El pregón (II): La familia
Disculpadme de antemano por ser un poco versero, por el exceso de literatura, pero es importante intentar decir las cosas bien, uno escribe como respira sobre todo porque cree que escribir es lo primero que viene después de pensar. Y supongo que el haber elegido el seudónimo de Antonio Boñar cuando empecé a publicar mis textos hace ya 30 años, también habrá influido en la peregrina decisión de que ahora me encuentre aquí ante vosotros para dar este pregón.
Me gustaría contaros un poco la historia de mi familia. Como muchos ya sabéis yo crecí junto a mis hermanos en esa farmacia de la plaza que todos conocéis y que ahora se ha transformado en un apartamento turístico. Mis abuelos Florentino Villa y Piedad Moro llegaron a Boñar en el año 1941. Siempre he escuchado con íntimo orgullo que fueron dos buenas personas. Él era de aquí cerca, de San Adríán, donde se hizo cargo después de años de trabajo de aquel balneario que los más mayores recordaréis. Ella, mi abuela Piedad, que todavía conserva su nombre sobre la fachada de la ahora casa rural Botica Moro, fue una de las primeras mujeres licenciadas de la provincia, y llegó desde Matallana de Torio para hacerse cargo de esa farmacia. Fue una pionera en un mundo de hombres, una mujer valiente que al aterrizar en Boñar descolocó bastante al cura, al médico y a todos esos ciudadanos ilustres que solían reunirse día sí y día también en la rebotica para sus tertulias. Cuentan las hemerotecas familiares que se quedaron de piedra al ver cómo una mujer ocupaba ese hasta entonces sagrado espacio de masculinidad.
Una puerta de vidrio opaco comunicaba esa rebotica con la casa, y era imposible entender la una sin la otra. Allí crecieron mi padre y mis tíos Tino y Piti en los años 40 y 50. Mi padre, Adolfo, es el primero de todos esos paisanos ejemplares y buenos de los que hemos aprendido tanto, una de esas personas que mejoraba cualquier lugar al que llegará, un enamorado de Boñar que nos contagió su amor por esta tierra y que, como ya dije en una ocasión, estará esbozando su mejor sonrisa allí arriba viendo como su hijo está dando el pregón de las fiestas. Salió de Boñar siendo un crio para ir al internado de los Maristas en León. Y ya hecho un mozo se fue a estudiar a Santiago de Compostela, donde se enamoraría de una gallega de ojos verdes y espíritu indomable, Mercedes. Cuenta la leyenda que mi padre convenció a mi madre para venir a Boñar diciéndole que estaba a solo cinco kilómetros de León, y que aquí apenas nevaba.
El caso es que llegaron a esa casa como se llegaba antes al principio de una vida, entendiendo el significado de la palabra futuro al acostarse cansados cada noche después de haber devorado el presente, con una incertidumbre colosal pero toda la ilusión del mundo. Empezaron a hacerse cargo de la farmacia y formaron una familia a finales de los años 60 y en los 70, cuando llegaríamos a este mundo mis hermanos y yo. Y allí, entre esas cuatro paredes y el mundo vibrante de la calle, nosotros aprendimos a vivir entre noches de guardia y juegos compartidos, con una libertad para entrar y salir que ahora se antojaría imposible. Cada mañana atravesábamos raudos y felizmente alborotados conversaciones y pacientes de esa farmacia para comer o merendar, y luego salir otra vez a vete tú a saber que nueva aventura, con la bicicleta al Pinar, a hacer una caseta al Soto o a liarla parda con algún que otro secuaz que siempre tenía esa clase de ideas tan brillantes como desastrosas. Lo que era impepinable es que tampoco teníamos que dar muchas explicaciones a las autoridades paternas o maternas, simplemente salíamos al mundo para regresar cuando ya la oscuridad y un feliz agotamiento nos invadía.
Adolfo, María y Santi son esas tres personas que he tenido la suerte de tener como hermanos. El tiempo nos ha llevado por los caminos que la vida nos tenía deparados, pero siempre nos hemos cuidado, porque lo aprendimos de nuestros mayores, a cuidarnos, pase lo que pase. Supongo que eso es lo que explica la palabra familia, esa tribu íntima e incondicional con la que trepamos la vida. Y por si fuera poco, ninguno de ellos se han perdido unas Fiestas de San Roque desde que tienen uso de razón.
Esa farmacia y esta plaza fueron la primera ventana al mundo que tuvimos, el lugar por el que pasaba la vida ante los ojos del niño que fuimos.
Continuara…