La singladura en fotografías en el minador 'Vulcano' del leonés Pepín Pallarés durante la Guerra Civil, en libro

La tripulación del minador 'Vulcano' en 1938 y Pepín Pallarés.

José Pallarés Torres, Pepín (hijo de José Pallarés Berjón, el de los grandes almacenes), fue un marino y aviador leonés que murió en 1947 en un accidente en un aterrizaje que dejó para la posteridad unos álbumes de fotos con toda clase de barcos, navíos y aeronaves. De hecho la primera vez que se supo de él fue por las inéditas fotografías de los aviones soviéticos de Franco, los que se quedó de la Segunda República una vez ganada la guerra.

Pero el conservador de los objetos personales de este joven Pallarés, muerto con tan sólo 25 años, Javier González Fernández-Llamazares siempre contó más allá de la noticia de las entonces novedosas imágenes de aquellos aviones –como el bombardero Polikarpov SB-5 Katiuska y el caza Polikarpov I-15 Chato– que había capturado el bando franquista tras la rendición de los republicanos en 1939 vestidos con las insignias como 'nacionales', que el adolescente que vio que su padre y sus tíos fueron encerrados en San Marcos al comienzo de la guerra, había sido voluntario en la Armada sublevada y había participado en la acción del minador Vulcano contra el buque insignia de la República, el crucero José Luis Díez en los últimos días de 1938.

Pues esta historia desconocida sale al final a la luz con la publicación por Eolas Editorial del libro Vulcano en Guerra: documentos de un leonés embarcado, que firmarán los autores (lo firma conjuntamente con Antonio González Menéndez) este viernes 22 de mayo en la Feria del Libro de León a las 18 horas. Un pequeño libro repleto de fotografías y dibujos de la singladura de este adolescente de la burguesía leonesa por la Armada al final de la Guerra Civil.

“Era una pena que esa historia de su paso por un buque de guerra no se conociera”, reconoce el investigador y escritor leonés Javier Fernández-Llamazares, responsable y conservador del Archivo Privado de la Banca Fernández-Llamazares, además de autor de varios libros sobre las peripecias de la sociedad de la provincia como Los leoneses que financiaron a Franco, Crónicas de la Burguesía Leonesa, sobre un episodio de la Guerra CivilLos sabotajes a la Legión Cóndor en el aeródromo de la Virgen del Camino, y La Segunda República contra sí misma: Los estalinistas leoneses en 1936 (además de uno sobre el verdadero Genarín, Genaro Blanco, y otro sobre Los dueños de León publicado por el Centenario de la Cámara de la Propiedad Urbana de León) que se pueden comprar todos aquí.

Esta frase ha venido repitiéndola de Pepín Pallarés desde que se le conoció por esas imágenes en 2013, que “era una lástima” que no se conociera su singladura voluntaria en la Armada 'nacional'. Un destino que, como joven aventurero, le venía correspondido por estar en el bando franquista sin otra alternativa. Y eso pese a los problemas que tuvo su familia con las autoridades sublevadas, con su padres y tíos salvados por un amigo de un destino mortal al sacarlos del campo de San Marcos evitando ser paseados; y la presión de las autoridades falangistas sobre sus bienes por la necesidad de conseguir todo el dinero posible para financiar una guerra que nadie esperaba en aquellos infaustos 7 días del 36 que derivaron en tres terribles años de conflicto fratricida.

Vulcano en Guerra de Javier Fernández Llamazares (Eolas)

Un chaval de familia burguesa que quería volar, y que para conseguirlo se alistó en la Escuela de la Armada, para, una vez terminada la guerra, pasarse a la de Aviación. Una figura que hoy parecerá controvertida, pero que fue propia de aquellos tiempos pasados tan difíciles, pero que con sus fotografías se pueden conocer mejor para comprenderlos.

¿Quién era Pepín Pallarés?

Un chico de 18 años, hijo de unos burgueses muy conocidos aquí que, como tantos leoneses, burgueses y no burgueses, tuvieron que ir a la guerra. Él se aistó a los 18 años recién cumplidos, en el año 38, y lo hizo en la Armada. Mucha gente de León se fue al Galatea, que era el buque escuela. Por ejemplo, yo el otro día estuve en Valencia de Don Juan y vi fotos con la gorra del Galatea a algún joven de allá apellidado Giganto. Aquello en León fue bastante común. Los chicos estaban para ir a la guerra y en cuanto cumplían 18 años, muchos iban voluntarios. Para ellos, meterse en un barco era una aventura.

Pero Pepín fue voluntario casi al final de la guerra. ¿Fue por ser el ser hijo de José Pallarés Berjón, el mismo que el de los almacenes?

Fue porque quiso ir voluntario, no por ser hijo de quien era. Sabemos que a los Pallarés al principio de la guerra los sublevados no les trataron precisamente bien. Tanto su padre como sus cuatro tíos varones estuvieron en la cárcel de San Marcos. Y uno de ellos estuvo 6 años más encarcelado: seis años estuvo Eduardo Pallarés, que era médico y farmaceútico y era el responsable y director de lo que se llamaba entonces la Gota de Leche del Ayuntamiento (Casa de Socorro). Es decir, que no era precisamente una familia que estuviera muy bien vista por el poder militar recién instaurado. Era familia republicana ya por tradición, todos descendían de Ramón Pallarés, que aquí en León se le conocía por el médico de los pobres; pero claro, eran burgueses y eran ante todo propietarios. Vamos a decir que eran republicanos, pero propietarios, con patrimonio, con bastante patrimonio, con un patrimonio importante.

Y entonces, Pepín Pallarés se presenta voluntario. ¿Pero se presenta voluntario por qué razón? ¿Para salvar el honor de la familia tras esos encarcelamientos?

No, no. Era por sus ganas de ir a la Marina. No tiene que ver con salvar ningún honor, sencillamente él era un aventurero y tenía ganas de ir a la Armada. Es más, por todas las cartas se le nota que no es que sea precisamente un franquista convencido, pero si tiene que elegir entre los dos bandos, él se siente muy cómodo haciendo la guerra en el bando franquista.

Uno de los dibujos de Pepín Pallarés en su paso por la Armada.

Él vivía en León, en pleno centro de la zona franquista. ¿A qué otro bando va a ir?

No le quedó más posibilidad, efectivamente. Pero es cierto que en las cartas transmite la euforia de todas las cosas que le están pasando. Él está completamente de acuerdo con esa situación, como cuando ve desde la cubierta del Vulcano que derriban a los cazas soviéticos y nota que el Ejército Nacional es muy superior. Pepín se alegra, lo manifiesta espontáneamente en las cartas. Eso no es fruto de algo estudiado previamente.

Pero parece a priori sorprendente que un chico de una familia que ha pasado por San Marcos por republicanos termine en la Armada tan fácilmente. Le podían haber mandado a cualquier otro lado para castigarlo...

Eso del castigo es una premisa anacrónica vista desde nuestro pensamiento actual. Hubo familias burguesas (Sáenz de Miera o Cienfuegos, por ejemplo) que, si tenían opción, intentaban incorporarse como voluntarios a la aviación o a la Armada antes que a las unidades del Ejército de Tierra. La desgracia de la familia de Pepín fue, como la de cientos de miles de familias en España que, al ser propietarias, iban a sufrir lo indecible tanto por un bando como por el otro, independientemente del lugar en que les pillara la guerra.

Lo que estoy queriendo decir es que resulta sorprendente que a un chico de una familia señalada por roja y republicana, con un tío suyo encarcelado por ello, que les dejaran las autoridades sublevadas ir a la Escuela Naval y no les mandaran a un sitio peor...

Yo no veo ninguna contradicción, porque en esos momentos las autoridades ya no buscaban castigo ni nada parecido para los hijos de los burgueses represaliados pasado ya el ecuador de la guerra; los franquistas ya intuían claramente que iban a ganar. Lo único que querían era gente que defendiese a su bando. Y claro, estos chicos burgueses de buena familia y educación, además solían estar más cualificados que el resto de chavales. Por eso Pepín enseguida se hace telemetrista.

El buque escuela 'Galatea' en 1938 secando los coys recién lavados, las hamacas de los marineros.

Entonces, viendo que está repleto de imágenes de lo que es su paso por la Armada, qué pretendes publicándolo. ¿Qué es este libro?

En realidad es un diario de un joven burgués de León en el que él va escribiendo cartas a su familia, a sus padres en particular y, además, como era muy aficionado a la fotografía y a los barcos y a los aviones, enseguida compra fotografías de barcos y de aviones y otras las hace el mismo con su cámara. Entonces, se las va enviando a su familia en León. Este libro es la recopilación tanto de las cartas como de las fotografías. Parece sencillo, pero esa sencillez es precisamente lo que hace de este libro un testimonio muy original y, sobre todo, documental. Cuando Pepín vuelve de la guerra, recopila esas fotografía y confecciona un álbum con ellas por orden cronológico y, aparte del álbum, guardó las cartas. De hecho fui yo el que las encontró. La madre de Pepín (la granadina Maravillas Torres García) las conservaba y, junto al álbum, también las cartas. Era una unidad documental que se había conservado en condiciones óptimas. Y esa fue la alegría que nos llevamos cuando la localizamos, que estaba íntegra y permitía contar una historia muy poco conocida, siempre desde el punto de vista de un marinero, de la guerra naval en 1938. Parece sencillo pero todo esto tiene su originalidad

Entonces tenemos un libro de fotos, cartas a la familia, fundamentalmente de su paso por la armada y se ha obviado la parte de cuando él se hace aviador.

Bueno, algunas fotos hay de aviador al final del libro. Pero es que hay muchísimas imágenes que no hemos publicado porque son posteriores a abril 1939, y por eso no las hemos colocado. Las fotos de este libro son las de hasta el final de la guerra. También tenemos muchos dibujos que hacía de los aviones, porque como le encantaba la aviación, se los iba enviando a su madre. O sea, que podríamos tener una segunda parte que sería la relativa a los aviones, hecho por lo que se conoció a Pepín en prensa hace años con los vuelos de aviones soviéticos en el Ejército del Aire franquista. Podría ser, si interesase, material para publicar una segunda parte, sí, sobre su efímera vida. Disponemos en mi archivo numéricamente más fotos aún de aviones que de los barcos publicadas en el presente libro

Hay muchas cosas que a mí me llaman la atención: por ejemplo, lo bien que que funcionaba la intendencia franquista en la Guerra Civil. O sea, la familia manda cartas a un buque que están en guerra y es que no tarda ni tres días en recibirlas; y que a Pepín nunca le falta el dinero porque se lo mandan por ahí

¿Y en las cartas a la familia que se reflejan en el libro, qué es lo que más destacarías?

Lo que más destaco es precisamente la sencillez de un chico de 18 años, y, precisamente por esa misma sencillez, la realidad de las cosas que cuenta. Hay muchas cosas que a mí me llaman la Atención: por ejemplo, lo bien que funcionaba la intendencia franquista. Por ejemplo, él enviaba cartas a su familia desde un buque en guerra en constante movimiento y a los pocos días llegaba a su destino, y viceversa. Me llama la atención también como a él nunca le faltaba dinero, los envíos de dinero también le llegaban con celeridad. Lo bonito de este libro reside en las cosas pequeñas y sencillas que cuenta: cuánto cuestan unas botas, cómo el problema real que tienen a bordo es el frío cuando se carece de mantas, o cuánto cuesta la ropa, el calzado, etc. Y, aunque en el libro no lo menciono, lo voy a decir claramente: a pesar de que su familia ha sido represaliada por considerársela roja, Pepín se considera franquista, no por tener ideología alguna, sino por saber que su familia, de no estar viviendo en León sino en zona roja (como por ejemplo su tío Enrique Pallarés que vive en Madrid, y de quien también conservamos sus espeluznantes cartas desde la capial republicana), habría sido aún más diezmada económicamente, cuando no físicamente.

¿No pasan hambre en la Armada franquista?

No. De las cartas se deduce que no sólo no pasa hambre durante la guerra, sino que come todo lo que quiere. No les falta comida en ningún momento. Esas cositas pequeñas no aparecen normalmente en los libros convencionales, pero este tipo de documentación, al ser diarios personales, constata este tipo de datos.

Una importante revelación sobre la medalla del combate del minador 'Vulcano' contra el destructor 'José Luis Díez'

Una de las circunstancias que da un grandísimo interés a este libro, aparte de la profusión de fotografías de navíos de la Armada Española y de otras marinas como la alemana, italiana o inglesa (y los aviones), es que Pepín Pallarés, como telemetrista (el que calcula la distancia de tiro con un telémetro) se vio envuelto en una de las pocas, pero muy recordadas acciones navales de la Guera Civil Española, el enfrentamiento en diciembre de 1938 entre su navío, el cañonero-minador Vulcano y el destructor José Luis Díez, que era en ese momento el navío insignia de la Segunda República. Esta unidad naval republicana había tenido que salir del puerto de Gijón al caer la ciudad en manos del Ejército sublevado en octubre de 1937 y consiguió esquivar la Armada Nacional y refugiarse en el puerto francés de Le Havre, donde fue reparado.

La batalla naval en la que participó el telemetrista leonés se produjo en dos tandas. La primera en agosto cuando el destructor republicano quiso pasar el Estrecho de Gibraltar tras haber sido reparado en Francia con intención de llegar a la base naval de Cartagena, cosa que no consiguió y se tuvo que refugiar en la colonia inglesa del Peñón.

El destructor 'Jose Luis Díez' antes de la Guerra Civil Española.

Y la segunda, en diciembre de 1938 tras amenazar el Gobierno Británico que si no salía del puerto sería incautado, en la que tras unas reparaciones con sus propios medios, partió para realizar un nuevo intento de fuga durante la noche del 29 al 30 de diciembre. Aunque logró eludir inicialmente al cañonero Calvo Sotelo y al Júpiter, finalmente fue localizado por el Vulcano. A continuación se produjo un enfrentamiento a corta distancia con varios buques del bando sublevado en el que intentó abordar el barco de Pepín Pallarés. Tras sufrir nuevos daños y sin opciones reales de escapar, el destructor republicano acabó embarrancando en aguas británicas, en Catalan Bay, para evitar tanto su hundimiento como su captura. La tripulación fue detenida por las autoridades británicas e internada en prisión. Quince días después, los marineros fueron trasladados a bordo de dos destructores ingleses hasta Almería. Los ingleses terminaron entregando el navío al año siguiente al Gobierno de Franco y su última misión de relevancia fue el 7 de diciembre de 1957, cuando una flota de la Armada Española se apostaron en zafarrancho de combate frente al puerto marroquí de Agadir durante la Guerra de y apuntaron con sus piezas diversos objetivos de dicho puerto en los albores de la Guerra de Ifni.

¿Qué es esa confirmación que certifica este libro de Pepín Pallarés respecto al 'Vulcano' y su combate con el navío de la Segunda República, el destructor 'José Luis Díez' en 1938?

Bueno, en su documentación se demuestra que es cierto que le dieran a la tripulación del Vulcano el reconocimiento colectivo que se decía que habían recibido por el combate con el José Luis Díez, porque es la primera vez que aparece el documento que certifica que realmente les dieron una medalla colectiva, que eso todavía no se había podido demostrar con prueba física de la conmemoración. A mí me han llamado historiadores militares, no lo podían demostrar hasta que yo les aporté ese documento. Además, Pepín se enorgullece de ello porque cuando se hace aviador la lleva puesta en la bocamanga de su uniforme de aviador. Una condecoración de la Armada en un uniforme de aviador.

Una de las páginas del libro 'Vulcano en guerra'.

¿Cuál es la importancia entonces de esta batalla naval del final de la Guerra Civil?

Es fundamental, porque cuando hacen embarrancar al José Luis Diez en las costas de Gibraltar, definitivamente la República se queda sin una unidad más importante. Y en este libro se descubre como él iba de telemetrista en el Vulcano, que recibe además varios impactos del destructor republicano intentando escapar hasta que el barco de Pepín Pallarés lo aborda, casi como en época pirata El Vulcano se coloca justo en medio y no le deja al José Luis Díez avanzar hasta chocar con él. Entonces le obligan a embarrancar dejándolo inutilizado, y eso se considera un acto heroico por la Armada franquista, un acto de guerra en el que él participa y entonces condecoran a la tripulación entera por esa maniobra bélica. Así que también sabemos el nombre de la condecoración porque les imponen una cosa que se llama la medalla colectiva de la Medahuía. El caso es que no había prueba documental de que eso se había llevado a la práctica. Y claro, en las cartas estaba el documento de la condecoración escrita por el Ejército, firmado por Dávila. Y eso sí demuestra que se dio y que, claro, pues él fue uno de los de los que recibieron esa medalla. Condecoración de la que se sintieron muy orgullosos los tripulantes del Vulcano durante el resto de su vida.

¿Una medalla colectiva que no tenía prueba documental, cómo es posible eso si eran doscientos los tripulantes?

Una medalla colectiva que se sabía otorgada pero que, según me comentaron algunos historiadores especializados, no se conservaba físicamente. Los historiadores podían demostrar muchísimas condecoraciones personales, unipersonales, pero no las colectivas, porque no existían, me decían. Yo no controlo de esto, pero este libro, al tener una fotografía tanto del documento escrito como de lo que es la medalla que ellos incorporaban a su uniforme (que Pepín lo incorpora incluso a su uniforme de aviador porque evidentemente para él era un orgullo llevarla) demuestra que esa condecoración existió oficialmente para toda la tripulación. Y es uno de los aportes más interesantes de este libro.

Pepín Pallarés (derecha) en el telémetro del 'Vulcano' y las insignias de la medalla colectiva

¿Alguna cosa más sobre qué es lo que has querido transmitir con este libro? Porque obviamente en estos tiempos que corren escribir una obra sobre la las peripecias de la guerra civil de un chaval con familia republicana, que termina en el en el bando nacional, sublevado o como queramos llamarle, en el bando franquista, es un poco paradójico y en estos tiempos que corren igual no es políticamente correcto o esconde otras lecturas que no se ven a simple vista...

Pues no, no hay segunda lectura, al menos para mí. Es cierto que puede resultar paradójico (perdona que hable así de claro), en la ignorancia de nuestros días. Pero a mí no me resulta paradójico conociendo la situación de lo que pasó en aquellos momentos, hace casi un siglo. No es paradójico en absoluto. De hecho –esta ya es una opinión mía personal que no la transmito en el libro–, realmente Pepín muestra que se encuentra fenomenal en su singladura en la Armada. Él se lo pasa muy bien. Él se encuentra feliz. Para él es una gran aventura la que se está corriendo, no olvidemos que es un chaval de 18-19 años entonces. Y si le obligan a elegir entre un bando y otro, se va a quedar con el bando franquista. ¿Por qué? Porque su familia tiene patrimonio. Un patrimonio al que él renuncia, porque él quiere ser un aventurero. No quiere estar aquí organizando los negocios de su familia, vaya, prefiere viajar y pilotar aviones, eso lo tiene claro. Pero entre el sufrimiento obligado de una guerra, como burgués que es, él piensa que entre el sufrimiento que les daría una parte, vamos a decirlo claramente, que es el bando republicano, que de seguro les esquilmaría gran parte de su patrimonio, él lo tiene claro: elige por interés lo que les puede ofrecer, con todos sus enormes defectos, el bando franquista

Bueno, tendría que haber escapado para pasar al bando republicano de haberlo querido...

A ver. Sí hubo personas que pertenecían a la burguesía leonesa que les pilla la sublevación en Madrid y sus hijos terminan haciendo un cursillo para pilotar aviones soviéticos, también voluntariamente, como algún hijo de Crisanto Sáenz de la Calzada, por ejemplo, que, además, también eran familia de los Pallarés…

Pero están en Madrid, no en León...

Sí, al menos parte de la familia de Crisanto, y Madrid es la capital de la República. Pero lo que vemos en este libro es que Pepín está encantado desde el primer día de pertenecer a la Armada que le ha tocado. No se siente obligado en ningún momento por la ideología.

Pero también es por una cuestión de que es la única manera que tienen para conocer cosas de aviones, se supone. Al ser un chaval qué posibilidad tendría si no era mediante el ejército en tiempo de guerra. Si él hubiera estado en el otro lado, quizás hubiera hecho lo mismo.

No lo sabemos. Eso sólo lo sabe él, yo no te lo puedo decir. Pero creo que no necesariamente.

Quiero decir, que la en la guerra, bajando a lo más humano fuera de los estados mayores y las grandes estrategias, no se explica tanto como una cosa de buenos y malos. No hay negro o blanco, aquí hay mucho gris.

Pues es esto precisamente lo que ocurre- Hay muchísimos grises. Por eso lo publicamos, ¿sabes? Él, Pepín, siempre está diciendo que a él le encanta estar ahí, que la disciplina sí que hay disciplina; pero que no es una disciplina ridícula, al contrario, que él piensa que es una disciplina buena y necesaria. Pepín utiliza todo esto como un gran aprendizaje y esta experiencia en la Armada y la condecoración para en seguida hacerse piloto de la aviación. ¿Vale? Y además las cartas son muy sinceras. Dice que cuando caen los aviones republicanos soviéticos él se alegra; y además cuenta a esa altura de la guerra, en esos años en los que está él, que los aviones nacionales ya son muy superiores y él lo celebra y quiere aprender más de ellos para saber por qué son mejores. Por eso luego se hace de los hidros (se refiere a los hidroaviones de la aviación naval).

Para Javier Fernández-Llamazares –cuya visión a la hora de publicar estas historias es que se vea lo que hay sin filtros para que luego los lectores o los investigadores puedan ver la más correcta realidad de los personajes–, la importancia precisamente que tienen las cartas de este libro es que está contado un momento de la historia de la Guerra Civil en primera persona: “Es que no hay trampa ni cartón. Es la historia de un chico que lo que le sobra es, en ese sentido, inocencia y nobleza. No puede haber más lecturas por detrás. Eso es lo que me gusta a mí de este libro”.

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