Boñar celebra una nueva Feria del Pilar
En aquel anuncio se justificaba la elección de la villa de Boñar para acoger tan importante feria por su especial topografía, por la salubridad y benignidad de su clima, por la buena calidad de sus pastos y por gozar de ciertas comodidades debidas a su buen caserío. También se recordaba ese creciente mercado semanal donde ya se producía cada lunes la venta a gran escala de ganados caballar, mular, vacuno y porcino. Esa tradición ganadera y esa condición de centro neurálgico de todos los valles de la montaña convirtieron a Boñar en una referencia del sector que atraía a profesionales de todos los rincones de España. Hasta bien entrados los años setenta del pasado siglo, la Feria del Pilar siguió funcionando como lugar de peregrinaje para ganaderos que acudían a vender una vaca o un cerdo para la matanza invernal. La plaza y todas las calles que se estiraban hacía los barrios adyacentes se llenaban de animales y paisanos, de tratantes que cerraban la venta con un apretón de manos antes de sacar del bolsillo de su chamarra un fajo de billetes que entregaban al ganadero.
La Feria del Pilar anunciaba el cambio de estación, era y sigue siendo ese fecha que marca el fin de los días largos y templados para dar inicio a los duros meses de frío. Y los paisanos también aprovechaban para llenar despensas y cuadras, para comprar víveres y herramientas, para hacer acopio de todo lo necesario para pasar el invierno. Del ahora anegado valle de Vegamián bajaban artesanos de la madera para vender esas madreñas que tanta falta hacían cuando llegaba la nieve. Cuentan los paisanos más mayores que traían sus fiambreras llenas a rebosar de esa especialmente sabrosa comida que habían obtenido de la matanza de cerdos o corderos. Y que el médico Alfonsón, con Lorenzo el del campo o el doctor Amable, hacían un trueque de alimentos con ellos: se quedaban con sus viandas y les pagaban a los madereros unas mollejas, bacalao o lo que quisieran en la taberna.
También recuerdan cómo la tienda de ultramarinos traía el aceite en bidones, que venían reforzados con unos hierros como los raíles del tren para poder ser desplazados rodando hasta la esquina del Central, donde se ponían a calentar con fuego para que su apreciado contenido se licuara y poder venderlo en litros. Luego en casa había que guardarlo rápido en un almacén porque con el frío se volvía a solidificar enseguida. Esos días de feria la villa se llenaba de gente venida de todos los pueblos de la montaña, y podían llegar a juntarse 500 o 600 vacas en la plaza. Todos esos paisanos que acudían al mercado llenaban también tabernas o comedores donde se servían raciones de callos, mollejas, carne guisada, bacalao e incluso un pulpo que llegaba seco y había que dejarlo en remojo toda la noche para servirlo en raciones al día siguiente.
Ahora la Feria de Nuestra Señora del Pilar de Boñar sigue manteniendo su importancia para la villa y marcando el inicio del invierno, pero se disfruta de forma más lúdica. Aunque ya apenas queda ganadería por estas tierras, lugareños y visitantes siguen celebrando estás fechas con una alegría que no entiende de nostalgias. Desde el viernes 9 y hasta el lunes 12 de octubre la localidad montañesa ofrecerá un programa de fiestas lleno de actividades.
Habrá música, comedia, bolos, fútbol, celebración religiosa, corro de lucha leonesa y hasta campeonato de lanzamiento de alpargata. Quizás ya no se negocié con ganado como antaño, pero ese mercado que inunda calles y plazas formando un particular zoco en el que se puede encontrar casi cualquier cosa que uno imagine, sigue siendo un polo de atracción para todos esos visitantes que llegan a miles desde todos los rincones de la montaña, desde León o Asturias, desde cualquiera de esos lugares de España que acogieron en su día a la gente de esta tierra.