Falta de respeto

Las discusiones, si van con falta de respeto, son nefastas.

Elijo como percha un libro recopilatorio de artículos de José Martínez Ruiz, Azorín, uno de los escritores de la irrepetible generación literaria del noventa y ocho, el notariado del trauma nacional que en 1898 fue el desmantelamiento definitivo del imperio español, con las pérdidas de Cuba y Filipinas, de cuatro centurias de historia.

El libro se llama Madrid (Editorial Biblioteca Nueva), así, a secas, y en sus poco menos de doscientas páginas, el escritor alicantino repasa la filosofía del movimiento noventayochista, intercalando usos y costumbres de la capital española en vísperas del siglo XX, ya a lomos del pesimismo nacional de aquella época, con la impagable complicidad de personajes necesarios del todo para el cierre del círculo ambiental.

Es una anécdota, pero no me resisto a mentarla escribiendo para un medio de comunicación de mi tierra leonesa. Lo adquirí en una de mis librerías fetiche de León: Galatea, apellidada Librería Inglesa, ubicada en la calle Sierra Pambley, frente a la majestuosidad de la catedral que, apuesto, guió mi mano. En el curioseo por sus estanterías, escondido en un rincón casi invisible, di con el libro. Un simple ojeo bastó para quedar atrapado en tan sensacional serendipia. Leerlo fue un placer de difícil descripción hacia las afueras, porque los adentros sucumbieron a una magia íntima y discreta.

Uno de sus artículos, el llamado El sombrero de copa, arranca así: “Si me preguntara cuál es, a mi entender, la cualidad fundamental de la civilización, contestaría sin vacilar: el respeto. El respeto en la familia, en el municipio y en el Estado. El respeto para el amigo y para el adversario. Y el respeto del individuo con su propia persona (…) Las sociedades ascienden o declinan según que en ellas suba o baje el respeto”. He aquí un catecismo laico de urgencia para la clase política.

Los políticos de este país, contagiados por el protocolo de relaciones de los nuevos estilos de poder y de intercomunicación a través de las redes sociales, han abominado del respeto como norma básica de convivencia. No es ya la descortesía al opuesto, en su continua confusión entre oponer e insultar, se faltan al respeto ellos mismos, con sus incoherencias, con su moral hipócrita de denuncia de lacras y corrupciones ajenas que ellos mismos transportan por arrobas en sus carromatos repletos del mismo estiércol. 

Despotismo iletrado

En su despotismo iletrado no respetan ya el valor supuesto a su clientela electoral, a la que tratan de alienada sin remisión. La meten de hoz y coz en el mensaje cotidiano, no para despertar el debate o la polémica, sino para estimular instintos de militancias en el quién y no en el qué, o lo que es lo mismo, la angostura frente a la anchura de miras. Es una personalización indeseable de la política. Lo que dice y hace mi enemigo, porque ya son incapaces de nominar con los términos de adversario y opuesto, no tiene ni siquiera el valor de la propuesta, del análisis, va directamente al pozo negro de las aguas fecales. Lejos aquellos tiempos del do ut des entre partidos, montones de veces practicado en la elaboración, tramitación y aprobación de leyes escritas a varias manos con voluntad de permanecer. ¿Nos hemos olvidado de La Constitución? Casi cincuenta años en escrito de norma conviviente. Los españoles fuimos capaces de hacerlo.

Estamos ante lo que se presume el final de una legislatura nacida con la goyesca embestida de garrotes. El perdedor, que fue el ganador en las urnas, no culminó la operación de Gobierno, porque se olvidó o minusvaloró que al presidente lo designan las mayorías parlamentarias, pues son elecciones legislativas. Aún bajo esa consideración, no ha dejado de ejercer un acoso constante desde la oposición a esa legitimidad que ellos también abanderaron en algunas comunidades autónomas: Madrid, Andalucía... ¿Recuerdan? En este periodo han berreado tan fuerte contra el personaje, que no nos han dejado oír iniciativas en bien de la sociedad, de una sociedad acuciada por la escasez misérrima de amplias capas de población sin techo digno donde guarecerse. ¿Eso es, o no, falta de respeto a la ciudadanía?

El perdedor en las urnas, pero victorioso en el inquilinato de La Moncloa, hizo de la necesidad virtud y no dudó en acoplarse a la escasa, pero decisiva representatividad, de un grupo político independentista, para el que se forzó una amnistía de dirigentes de asonada como símbolo de sumisión. Al carajo con los principios formulados solo unos meses antes. Una patada manifiesta a la dignidad de los compromisos para con propios y ajenos. Una incongruencia supina de quien se declara adalid del progresismo, pero pacta con el partido de la burguesía más rancia del panorama político. Una parábola sobre las consecuencias de las amistades peligrosas. Aquí, otra magna falta de respeto a la sagrada condición de elector y ciudadano.

Estos han sido los puntos de partida de una legislatura bronca, invadida de ombliguismo, carente de cortesía, sin más debate que el insulto y el asunto particular. La historia, puesta ahí, se supone que para aprender, ya enseñó que de las incoherencias se pasa a las malas palabras, de éstas a las ofensas personales, no tarda en aparecer la permanente judicialización de la vida política y cotidiana; pueden llegar las pistolas; de ahí, sin remisión, a las trincheras. ¿Habrá inteligencia del respeto para poner pie en pared?

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