Arquitectura menospreciada en León

Arquitectura civil tradicional leonesa: molinos, palomares, bodegas en cuevas y hórreos.

Celebro que muchas personas sean apasionadas por el arte sacro, no es mi caso. Como a Brassens la música militar nunca le supo levantar, a un servidor tampoco los templos o ermitas lo supieron levantar, por más que les reconozca su indudable calidad artística y su relevancia social. Dejó escrito Gracián que visto un león, vistos todos y los altares, capillas, torres y otros componentes se me antojan muy parecidos y no me motivan en exceso.

Mis preferencias van por otros derroteros y aquí si tengo que confesar mi vena patriótica y reconocer solemnemente que algunas construcciones típicamente leonesas colman mis apetencias arquitectónicas. Dejando al margen la tipología de las viviendas de nuestro terruño, posiblemente una de las más variadas de toda España, si no la que más, hay otras muestras del ingenio leonés que quizá, por ser vistas desde la más tierna infancia, no gozan del aprecio que merecen y en cambio, cuando vienen a visitarnos de fuera, saben estimarlas en lo que valen.

No soy persona ducha en arquitectura ni en tecnologías clásicas, pero sigo emocionándome cuando veo nuestras señas de identidad en cuevas para ‘encerrar’ el vino, en los palomares del llano, los hórreos de la montaña o los molinos que aprovechan numerosos cursos de agua de nuestra geografía, que hoy corren serio peligro de ser pasados al recuerdo por la gracia de Confederación Hidrográfica del Duero. Insisto en que no soy técnico en la materia de ninguno de los cuatro ejemplos, pero no me sustraigo a la tentación de dedicarles unas humildes palabras laudatorias y hacer una consideración final.

En mi modesto conocimiento de España, no conozco fuera de León y Zamora, la existencia de las cuevas para elaborar y guardar el vino en lugares excavados en la arcilla. Desde lugares leoneses tan exóticos los alrededores de Astorga hasta Benavente pasando por Valdevimbre, Los Oteros y una infinidad más de ubicaciones, inmediaciones de León capital incluidas, nuestras cuevas siguen siendo una singularidad leonesa que no conoce parangón allende las fronteras del País Leonés. Los visitantes foráneos quedan sorprendidos por la monumentalidad de estos ‘prodigios catedralicios’ excavados en el barro, algo que los leoneses desdeñamos o nos dejan indiferentes. Los leoneses somos así, despreciamos lo que los demás veneran.

Con el modestísimo material del barro se construyen los palomares que abundan por Tierra de Campos pero que no faltaron en su día en algunos enclaves tan apartados como el Órbigo. Palomares hay en muchos puntos de España, hechos de tapial, en pocos sitios fuera de Los Campos Góticos, territorio hoy ocupado por provincias como Valladolid o Palencia pero que es herencia leonesa, le pese a quien le pese. Suponen un ecológico aprovechamiento de los restos de grano caídos tras la siega que ni los rebaños de ovejas son capaces de aprovechar. Tal vez represente la autarquía del pasado que un día pudiéramos acabar echando en falta.

Otra de nuestra arquitectura ‘diferencial’ son los molinos que se sitúan sobre los cursos de agua, No es que no haya molinos harineros en otros lugares donde también se emplea la energía hidráulica, sencillamente es que los nuestros tienen una idiosincrasia propia y además fueron siempre lugares donde la pesca, otrora abundante en nuestros riachuelos y presas, llegó a ser abundante. Yo recuerdo un vecino mío pescando desde una habitación del molino donde vivía, mientras leía una novela. Nuestro río Órbigo tiene cumplida representación en las presas que salen del mismo.

Y, por último, aunque restringidos a la parte más septentrional de nuestra provincia, están los hórreos leoneses, grandes desconocidos para los leoneses más meridionales pero que no por eso dejan de tener un especial encanto. Por si fuera poco, se les reconocen hasta tres morfologías distintas, lo que los sitúa en condiciones de igualdad con los hórreos asturianos o gallegos. Por si fuera poco, el hórreo más antiguo de España también se ubica en León y es todo un prodigio de construcción, hecha con madera en casi su totalidad. Todo leonés debería conocer el hórreo de Bodas, los de Felechas y el resto, que no desmerecen de los citados.

También están los castillos o murallas, hoy prácticamente arruinados o con viviendas adosadas o intercaladas entre sus muros, pobre homenaje de un pasado glorioso que los leoneses guardamos bajo la alfombra del recuerdo, como si de una mala herencia, que se quiere ocultar, se tratara. Los ejemplos son numerosos y notables, y difícilmente habrá alguien que no conozca alguno cuya estructura no amenace con venirse abajo o mostrarse desfigurado. Tenemos muy mala conciencia en esta tierra y nos gustaría borrar nuestra historia para ser recibidos con los brazos abiertos de quien pretende reescribir la suya a nuestra costa.

¡No hay país como éste!

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