El ‘calendario de la prosperidad': ¿Existe o tendríamos que construirlo?

Salto al Año Nuevo.

Para resumir la idea de ‘Año Nuevo’, echamos un vistazo al esquemático conteo del tiempo materializado en el almanaque. Así, a pocos días de haber visto despuntar el 2026 (neonato acicalado con cascabeles que suenan a tómbola o a sorteo del azar), propongo echar un vistazo a la ‘historia de los días que pasan’ y a cómo esta ha sido enmarcada en períodos hasta llegar a nuestros días.

Para empezar, viajaremos al originario Imperio romano, cuando Rómulo instauró el más primitivo de los calendarios con calendas. Teniendo en cuenta la segunda acepción del término reconocido por la RAE, calenda es el primer día del mes en el antiguo cómputo romano y en el eclesiástico. A esta definición, añadimos que en la Roma imperial las calendas estaban relacionadas con la luna nueva, etapa escogida para la gestión financiera y –sobre todo– para el pago de viejas deudas. Por otra parte, en el primer calendario con calendas (me refiero al de Rómulo) el mes constaba de trescientos cuatro días, el año comenzaba en marzo (martius, período dedicado a Marte, dios de la guerra y la agricultura) y solo existían diez meses, pues los actuales enero y febrero (los más fríos y oscuros en el hemisferio norte) eran considerados ‘meses muertos’ en los que el tiempo se detenía. Me rasco la cabeza pensando cómo Saturno continuaba a tomar decisiones en ese ‘tiempo inexistente o muerto’… Lo cierto es que a Rómulo le sucedió Numa Pompilio, emperador que modificó el calendario anterior al incluir en el lunario cronológico los meses de Ianuarius (dedicado a Jano, dios de las dos caras que representaban las transiciones, los inicios y los fines) y Februarius (mes en el que se celebraba la festividad de Februa con rituales de purificación y expiación, solicitando fertilidad y abundancia para la próxima cosecha).

Sin embargo, aun estando compuesto por doce meses, el calendario de Numa Pompilio (de aproximadamente trescientos cincuenta y cuatro días) no se correspondía con el calendario solar al ser más corto que este. Hubo que esperar a que Julio César dividiera el ciclo anual en trescientos sesenta y cinco jornadas y agregara un día al mes de febrero cada cuatro años, llamando a este período ‘año bisiesto’ (bis sextus dies anti calendas martii, que significa ‘repetido el sexto día antes del primer día de marzo’).

Relojes y paso del tiempo.

Pero la reforma final ocurrió en 1582, cuando el papa Gregorio XIII, contando con astrónomos como Luigi Gliglio y Christophorus Clavius, decretó el calendario gregoriano que establece el primer día de enero como inicio del nuevo año. Existen, como bien sabemos, otros calendarios para festividades religiosas y culturales regionales (el chino, el hebreo, el islámico, el persa, etcétera). Sin embargo, vale aclarar que cuando hablamos de ‘calendario mundial’, nos referimos al estándar civil global establecido para medir el lapso entre los equinoccios de primavera y otoño, etapas en las que el Sol se encuentra sobre el Ecuador y la duración del día y la noche es la misma en todo el planeta.

El calendario de prosperidad

Pero… ¿qué tiene que ver todo ello con un supuesto ‘calendario de prosperidad’, ese que imaginamos cada Nochevieja para recibir el primer día de enero con declaraciones de buena voluntad y una agenda repleta de promesas y peticiones que difícilmente se cumplirán durante los meses venideros? ¿Y por qué no se cumplen a cabalidad nuestros augurios de bienestar tal y como han sido concebidos? ¿Será que le debemos cuentas a Saturno y que tenemos deudas que no llegamos a pagar jamás?

La Nochevieja continúa la línea del paganismo saturnal en la que Jano, el dios de las dos caras –cuyo templo mandara construir Numa Pompilio a la entrada del Foro Romano– esconde su anciano semblante que mira al pasado para mostrar el rostro joven que observa el futuro. Siguiendo la tradición de muchísimas generaciones, esta festividad nos vale para decir adiós al año que termina prometiéndonos ser mejores y suplicando que la vida nos permita serlo. Asumiendo con buen ánimo nuestros propósitos, cenamos y bebemos hasta perder el control del tiempo y el espacio, abrimos ridículas bolsas que esconden máscaras y diademas y pelucas y serpentinas… Y suenan las campanadas y tomamos las uvas y descorchamos el champán para brindar por la suerte, invocando a la diosa ‘prosperidad’ con las ilusiones perdidas en un presente en el que las guerras, las crisis económicas y la lucha por superar el día a día priman.

Me pregunto entonces por qué emperadores y papas de antaño olvidaron construir un calendario adecuado a nuestras peticiones de bonanza y si lo más sensato no sería reformar, una vez más, el ya existente.

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