctimas del Holocausto, ha repetido la fórmula para retratar y charlar con gentes de Fabero marcadas por la impronta de la minería del carbón, un trabajo inédito que se estrenó para la muestra de Ponferrada a través de las pinturas acompañadas de un breve audio.

Exposición ‘Félix de la Concha. Coreografías de la atención’ en La Térmica Cultural.

La temática minera encuentra eco en esquinas y repliegues de la Sala de Condensadores de la vieja central térmica convertida en espacio museístico. “Es un sitio muy atractivo y muy sugerente”, reconoce De la Concha, que expone en el mismo espacio que acogió el pasado verano por la celebrada muestra de Joaquín Sorolla. El leonés, con la ayuda de la comisaria Nieves Acedo y el estudio Herreros, ha compuesto y dispuesto una colección que resume más de tres décadas de su trayectoria, un buen momento para recapitular. “Yo pinto de forma compulsiva. Siempre me surgen ideas. Pero no tengo mucha premura en exponer”, indica.

La exposición Félix de la Concha. Coreografías de la atención permanecerá abierta hasta el 30 de mayo en La Térmica Cultural. El público tiene tiempo para acudir. Y el autor, que abunda en el símil musical al identificar las series pictóricas con sonetos o impromptus, insta a los espectadores a degustar la muestra varias veces en pequeñas dosis, ahora haciendo otro simbolismo: “Un cuadro a veces requiere cierta atención. Y puede ser que haya que leerlo como si fuera un libro. Y, en este caso, es como una biblioteca entera lo que estamos presentando aquí”.

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