'Dos tardes con Jules Verne', de Laura Fernández

La periodista y escritora Laura Fernández con su libro sobre Julio Verne.

Luis Artigue

Una escritora que realiza un viaje de tres días a la gótica, medieval y extrañamente portuaria ciudad de Nantes para visitar la Casa-Museo de Jules Verne (¡Resulta que esa casa es un artefacto turístico fantástico; que Jules Verne jamás vivió allí!)… Esa escritora que se encuentra al escritor pero no dentro de esa Casa-Museo sino dentro de ella misma.

En efecto dentro de ese Musée Jules Vernes sito en una colina en el número 3 de la rue de l´Hermitage, la escritora logra captar una visión de tal escritor como alguien que se sintió relegado y profundamente incomprendido siempre (hasta en su día se retiró a una casa en Amiens, donde se autoexilió, porque en la capital lo consideraban solo un escritor para niños) y eso le llevó a querer expandir el mundo y hacerlo mejor.  

¡Eso cuenta este librito de orfebre! ¡Pero hay más!

En efecto estamos ante el libro-crónica de viaje-novela breve-ensayo literario de esa escritora que, mediante una suerte de crónica biográfica con mucha ficción y reflexión y autoficcfión, se aproxima a Jules Verne. Y, sí, lo descubre como un icono simbólico de las infancias imaginativas, al tiempo que como un imaginador vibrante que en su tiempo imaginó la realidad antes de que la realidad llegase, pero también como un tipo bulímico y con TOC… Esto es, lo descubre como un espejo en el que nos miramos con tanta nostalgia como inquietud.

En la línea minimalista de su libro anterior Hay un monstruo en el lago (Editorial Debate), y también como entonces orbitando entre la narrativa, la crónica periodística y el ensayo (aunque creemos que, como aquel otro en el que relataba el viaje de una escritora con su familia al Lago Ness, este “diminuto ensayo” nmerece ser llamado novela corta), el nuevo libro de Laura Fernández Dos tardes con Jules Verne (Alianza Editorial) ya decimos que a nuestro juicio es una nouvelle que se sitúa deliberadamente en los márgenes de la narrativa realista (en el caso de esta autora decir realismo es referirse al realismo visionario, que es un terreno contiguo a la fantasía). Todo para reivindicar el poder de la imaginación como forma de conocimiento. No se trata de una evasión ingenua ni de un simple homenaje a la literatura fantástica pionera, sino de una reflexión lúcida –y a ratos melancólica– sobre la infancia, la lectura y la dificultad de crecer sin traicionar del todo los territorios del asombro.

La pequeña gran novela se articula a partir de un planteamiento aparentemente sencillo: dos miradas, dos tardes y la presencia tutelar –más simbólica que literal– de Jules Verne como emblema de la aventura, la curiosidad y la literatura que se entiende como promesa. Sin embargo, bajo esa superficie clara y casi zen, Laura Fernández (Tarrasa, 1981) construye un relato de ideas de notable densidad emocional y conceptual. El texto avanza mediante una prosa precisa, contenida y de esa gran creatividad expresiva suya que alcanza a tener hasta ingenio tipográfico; una prosa que evita sin ambages esta vez tanto el sentimentalismo como la tentación del exceso imaginativo, lo que da como resultado un equilibrio poco frecuente entre fantasía y reflexión.

Una imaginativa mirada sobre la infancia

Uno de los mayores aciertos del libro reside en su mirada sobre la infancia, concebida no como un paraíso perdido ni como una etapa idealizada, sino como un espacio frágil, atravesado por miedos, silencios y descubrimientos decisivos. La autora comprende que la imaginación no es un refugio, sino una herramienta para interpretar un mundo que a menudo se presenta como opaco o incomprensible. En este sentido, Verne funciona aquí menos como autor de aventuras que como símbolo de una forma de leer –y de vivir– que se resiste a la clausura de lo posible.

Desde el punto de vista formal, la novela destaca por su dosificada pero prolija información colocada en el texto sin solemnidad erudita, y por sobriedad estructural, y por un estilo más explosivo que barroco que confía en la sugerencia más que en la explicación. Cada escena parece cuidadosamente medida, como si la autora fuera consciente de que el verdadero peso del relato no está en lo que se dice, sino en lo que se insinúa. Y esa contención refuerza el tono elegíaco del libro al tiempo que evita que el homenaje literario derive en mera nostalgia.

Pero este ensayo sobre Verne que incluye el viaje a esa Casa-Museo como decimos se convierte en una trama de novela con subtramas o hilos narrativos tejidos como una alfombras de nudos en este divertido y sorprendente libro como la de la carta de Frank Norman el astronauta, o la de su editor/creador, o la de la desaparición de Jules a la edad de once años, o la historia de Marie Belloc, o la de cómo este pionero escritor prospectivo o de anticipación científica consiguió que el futuro llegara a ser como ha acabado siendo.

Dos tardes con Jules Verne es, en definitiva, una ¿novela? breve pero significativa, que demuestra que la biografía literaria puede ser tratada con rigor intelectual, sentido narrativo y fabulosa sensibilidad literaria. Laura Fernández, la escritora más original de su generación, propone en estas páginas una defensa de la lectura y de la fantasía que no renuncia a la complejidad ni a la ambigüedad, y que invita al lector a recordar que toda buena literatura comienza, quizá, en una tarde cualquiera en la que un libro abre una puerta que ya no se cerrará del todo nunca.

Sí, Jules Verne es pasto de eso que hoy somos los que de tanto leer somos sustancia narrativa. Y la brillante Laura Fernández, aunque aún joven y con su obra totalmente en marcha, ya lo es también.

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