'Sinceramente', de Margaret Atwood

La escritora canadiense Margaret Atwood

Luis Artigue

En mis tiempos de estudiante tuve la oportunidad de conocer a Margaret Atwood (Ottawa, 1939) en la Faculty of Arts & Science del campus de Saint George de la Universidad de Toronto, y quedé total y perdurablemente fascinado, de modo y manera que la leo con fervor desde entonces. Volví a verla y hablar con ella en Madrid hace años de la mano de su magnífica traductora entonces, Isabel Carrera, cuando presentaba en España Asesinato en la oscuridad, y la considero una referencia literaria de primer orden, aunque quisiera que eso no me hiciera perder la objetividad al escribir esta reseña.

Hablar de Margaret Atwood suele conducir, casi inevitablemente, a sus novelas más célebres, pero sería un error crítico –y hasta una forma de pereza lectora– olvidar que su raíz literaria se hunde con firmeza en la poesía. Antes de convertirse en narradora de referencia, Atwood fue, y en cierto modo sigue siendo, una poeta que piensa el mundo en imágenes tensas, a menudo incómodas.

Su poesía no busca el ornamento ni la musicalidad complaciente, sino una especie de claridad incisiva que desarma al lector. Hay en sus versos una economía expresiva que recuerda a la tradición anglosajona más sobria, pero filtrada por una sensibilidad contemporánea donde lo político, lo ecológico y lo íntimo se entrelazan sin jerarquías. Atwood observa –y ese verbo resulta aquí esencial– con una lucidez casi entomológica: el amor, el cuerpo, la violencia o el poder aparecen como fenómenos que deben ser descritos antes que juzgados.

No es una poesía que seduzca de inmediato; más bien incomoda, desplaza, obliga a reconsiderar certezas. Y en ese gesto reside buena parte de su valor. Frente a la tendencia a la efusión o al hermetismo, Atwood propone una voz que parece sencilla, pero que esconde una arquitectura moral y simbólica compleja. Su poesía, en definitiva, no acompaña al lector: lo interroga.

Si se atiende a la trayectoria poética de Margaret Atwood, se percibe una continuidad temática muy nítida, aunque cada libro explore registros distintos. Más que evolucionar por rupturas, Atwood afina obsesiones. Y así es desde que publicara The Circle Game (1964), su primer gran reconocimiento. Ahí ya aparecía una idea clave: la vida social como juego de roles impuesto. Los poemas indagaban en la identidad, la infancia y las trampas invisibles de la cultura. Y había ya una ironía y una mirada crítica hacia las convenciones. Luego vino The Animals in That Country (1968), uno de sus libros más característicos. Canadá aparece ahí no como paisaje idílico, sino como territorio hostil. El ser humano es un intruso más entre animales. El tema central es la fragilidad de la civilización frente a la naturaleza. Y ya Power Politics (1971), quizá su poemario más directo y perturbador, y desde luego el más conocido, que examina las relaciones amorosas como luchas de poder. El lenguaje es cortante, casi clínico. El amor deja de ser refugio para convertirse en campo de batalla psicológico. A posteriori publicó You Are Happy (1974), poemario que introduce elementos míticos, especialmente la figura de Circe. Atwood ahí reescribe mitos para hablar de la identidad femenina, el aislamiento y la transformación, y por eso es un libro más simbólico que los anteriores, pero igual de incisivo. Y nos gustó mucho Two-Headed Poems (1978), poemario donde la autora reflexiona sobre la dualidad: individuo y sociedad, mente y cuerpo, cultura y naturaleza (el tono es más ensayístico, casi meditativo, pero sin perder su filo crítico). Luego True Stories (1981), donde su poesía se vuelve más política, y tata la violencia, la represión y las injusticias contemporáneas. El título es irónico: lo 'verdadero' aparece mediado por el lenguaje y la percepción. Vienes después Morning in the Burned House (1995), uno de sus libros más maduros en el que predomina la memoria, la pérdida y el paso del tiempo. El tono es más contenido, incluso elegíaco, pero mantiene su lucidez habitual. Luego The Door (2007), brillante reflexión sobre la vejez, la muerte y el umbral final. La 'puerta' funciona como metáfora del tránsito. Hay una mezcla de humor seco y aceptación lúcida…

Poesía sobre el poder, la identidad y la naturaleza

En conjunto, la poesía de Atwood gira en torno a unos ejes constantes: el poder (en lo íntimo y lo político), la identidad, la relación con la naturaleza y una desconfianza radical hacia los discursos establecidos. No escribe para embellecer el mundo, sino para desmontarlo y mostrar sus mecanismos.

Pero la poesía de Margaret Atwood ha llegado al español de forma parcial, dispersa y relativamente tardía si la comparamos con su narrativa. No existe (todavía) una traslación sistemática de toda su obra poética, pero sí un conjunto reconocible de libros y traducciones sueltas de La puerta, otra en Pre-textos de Juegos de poder , uno de los pocos títulos relativamente conocidos en español, y también Los diarios de Susanna Moodie y Luna llena han circulado parcialmente.

Aparece ahora, muy bien publicado por Salamandra, el poemario Sinceramente, en traducción de la excelente poeta de la experiencia Raquel Lanseros. Y es un libro que recoge su poesía más tardía: por eso en sus páginas encontramos una reflexión sobre el tiempo, la vejez y la memoria evocada mediante una lírica mezcla de lo cotidiano con lo mítico (sirenas, figuras simbólicas). 

Es un libro significativo porque muestra a una Atwood ya crepuscular, pero sin abandonar su ironía ni su mirada crítica.

Poemas del crepúsculo vital

Hablar de Sinceramente exige, en realidad, supone hacerlo de un doble crepúsculo: el de una autora en plena conciencia de su edad, y el de una tradición poética –la de su generación– que ha perdido ya cualquier ilusión de novedad. Por eso se trata de un libro tardío que muestra la lucidez sin retórica. El núcleo del libro es reconocible: tiempo, pérdida, memoria, cuerpo que envejece. Pero no estamos ante una repetición mecánica de temas, sino ante su destilación final. Los poemas giran en torno a la conciencia del paso del tiempo, a la desaparición (personas, mundos, certezas), a la persistencia de lo cotidiano como último asidero, y a la naturaleza, que para el yo poético ya no aparece como paisaje, sino como sistema en deterioro… Pero lo decisivo aquí es el tono. Frente a la dureza casi quirúrgica de Power Politics o la tensión simbólica de You Are Happy, Sinceramente adopta una voz más abierta, incluso conversacional, sin perder el filo. Atwood ya no necesita demostrar nada: observa, anota, deja caer la ironía con una economía casi clásica. No hay pues en este libro influencias nuevas en sentido estricto. Lo que hay es una relectura de sus propios materiales: el mito (sirenas, figuras fantásticas) reaparece, pero desactivado, casi doméstico, la naturaleza ya no es hostil (como en The Animals in That Country), sino frágil, y el yo no es combativo, sino retrospectivo. De hecho si hubiera que situar una genealogía de influencias de este libro, habría que mirar menos a influencias externas y más a una tradición de poesía tardía: W. B. Yeats en sus últimos libros, Elizabeth Bishop en su contención, e incluso cierta sequedad meditativa cercana a Philip Larkin. Pero Atwood no imita: se reescribe.

En suma Sinceramente no es su mejor libro, pero sí uno de los más reveladores, porque desplaza el eje de su poesía, el cual ya no está en el amor y el poder sino en la aceptación, y ya no en la tensión simbólica sino en la claridad lírica cristalina y casi narrativa. Es, en ese sentido, un libro menos agresivo, pero más despojado. Y eso lo vuelve peligroso: ya no hay artificio donde refugiarse de la honestidad brutal.

Por último señalaremos que la versión que nos ofrece Raquel Lanseros es, en términos generales, inteligente y funcional, pero plantea un problema interesante. Lanseros –gran poeta ella misma– tiende a suavizar ciertas aristas del inglés de Atwood y a introducir una leve musicalidad que no siempre está en el original , y esto tiene dos ambivalentes efectos: que el libro gana fluidez en español y se integra mejor en la tradición poética hispánica, y que se atenúa la sequedad característica de Atwood y hasta algunos poemas pierden ese tono casi desnudo que es clave en su estilo. Pero no es una mala traducción –al contrario, es sólida y coherente–, aunque sí interpretativa: lee a Atwood desde una sensibilidad lírica que no siempre coincide con la de la autora, pero que la enriquece.

En síntesis diremos que Sinceramente no amplía el territorio de Margaret Atwood; lo reduce. Y en esa reducción está su verdad. Por eso es un libro donde la autora deja de explorar para constatar. Donde la imaginación ya no inventa mundos, sino que ilumina lo que queda de este. Y quizá por eso mismo –por su falta de ambición aparente– resulta uno de los libros más honestos, y también, a su manera, uno de los más inquietantes, de la mejor escritora viva de nuestra época.

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