'El buen azar', de Enrique Álvarez
El buen azar es la providencia, la gracia, la matemática de Dios, la geometría del cielo que nos hace saber más allá del conocimiento y de la razón (que nos hace saber mediante la fe) que, a pesar de que la vida a veces parezca cruel y carente de sentido, en realidad todo cuadra…. ¡Y así nos lo hacen ver las novelas católicas!
¿Existe una tradición de novela católica? La teoría de la literatura actual no quiere ni oír hablar de eso (a lo sumo lo tildan como una hipótesis de lectura Gérard Genette y Paul Ricoeur), y nuestros historiadores de la literatura (en concreto Mainer y Dario Villanueva) a lo sumo la refieren como una corriente, o sostienen que la llamada 'novela católica' en realidad no es un género, sino una sensibilidad.
Sin embargo en la tradición europea, la novela católica nace como una forma de dramatizar el conflicto entre gracia y libertad en un mundo progresivamente secularizado. Autores como François Mauriac, Georges Bernanos o el propio Julien Green no escriben apologías, sino relatos donde la fe se vive como combate, como desgarradura interior. En ellos, Dios no es una certeza tranquila, sino una presencia inquietante que interpela a personajes heridos, a menudo atrapados entre el deseo y la culpa. Esa tensión –más que cualquier contenido doctrinal– es la verdadera marca de esta tradición.
Tradición de novela católica española
En España, esa corriente ha tenido manifestaciones más discontinuas (Unamuno, Concha Espina, Gironella, Laforet, Olaizola,…), pero no menos intensas. Podríamos rastrear algunos antecedentes en la narrativa de posguerra, aunque con frecuencia contaminados por el didactismo o la ortodoxia ideológica del momento. Sin embargo, es en tiempos más recientes cuando la novela católica española encuentra voces de mayor complejidad literaria. En este sentido, nombres como José Jiménez Lozano, Ramiro Pinilla, Jesús Sánchez Adalid, Juan Manuel de Prada o Álvaro Pombo han sabido devolver a la fe su dimensión problemática, su carácter de interrogación más que de respuesta. En sus obras, como en las de sus referentes franceses, lo religioso no clausura el conflicto, sino que lo intensifica.
La contemporaneidad, además, añade un elemento decisivo: la conciencia de crisis. La Iglesia ya no es el marco cultural dominante, sino una institución cuestionada, lo que obliga al novelista a situarse en un territorio mucho más incierto. La novela católica actual –si queremos seguir utilizando esa etiqueta– ya no puede permitirse la ingenuidad: debe enfrentarse a los escándalos, a la pérdida de autoridad moral, al silencio de Dios en un mundo saturado de ruido y a la necesidad imperiosa de la fe profunda en medio de todo eso.
Es precisamente en este punto donde la figura de Enrique Álvarez (León, 1954) adquiere relieve. Si se le ha llamado por parte de Juan Manuel de Prada, no sin razón, “un Julien Green actual”, no es por mera afinidad temática, sino por una coincidencia más profunda: ambos entienden la literatura como exploración de la conciencia bajo el peso de lo trascendente. Como Julien Green, Álvarez se interesa menos por la ortodoxia que por la experiencia interior; menos por la afirmación que por la duda.
Pero Álvarez introduce matices propios. Frente al trasfondo burgués y a menudo abstracto de Green, sus novelas se anclan en una realidad española muy concreta, marcada por la historia reciente y por las fracturas de la Iglesia contemporánea. En El buen azar (Editorial La Discreta, 2025), por ejemplo, el problema del mal no se plantea en términos abstractos, sino encarnado en una experiencia histórica reconocible –los abusos, el silencio institucional– que obliga a replantear la relación entre fe y moral (de hecho el autor se convierte en esta novela en un Proust que, más allá del argumento y de los personajes –Álvarez es un maestro a la hora de la configuración y descripción de personajes y así lo demuestra aquí al retratarnos psicológicamente de forma sucinta y siempre brillante todo el entorno social, emocional y familiar de Alicia, Javier y Emy LaTorre, gente pija y bien de la ciudad de León de los 70 (que viene a ser una ciudad gris plata de tiendas de modas como Luben de tertulias de café como el Cóndor, el Rey Ordoño o el Alaska, y cine vespertino en el Cine Mary o el Azul; una burguesía señorona de profesoras, fiscales de la audiencia, magistrados e inspectores de banco en una ciudad tradicionalista, con gran nivel de conocimiento del derecho y notable cultura)… Alicia, mujer liberada y avispada, aquí va como a juego con la personalidad de Emy, un poco liberal, casada con el fiscal Javier Lagartos, y con distante pero buena relación con su hermana Paloma y su con amiga Anuska y con su ahijada Beatriz. Pero, como Alicia, Emy odia de por sí la feminidad servicial y beata de su tiempo, la de su madre por ejemplo. Y precisamente ha de ir de pronto a Madrid porque su anciana Madre ha sufrido una fractura de fémur… Esa mujer culta, decidida y sin prejuicios parece distinta e igual a Alicia, la mujer con la que con sutil fascinación se topa su marido Javier, pero las separa y une el azar…
Y así, mediante estos personajes y otros descritos con agudeza psicológica prodigiosa a lo Dostoievski pero con prosa barojiana y técnica narrativa carpetovetónica como de La Colmena de Camilo José Cela, se nos va introduciendo en la ciudad y la trama de esta novela… Una novela que, a a nivel profundo, es la evocada historia de Adrián Arias, un muchacho que, en un internado de León, sufrió abusos que fueron ocultados según la costumbre institucional de la época, y sobre todo es la historia del asesinato de un cura (un asesinato que indirectamente tiene que ver con los abusos), y es la historia de la redención del protagonista por medio de la providencia o el buen azar…
Reflexión narrativa sobre los abusos en la Iglesia
Y es que en modo alguno esto es una novela morbosa sobre los abusos sexuales en la Iglesia, sino una reflexión narrativa sobre la gracia con los abusos en la Iglesia como cebo narrativo para tal reflexión. De hecho la historia de Adrián, acoplada a la historia noir del asesinato y su resolución, convierten la novela toda en una exploración de los mecanismos sociales y psicológicos que entraban en juego en la mentalidad burguesa de ese tiempo al enfrentarse el hecho sexual terrible, pecaminoso y delictivo, siempre así, rechazándolo pero silenciándolo, pero sobre todo convierte la novela en un precioso alegato narrativo en defensa de la geometría de la gracia y la posibilidad a veces inesperada e inopinada pero siempre posible de la redención por fe.
Sí, he aquí no una novela moral ni de ideas ni psicológica (aunque tenga un poco de todo eso), sino una novela sobre el misterio del destino, de la suerte, o del azar (en teología no hablamos de azar sino de gracia, que es el 'azar' dirigido desde arriba, desde el cielo y el Padre, o hablamos de la providencia). Y esto es así porque de pronto la novela habilidosamente concebida como compendio de novela católica y de novela de la tradición de novela leonesa, en su estructura pasa a tener hechuras de novela negra (no en el sentido de Chesterton, pero casi; esto no es un policial ni una novela enigma sino algo mucho más moral, teológico y psicológico) pues hay un crimen -ese, sí, inocultable- que está íntimamente relacionado con el caso inicial de pederastia, pero que es el que genera la trama argumental principal de esta novela católica virtuosa en muchos sentidos… Esta novela que, a nuestro juicio, es ya una de las grandes obras de la novelería leonesa...
El realismo psicológico de la Escuela Leonesa de Novelistas
En efecto la pertenencia a la tradición leonesa –la de José María Merino, Luis Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio– de Enrique Álvarez añade un componente estilístico fundamental: el cuidado extremo de la prosa, la atención a la estructura, la narración pura sin apoyaturas, solo la imaginación pura de oliva, el gusto por la fabulación y la voluntad de inscribir lo individual en una dimensión más amplia, casi mítica... Pero, a diferencia de Mateo y su gusto por el esperpento sombrío y de Merino y su inclinación por el fantástico muy intertextual, como Juan Pedro Aparicio, Álvarez orienta ese legado hacia el realismo psicológico para, mediante la ficción pura sin apoyaturas y con alto nivel de invención, dar salida en su caso a alguna preocupación explícitamente teológica. ¡Y es que Enrique Álvarez nunca olvida al escribir que es un novelista católico, aunque eso sea su cruz para el lectorado mayoritario actual!
Pero es bueno señalar que, dentro del panorama de la novela católica contemporánea española, Enrique Álvarez ocupa un lugar singular: no es un escritor confesional en sentido estrecho, sino un narrador que se toma en serio las consecuencias literarias de la fe. Su obra –en la que destacan su novela sobre las apariciones en Garabandal, la risa de la Virgen, una novela sobre la frivolización del pecado y sus consecuencias titulada Un viento raro, una novela sobre la duda de fe y la apostasía titulada Marta, Marta, una gran novela leonesa sobre la homosexualidad en la Iglesia de los tiempos del concilio Vaticano II titulada El rostro oculto y destaca El buen azar en particular– demuestra que todavía es posible escribir ficciones donde la pregunta por Dios no suene anacrónica, sino radicalmente actual. Y en ese empeño, exigente y solitario, es donde su parentesco con Julien Green deja de ser una comparación crítica para convertirse en una verdadera afinidad espiritual y estética audaz.
Una gran novela católica: 'El buen azar'
Hay novelas que no se limitan a contar una historia, sino que aspiran –con una ambición que hoy parecería intempestiva si no fuera tan necesaria– a interrogar el misterio del mal y de la gracia. El buen azar, de Enrique Álvarez (León, 1954), pertenece sin duda a esa estirpe exigente y, por ello mismo, minoritaria: la de quienes entienden la narración como una forma de conocimiento moral.
No es casual que la sombra tutelar de Julien Green planee sobre estas páginas. Como en el autor de Moira, también aquí la conciencia –acosada, herida, puesta a prueba– se convierte en el verdadero campo de batalla de la novela. Álvarez, que puede ser considerado uno de los mejores novelistas católicos de la narrativa española contemporánea, no escribe desde la complacencia devota, sino desde una inquietud radical que no rehúye los aspectos más turbios de la experiencia religiosa.
Pero nunca renuncia a la investigación técnica a la hora de narrar, y por eso esta novela, al margen de lo teológico, está repleta de personajes creados con finura psicológica y con amenidad. Por eso lo que podría haberse quedado en crónica o denuncia, se transforma aquí, en manos de Álvarez, en una indagación sobre la libertad, la culpa y ese elemento imprevisible que el título invoca: el azar, o, tal vez, su reverso providencial.
Sí, El buen azar, que puede leerse como una prolongación –más sombría, quizá más depurada– de El rostro oculto, aquella novela ya clásica dentro del panorama de la narrativa leonesa (en aquella obra la tensión entre teología y política se resolvía en una arquitectura narrativa de resonancias casi musicales, aquí esa misma estructura parece haberse vuelto más dispersa, menos concreta, para que prime en fondo y forma la idea de 'azar', tiene una prosa –siempre cristalina, siempre vigilada– que parece que hubiera aprendido a decir menos para sugerir más. Y es que hay en Álvarez una voluntad de estilo que lo emparenta con cierta tradición centroeuropea: no tanto por imitación formal como por esa gravedad que convierte cada escena en un episodio cargado de sentido.
Y es precisamente ahí donde conviene situar al autor dentro de la gran escuela leonesa de narradores, junto a José María Merino, Luis Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio. Como ellos, Álvarez participa de una concepción exigente de la literatura, atenta tanto a la tradición como a la experimentación, pero añade un elemento distintivo: una preocupación teológica que no es adorno ni tema, sino sustancia misma del relato.
Así, Enrique Álvarez confirma lo que algunos lectores ya sospechábamos: que su obra, silenciosa pero firme, ocupa un lugar muy singular en la narrativa española contemporánea…
El buen azar es la providencia, la gracia, la matemática de Dios, la geometría del cielo que nos hace saber más allá del conocimiento y de la razón, que nos hace saber mediante la fe, que, a pesar de que la vida a veces parezca cruel y carente de sentido, en realidad todo cuadra perfectamente.
Aleluya.