María Martín-Granizo, diploma paralímpico en esquí: “El deporte me ha dado mucha confianza en mí misma”
“Lo sé hacer, lo puedo hacer y lo voy a hacer”. La esquiadora leonesa María Martín-Granizo ha empezado esta temporada a decirse estas palabras justo antes del comienzo de cada prueba en la que participa. La fórmula, en realidad, la viene aplicando de manera inconsciente desde que nació hace 20 años con agenesia femoral y tuvo que arreglárselas con una sola pierna, la izquierda. Martín-Granizo fue encontrando aliados: primero en la familia, que la trató como una más desde el principio; y luego en el deporte, cuya práctica le ha servido para redoblar su confianza en sí misma. Y así, rodeada de los suyos, afrontó el pasado 14 de marzo el eslalon de los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina. Terminó octava, lo que le valió un diploma y un pasaporte para la historia.
Todo en el ambiente parecía conducir a un estado de tensión emocional que acabó disipándose. La leonesa admite que se estaba “muy nerviosa” en la víspera de debutar en una competición paralímpica: la cita era el 12 de marzo en el gigante. “Nosotros no tenemos mucha audiencia”, dice para contrastar con una competición que sí la puso en el foco mediático, incluso con la perspectiva de pasar por las entrevistas posteriores a la prueba. “Y depende de cómo me salga, yo tengo mala leche”, reconoce con la espontaneidad que la caracteriza al recordar aquellos momentos previos en los que se invirtieron las sensaciones cuando se puso a escuchar música con sus compañeras Audrey Pascual e Iraide Rodríguez. “He llegado a unos Juegos, que ya era mi sueño desde que tengo 6 o 7 años. Así que disfrútalo y ya está”, se dijo. Y se hizo la tranquilidad.
Fue siendo apenas una niña cuando María Martín-Granizo empezó con el esquí. La práctica deportiva estaba prescrita ya desde que nació con un contratiempo que su familia digirió y normalizó desde el primer momento. ¿Cómo fue la infancia de María? “Como la de sus hermanos; exactamente igual. Teníamos que olvidarnos de su discapacidad”, responde su padre, Rafael Martín-Granizo Anel. “Muy buena, muy divertida”, contesta ella misma, que nunca tuvo privilegios ni fue tratada con condescendencia. “Si mis hermanos se apuntaban a baloncesto o a surfear, pues yo también. Y si mis hermanos tenían que fregar la cocina, yo también”, añade para reconocer que ejercieron como “guardaespaldas” ante algunas impertinencias: “Yo siempre he pensado que, al final, a comentarios necios, oídos sordos”. Todavía hoy en su familia asimilan su situación (ella misma explica que nació con el fémur como si fuera el hueso de una aceituna) a la de quien precisa de gafas o de aparato de ortodoncia. “Libramos de las gafas sólo, María”, sonríe su madre, Natalia Ferreiro González.
La natación, que fue la primera compañera de viaje, estaba especialmente recetada. Y en el esquí confluyeron la recomendación de la práctica deportiva con una afición muy marcada en su familia, parte de la cual vive en Sosas de Laciana (Villablino), a tiro de piedra de la estación de Leitariegos-Valle Laciana. No resultó fácil encarrilar el camino para adaptarse a la discapacidad: desechó la posibilidad de esquiar sentada en monoesquí para terminar acoplándose a hacerlo de pie con dos estábilos con la fórmula de tres huellas. “Y mi padre me llevaba con la correa del perro por ahí para que no me fuera por las montañas para abajo”, cuenta de nuevo con gracia. Su tío Julio Anel Martín-Granizo, director deportivo del Club Deportivo Leitariegos, fue guiando sus primeros pasos y rompiendo barreras cuando la introdujo en el terreno de la competición inclusiva, con compañeros sin discapacidad.
María Martín-Granizo, que empezó con su hermana melliza, Cecilia, a los 6 años de edad, acabó encontrando su hábitat entre la nieve. “En el ámbito del deporte siempre me han acogido superbién. En clase algún niño dijo alguna bobada. Nunca fue a más porque nunca dejaron que fuera a más. El colegio (estudió hasta los 18 años en Pastorinas) lo hizo muy bien todo. En el esquí ha sido todo amor y apoyo”, señala la leonesa, que fue quemando etapas. “Yo era muy llorica de pequeña; así que montaba algún pollo cuando hacía malo y no me apetecía entrenar…”, admite al recordar que los entrenadores la llamaban Mari Pollos. “Pero siempre desde el cariño”, precisa para asegurar que siempre trató de darle la vuelta a su situación hasta transformarla en una fortaleza: “No lo he dado muchas vueltas ni tampoco he sido insegura por mi discapacidad en la vida”.
La adaptación a la competición inclusiva resultó un acierto. “Una de las razones por las que me gusta tanto el esquí es porque nunca me he sentido inferior a ninguna persona”, confiesa la deportista mientras su padre matiza que las apelaciones a la inclusión, que tan bien resuenan en los titulares, chocan en la realidad con la falta de apoyos económicos para adquirir material específico, incluso por la incompatibilidad de recibir dinero público si se cuenta con patrocinios privados, apostilla su madre. Martín-Granizo compensó esas dificultades con esfuerzo personal, el respaldo de la familia y la complicidad con los entrenadores, que se tomaron su caso como un reto. “Y hemos tenido mucha suerte con ellos”, resalta Rafael Martín-Granizo.
En el ámbito del deporte siempre me han acogido superbién. En clase algún niño dijo alguna bobada. Nunca fue a más porque nunca dejaron que fuera a más. El colegio lo hizo muy bien todo. En el esquí ha sido todo amor y apoyo
A los 8 años María Martín-Granizo había empezado a compatibilizar el esquí con el surf, en este último caso en Peniche (Portugal). Acostumbrada a lidiar con ciertos prejuicios en otros ámbitos, la familia inscribió a los hijos en una escuela de surf sin advertir de la situación de María… hasta que se le salió la prótesis en medio de una clase. Entre las olas encontraron de nuevo la mano tendida de otro entrenador, Nuno Roque Silva, que se atrevió a guiar la formación sin contar con experiencia previa con personas con discapacidad. La leonesa fue así creciendo con éxitos internacionales en esquí y en surf, disciplina que no ha logrado un hueco en el programa de los Juegos Paralímpicos Los Ángeles 2028.
Superados los nervios de la víspera, Martín-Granizo había quedado en el portillón de salida del gigante de los Juegos de Milán-Cortina el pasado 12 de marzo. “Creo que fue la carrera en la que más tranquila estuve de toda la temporada”, afirma. La joven, sin embargo, se salió de la pista en la segunda manga. Como el deporte siempre ofrece una segunda oportunidad, esta llegó apenas dos días después, en el eslalon, su prueba preferida. Consciente de la dificultad de acceder a las medallas, el objetivo estaba puesto en obtener un diploma, logro conseguido al clasificarse en octava posición. La felicidad fue compartida con su familia, desplazada hasta Italia. “Hasta febrero no se confirmaba si María iba a ir o no. Pero nosotros un año antes ya lo teníamos todo dispuesto por si acaso”, cuenta su madre.
La deportista leonesa, que cursa Nutrición y Dietética de forma online en UNIR (Universidad Internacional de La Rioja), sí confía en acceder a las medallas en los Juegos Paralímpicos de 2030 en los Alpes Franceses, donde prevé participar también en pruebas de velocidad. Ha regresado de Italia con el diploma y las magulladuras en los brazos por enfrentarse a las puertas del eslalon a pecho descubierto. “Parezco una drogadicta”, bromea de nuevo enseñando unas fotografías quien emplea la expresión con el pie izquierdo como nombre en sus perfiles en redes sociales. Y ha vuelto con la experiencia única de compartir instalaciones y sensaciones en la villa olímpica con deportistas de muchas nacionalidades, el sueño cumplido de aquella niña que comenzó a esquiar en Leitariegos, una de cuyas pistas lleva ahora su nombre.
“Nosotros hemos educado a nuestros hijos con la intención de que se vayan de casa cuanto antes”, dice, como premisa, Rafael Martín-Granizo. Su hija María ya hace tiempo que vuela sola, acostumbrada desde hace años a tomar aviones para desarrollar una carrera deportiva que le ha otorgado un valor extra a su vida: “A mí el deporte me ha dado mucha confianza en mí misma; en saber lo que valgo y lo que puedo llegar a conseguir con esfuerzo. El deporte te da muchos valores que una persona que no hace deporte nunca entendería; y ya, al llegar a la élite, mucho más: mucha más disciplina y mucha más resiliencia”.