'La invitación': máscaras
El texto de Cesc Gay que nos cuenta el encuentro entre dos parejas de vecinos que atraviesan por momentos totalmente opuestos en sus relaciones ha dado para unas cuentas adaptaciones alrededor del planeta. Italia, Países bajos, Alemania, Francia, Suiza y hasta Corea del Sur han sido algunos de los países que han llevado a su terreno esta comedia con pinceladas dramáticas que desnuda insatisfacciones conyugales y máscaras pretendidamente modernas.
La original, la que sucede en Barcelona y protagonizan esos burgueses diletantes y urbanitas que tan bien ha descrito siempre en sus películas el cineasta catalán, se armaba desde unos diálogos afilados que rebosaban malicia y dibujaban un escenario finalmente amargo. Ahora llega esta versión americana que vuelve a encontrar sus mayores virtudes en un guión que funciona como un reloj y en unas estupendas interpretaciones que se ajustan al formato teatral de la obra. Aunque en este sentido Penélope Cruz destaca sobre sus compañeros de reparto, haciéndose con la función cada vez que entra en escena, llenando la pantalla con ese magnetismo que irradian solo unos pocos elegidos, esos actores o actrices que desprenden un duende especial, un embrujo con la cámara que se tiene o no se tiene, así de sencillo. Y Penélope lo ha tenido desde siempre, desde que nos deslumbrara por primera vez en Jamón, jamón (1992).
La trama de la película La invitación es aparentemente sencilla. Una pareja que trepa los días con cierto cansancio vital después de más de veinte años juntos decide invitar a cenar a la fogosa pareja de vecinos de arriba que está viviendo lo opuesto, que transita de manera especialmente intensa por esos primeros estadios de la convivencia en los que el sexo lo llena casi todo. Pronto comienzan a aflorar incomodas verdades a medida que avanza la velada. Y como casi siempre sucede, resulta que nadie ni nada es lo que parece. La pareja anfitriona vive una agonizante relación que ninguno de los dos se atreve a dar por terminada. Únicamente siguen juntos empujados por una aburrida inercia, compartiendo un cariño gastado y un deseo inexistente. Pero ya saben, muchas veces es preferible esa tediosa convivencia a estar solos, la soledad es igual de triste pero ademas está llena de incertidumbre. Y tampoco la otra pareja joven y sexualmente liberada que todavía no ha tenido tiempo de llegar a decepcionarse el uno al otro es lo que parece. Ni son tan enrollados ni todo es amor puro.
Supongo que todos necesitamos máscaras para andar por la vida, para no tener que explicar constantemente que nos asusta la futilidad del mundo, que nos sentimos vulnerables ante el paso del tiempo.