'Coyote vs. Acme': la vergüenza del ganador

Un fotograma de 'Coyote vs. Acme', considerada una de las películas más divertidas del año.

Antonio Boñar

Todos hemos experimentado en alguna ocasión esa llamada vergüenza del ganador al derrotar en cualquier disputa, generalmente deportiva, a alguien que sabemos que es objetivamente peor que nosotros. Puede haber sido jugando al ping-pong o al tenis, al baloncesto o al pádel, lo que es seguro es que en un determinado momento del partido nos sentimos invadidos por una incomoda sensación de altanería que se instala sin quererlo sobre nuestro estado de ánimo, una impertinente arrogancia que cambiaríamos casi al instante por ese estéril pundonor del que está vendiendo cara su derrota aún sabiendo que no tiene posibilidades de ganar. Es ese tipo de vergüenza que en cambio nunca ha sentido ese veloz pájaro animado que siempre salía airoso de los infinitos intentos perpetrados por el coyote para acabar con él, ese irritante correcaminos que zanjaba cada secuencia con un bip bip.

El animador Chuck Jones solo necesito dos personajes y todas las variantes imaginables de la misma secuencia para crear en 1949 esta serie de cortometrajes que parodiaban la tradicional y eterna disputa del gato y el ratón. El argumento de la serie tiene un planteamiento muy sencillo que nos muestra a nuestro hambriento coyote persiguiendo incansablemente por las carreteras del desierto a un correcaminos que nunca consigue capturar. A pesar de sus numerosas e ingeniosas tentativas cada episodio termina irremediablemente con el desdichado Willie Coyote siendo víctima de todas esas armas, trampas y herramientas de la marca Acme con las que pretendía dar caza a su compañero de aventuras. Con esta aparentemente simple idea y un fino sentido del humor la serie alcanzó un éxito rotundo entre una audiencia que abarcaba todas las edades y entre la que, curiosamente, era el coyote el que despertaba las mayores simpatías. Quizás para no sentir la vergüenza de ese ganador que apenas tiene personalidad y solo se expresa con un insultante bip bip cada vez que el coyote acaba explotando por los aires o cayendo por un barranco.

Ahora llega esta disparatada y divertida película que conjuga animación con imágenes reales para ahondar en una brillante premisa inicial: el coyote, harto de que todos los productos Acme salgan mal y acaben perjudicándole a él, decide contratar a un abogado humano para demandar a la empresa. A partir de esa idea las secuencias se suceden como un engranaje perfecto que une ese humor físico y contagioso del slapstick con una historia bien escrita, original y sin elevadas pretensiones de ir más allá de lo esencialmente gracioso.

Hay también algo que entronca con lo nostálgico al volver a ver a estos personajes, un viaje mental a nuestra infancia, a esa edad en la que nos sentábamos delante del televisor deseando con todas nuestras fuerzas que ese día, por fin, nuestro desastroso coyote acabará cazando al correcaminos.

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