La Puerta del Sol o la vivienda con sol y con vistas
Ha vuelto la acampada de Sol, ese camping metafísico donde la juventud descubre, entre una pancarta y un bocadillo de tortilla francesa, que la Historia sigue teniendo plazas libres aunque los pisos estén completos (sobre todo los soleados). Se pide vivienda digna, naturalmente, y si puede ser con sol, mejor; si no, al menos, con vistas a los sueños. Hay que reconocer que la reivindicación tiene su poesía: una buhardilla para Rimbaud, un estudio para Baudelaire, un apartamento luminoso donde Marx pueda explicar la plusvalía sin que el casero le pase el recibo.
En Sol se ha instalado de nuevo el espíritu del 68, convenientemente actualizado con teléfonos móviles y una cierta nostalgia de las revoluciones disimuladamente fallidas que otros hicieron. Los universitarios, herederos sentimentales de Sartre, Marcuse y Herbert Read, parecen convencidos de que la sociedad les debe una casa por el solo hecho de haber leído a Foucault o haber aprobado una asignatura optativa sobre Walter Benjamin. Trabajar, entretanto, es una costumbre burguesa que ya denunciaron los situacionistas, aunque Guy Debord, de haber conocido el precio del alquiler en Madrid, quizá habría dedicado La sociedad del espectáculo a las inmobiliarias.
Uno imagina a los acampados leyendo a Nietzsche bajo las estrellas, con la esperanza de que el Superhombre aparezca por la mañana y les consiga una hipoteca a tipo fijo. O a un joven hegeliano explicando que el problema de la vivienda es una contradicción dialéctica entre el deseo de emancipación y la ausencia de nómina. Todo muy profundo, muy universitario, muy de seminario con calefacción central. Porque el sueño, cuando se comparte en una plaza, adquiere inmediatamente categoría de programa político; cuando se convierte en una factura, empieza a parecerse sospechosamente a la realidad.
No seré yo quien niegue la tragedia del acceso a la vivienda, ni la obscenidad de ciertos precios indignos, ni el derecho de los jóvenes a construir una vida sin hipotecar hasta los recuerdos de su infancia. Pero hay algo enternecedor en esa vieja fe española según la cual las cosas deberían llegar por justicia poética, como en una novela de Carmen Laforet, sin necesidad de atravesar la prosa administrativa de la nómina, el sacrificio, el ahorro y el esfuerzo. Un país de poetas de plaza pública que desconfía del trabajo, pero exige que alguien construya los edificios donde alojar sus metáforas.
Quizá la solución consista en convocar a Camus, que sabía que la rebelión empieza por reconocer el absurdo; a Ortega, que habría reclamado una circunstancia menos cara, y a Unamuno, que habría convertido la falta de piso en una agonía nacional. Después podría hablar Engels, aunque esta vez convendría preguntarle quién paga la comunidad. Y, al final, que tomara la palabra Diógenes, aquel filósofo que vivía en un tonel no hipotecado y al que Alejandro Magno ofreció concederle cualquier deseo (Diógenes solo le pidió que se apartara, porque le tapaba el sol).
Los acampados de Sol piden algo más complicado: que el sol venga incluido en el alquiler. Y, a ser posible, que también haya terraza, vistas y un pequeño trastero donde guardar intacta la juventud revolucionaria. Porque hacerse mayor es descubrir que el mundo no siempre nos da lo que merecemos; hacerse adulto, además, es aprender que hasta los sueños necesitan una dirección postal…
En fin.