La antropología climatológica de los ascensores

Una pintura mural de un termómetro con temperaturas de verano.

Seguramente os habéis preguntado alguna vez por qué, al coincidir con un vecino en el ascensor, hablamos del clima como si no existieran otros temas de conversación. Esta práctica consuetudinaria merecería, quizá, un mínimo de atención y una respuesta lógica. Sin embargo, su reconocimiento se reduce a la aceptación de una costumbre colectiva carente de importancia. “¡Qué frío!, ¿verdad?”, dice el primero en abrir la boca, a lo que su interlocutor responde en forma automática: “¡Oh, sí, vaya frío que hace!”… Y haga frío o calor; llueva, truene, relampaguee o el sol resplandezca en el firmamento, el estado meteorológico será objeto exclusivo de nuestra obligada convivencia de pocos segundos en esa caja metálica a la que la arquitectura de los edificios nos condena. A ello añado que, aun si tropezáramos con nuestro vecino al cruzar la calle, tras un breve saludo de “¿Qué tal?” y un “Bien, ¿y tú?” por respuesta, a continuación escaparía una observación sobre el clima, por lo general, quejándonos de él.

Con respecto a lo anterior, me atrevería a sustituir el término ‘costumbre’ por ‘instinto de conservación’. Y es que vivimos metidos en nuestra concha (territorio de ‘libertad’) sin querer salir o –lo más probable– sin saber cómo hacerlo. De hecho, mucho mejor sería si pudiéramos evitar tomar el ascensor con nuestro vecino, estrategia ideal para eludir la obligación de intercambiar con él palabras insustanciales

¿Pero acaso el brevísimo diálogo sobre la climatología es insustancial? ¿Qué escondemos tras él? ¿De qué nos estamos disfrazando? ¿Qué máscaras estamos asumiendo?

La economía, la organización de la sociedad, la cultura y las estructuras mentales guardan estrecha relación con el clima. Al menos, eso creía Rousseau, quien consideraba que en climas templados (en los que ‘estamos a gustito’) afloraban sentimientos de amor y altruismo y que, por el contrario, en climas extremos (polares, desérticos, tropicales, etcétera) el hombre tendía a ser egoísta por razones de supervivencia y a construir una sociedad de ‘sálvese quien pueda’ (no muy diferente de la nuestra, por cierto). 

Escape existencial en los ascensores,

Pero en mi intento por comprender por qué hablamos del clima en los ascensores, acudo a esta reflexión de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego: ‘La libertad es la posibilidad de aislamiento. Eres libre si puedes alejarte de los hombres sin que te obligue a buscarlos la necesidad de dinero, o la necesidad gregaria, o el amor, o la gloria, o la curiosidad, (…)’. Claro, la curiosidad a la que Pessoa se refiere (esa especie de morbo de querer conocer quién es ‘el Otro’ sin conocernos a nosotros mismos) se diferencia del cotilleo al que tan habituados estamos. Este último podría, incluso, estar justificado por el denominado ‘sentido común’, pues enterarnos de los pormenores de la intimidad ajena podría ser una estrategia de buenas relaciones humanas (por aquello de ‘dime con quién andas y si está buena me la mandas’…). En fin, todo es justificable cuando de seguir encerrados en nuestra concha se trata.

Sin embargo, para resumir el tema que nos ocupa, mucho más sustanciosas podrían resultarnos otras cavilaciones –siempre de Pessoa– que tienden a ponernos los pelos de punta: ‘Nadie, supongo, admite la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes de espíritus en libros, que son para nosotros mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el ocaso muerto de las calles.’… Y luego, en renglones sucesivos: ‘Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía!’.

Quizá el desinterés por nuestros semejantes sea lo que nos hace hablar del clima y solo del clima cuando coincidimos en el ascensor con un vecino. Tal vez veamos a nuestro compañero de aventura comunitaria como una ‘indiferencia encarnada’ o como un alma desconocida que –también por su parte– nos habla con desapego. Y nos lamentamos siempre, tomando como pretexto tres gotas de lluvia, cuando en realidad no sabemos qué decir. En tal caso, el calor o el frío, la humedad o el viento, la niebla o la nubosidad serían los trajes con los que vestimos a nuestros heterónimos, personajes que construimos para manifestar nuestra incapacidad de mantenernos en silencio cuando las palabras, no siempre necesarias y oportunas, sobran. 

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