El pregón (III): la infancia

Niños en el viejo negrillón de Boñar.

Permitidme que os hable un poco de la maravillosa infancia que tanto yo, como todos los chavales de aquella generación del baby boom, pudimos disfrutar en este paraíso verde. Y voy a recordar la niñez primero porque, aunque muchos lo han olvidado, todos hemos sido niños alguna vez, todos los que estamos hoy aquí, todos. Y segundo, porque esos años de felicidad irresponsable y puertas abiertas fueron nuestra maravillosa educación sentimental, los que cincelarían nuestra forma de estar en el mundo. Hablo de aquel tiempo de tirachinas y bichos, de vida asilvestrada y casetas escondidas; de jugar a indios y vaqueros; de ir a por renacuajos o nueces, a por grillos o manzanas; de descubrir por primera ver el significado de la palabra libertad montados sobre nuestras bicicletas y yendo al pantano o a las hoces, hasta La Vecilla o Sabero, hasta las Cuevas del Cigal y del Gocho; o incluso hasta una ciudad de León que entonces nos parecía Nueva York. Fueron esos mismos años de jugar al manro o a huevo, pico, araña sobre la pared de la iglesia; a la rayuela, a las canicas, al trombo o al tres marinos a la mar; de pasar las tardes lluviosas bajo el cobijo de los libros y tebeos que devorábamos en la biblioteca de Don Enrique o de ir a alguna de esas excursiones que organizaba Don Carlos, de partidos interminables de fútbol en la plaza o en el soto, de todas esas aventuras infinitas que nos marcarían para siempre.

Fueron aquellos mismos años en los que mis compañeros de correrías venían a buscarme a la puerta de casa preguntando, ¿Está Toñin? A lo que mi madre les respondía: ‘Ahora baja, pero no le llaméis Toñin, que ya es mayor’. Evidentemente no tuvo mucho éxito, a mis 56 años sigo siendo Toñín, el de la plaza.

Una postal del siglo XX de la Plaza de Boñar y el Negrillón con la hoja caída.

En aquella infancia tuvimos algo que entonces no sabíamos que podía ser tan enriquecedor, tuvimos tiempo para aburrirnos, bajo la sombra del Negrillón o estirados sobre un prado, tuvimos todo el tiempo del mundo para dar rienda suelta a eso que llamamos imaginación. Si siempre se ha hablado de la infancia como del paraíso perdido, en nuestro caso no hay ninguna duda, fuimos unos privilegiados que disfrutamos de una época, una sociedad y un entorno natural únicos. Ahora me alegra de una forma especial ver a mis sobrinos, o a los nietos e hijos de mis amigos, disfrutar también de esta villa correteando libres por todos sus rincones, o celebrando las fiestas los más mayores.

Y la juventud

Luego llegaría la juventud, los hedonistas años 80 y 90, la fiesta interminable, las juergas y las chavalas, las risas y ese vértigo de inmortalidad que adorna a esa edad en la que la vida se extiende ante nosotros como un apasionante camino por recorrer. Fueron los tiempos del Hia y las noches locas, cuando empezamos a preocuparnos más por si esta o aquella chavalina nos dedicaba una sonrisa que por cualquier otro asunto más prosaico.

Foto antigua el caño de la Plaza de Boñar.

Y pronto muchos nos iríamos a estudiar o a buscarnos la vida lejos, otros tuvieron que empezar a trabajar, y poco a poco la vida de cada uno empezaría a tomar forma, mientras se separaba al mismo tiempo de la de los demás compañeros de correrías infantiles y juveniles. Lo que nunca cambiaría, es que todos esos que nos fuimos por el mundo adelante, siempre volvíamos con precisión estival para la fiestas de San Roque, a ver a los nuestros, a confrontar el paso del tiempo. En las fiestas de San Roque celebramos nuestra pertenencia a esta tierra, charlamos y cantamos, bailamos en la verbena y agitamos los días hasta romper todas las rutinas; y nos enredamos entre vino y vino con esos viejos amigos que acuden cada verano a la tierra de sus padres y abuelos.

Continuará…

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