'Diminuta casa encantada', de Laura Fernández
¿El friqui es el sujeto político del fantástico sin que se note a pesar de que se trate de un fantástico que nunca habla de política? Sí. ¿Quién defiende al niño friqui que todos somos? Laura Fernández…
Por un lado están los terrícolas, y por otro están los miltons. Los terrícolas de vez en cuando tienen que hacer mudanzas cuando cambian de casa pero los miltons no las tienen que hacer nunca porque viven en diminutas casas encantadas.
Esta es la historia de Bill, un niño terrícola que tiene que cambiar de ciudad y de escuela porque su madre ha aceptado un trabajo en un museo de otra ciudad, y que es un niño raro porque tiene una casa de muñecas con la que juega, la cual es una casa de miltons extraterrestres, y eso es algo que nadie comprende… Y en esta historia, como en la vida, todo consiste en encontrar alguien con quien compartir tus rarezas…
La publicación de Diminuta casa encantada (editorial Random House) no constituye un hecho aislado ni el fruto del capricho azaroso; es la decantación lógica de una fantástica trayectoria que, desde hace ya tres lustros, viene sosteniendo Laura Fernández (Tarrasa, 1981) con una dedicación tan insólita como admirable. En un panorama literario aquejado de una alarmante monotonía realista –donde los autores parecen competir por ver quién calca con mayor fidelidad la última crónica periodística o el enésimo drama autoficcional–, la figura de Fernández se alza como una anomalía radical y, por ello mismo, estrictamente necesaria.
Para calibrar el peso específico de su obra en la narrativa española contemporánea, conviene desandar un camino que arrancó formalmente con títulos como Bienvenidos a Welcome (2008) o Wendolin Kramer (2011). Ya entonces se advertía que aquella muchacha extraña para lo que nuestro panorama narrativo acostumbraba no había venido a pedir permiso ni a encajar. Frente al canon de la Transición y sus epígonos, obsesionados con la memoria histórica o el costumbrismo de alcoba, Fernández opuso un imaginario hiperbólico nutrido de una inventiva sin igual en la que cabían la cultura pop, el cómic, la ciencia ficción de serie B y una anglomanía posmoderna militante que situaba sus tramas en ciudades ficticias de nombres imposibles. Lo que para la crítica pacata de la época fue tildado de “frivolidad excéntrica” (yo también caí en eso; tardé en descubrir sus grandes valores), era en realidad el balbuceo de una poética rigurosa: la construcción de un no-lugar geográfico y lingüístico donde la libertad creativa rompedoramente bienhumorada fuera absoluta.
El punto de inflexión definitivo llegó, sin duda, con la novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021), monumental artefacto que la consolidó como una de las voces más torrenciales y geniales de nuestras letras. Aquella novela no solo supuso su consagración crítica, sino la demostración de que su propuesta era capaz de sostener arquitecturas de largo aliento sin perder un ápice de su característico ritmo de metralleta.
Una autora distinta
Contextualizar a Laura Fernández en su generación –la de los nacidos a finales de los setenta y primeros ochenta– resulta un ejercicio de sabrosa disonancia. Comparte cronología con autores de indudable valía como Marta Sanz, Sara Mesa o Alejandro Zambra, y más estrechamente con coetáneos que han ensayado la ruptura formal, como el primer Agustín Fernández Mallo o la desubicación genérica de Kiko Amat. Sin embargo, mientras la mayoría de su generación ha optado por una literatura del despojamiento, la introspección psicológica o la denuncia social directa, Fernández prefiere el desborde y la saturación fantástica sin par. Su compromiso no es con el documento, sino con el lenguaje y el poder taumatúrgico de la ficción inventiva.
Mientras sus contemporáneos miran hacia dentro o hacia abajo, ella mira hacia el bizarro hiperespacio de la imaginación pura. Esta singularidad la emparenta, en el plano internacional, con renovadores de la narrativa norteamericana como George Saunders o el primer David Foster Wallace, con quienes comparte esa rara habilidad para hibridar la pirotecnia verbal con una ternura genuina, casi desarmante, hacia los desheredados y los inadaptados de la tierra.
Pero las comparaciones son odiosas: Laura Fernández no pertenece pues a ninguna escuela porque constituye una escuela en sí misma. Su trayectoria demuestra que no es una humorista que escribe novelas, sino una novelista que ha descubierto que el humor es la única herramienta lo bastante afilada como para abrir en canal la realidad y mostrarnos su reverso absurdo. A estas alturas, su literatura ya no es un experimento: es un territorio soberano.
Su última obra: homenaje y dinamita
Y es que conviene desconfiar, por sistema, de la literatura constreñida a los moldes de lo predecible. Frente a la legión de novelistas empeñados en fotocopiar la grisura de lo cotidiano bajo el sobado rótulo del «realismo», la comparecencia de Laura Fernández vuelve a operar como un saludable vendaval de demolición, amén de como una implícita y muy estimulante crítica de la norma. En su última novela Diminuta casa encantada, la escritora de Tarrasa no se limita a urdir una fábula; levanta, con la precisión de un miniaturista febril, un artefacto que es, a la vez, homenaje y dinamita.
El argumento, despojado de sus desopilantes ramificaciones, nos presenta a una resuelta paleontóloga que, obligada por un nuevo empleo museístico, arrastra a su hijo Bill a un indeseado cambio de ciudad y de colegio. El muchacho, que arrastra su descontento junto a un perrito-dinosaurio de peluche llamado Harper Benjamin, esconde un secreto que teme que le condene al ostracismo escolar bajo la etiqueta de 'niño raro': es el dueño de una fastuosa casa de muñecas.
La singularidad de este objeto doméstico –y donde la inventiva de la autora dinamita cualquier atisbo de costumbrismo– estriba en que la miniatura está rigurosamente habitada por una familia de miltons, unos microscópicos alienígenas procedentes del remoto planeta Milton Du Du A, que comparten estancias con Colper Tom, un fantasma insatisfecho que busca un nuevo hogar que encantar. A partir de este fabuloso planteamiento, Fernández despliega una trama multidimensional donde la rigidez científica de la madre y la lógica sin prejuicios de Bill operan como los vectores necesarios para descifrar un laberinto de secretos en miniatura, descubriendo que en esa nueva escuela Bill no es el único que custodia un universo diminuto y que convivir con el reverso cósmico de lo cotidiano exige, antes que nada, abrazar el delirio y la maravilla.
¿Por qué una novela tan cuerdi-loca ahora mismo? Preguntarse por la pertinencia de una novela como Diminuta casa encantada en el preciso instante histórico que atravesamos no es un mero ejercicio de especulación estética; es, antes bien, una urgencia crítica. ¿Por qué importa e interesa este libro hoy, en un mundo asfixiado por la hiperconectividad, el pragmatismo feroz y una literalidad de corte casi funcionarial?
Resistencia ante el imperio de lo útil
Importa, en primer lugar, como un acto de resistencia epistemológica frente al imperio de lo útil. Vivimos en un tiempo peligrosamente serio, obsesionado con el algoritmo, la productividad y el dato empírico (un mal que, no por casualidad, padece la propia madre paleontóloga de la novela). Frente a esa rigidez, el universo que Laura Fernández despliega en esa casa de muñecas –con sus extraterrestres liliputienses de Milton Du Du A, sus espectros desubicados y sus peluches prehistóricos– opera como un formidable elogio de la excentricidad y el derecho a ser 'raro'. Que un niño como Bill encuentre su refugio y su verdad en una miniatura cósmica es una bellísima metáfora de la resistencia del individuo frente a la apisonadora de la uniformidad social. La novela nos recuerda, con su humor disolvente, que lo verdaderamente valioso de la experiencia humana no se puede medir en un laboratorio ni calibrar en un examen escolar.
En segundo lugar, la importancia de esta obra radica en su capacidad para devolverle a la literatura su condición de espacio de juego absoluto. En una época en la que la narrativa parece haber dimitido de su poder creador para convertirse en un mero apéndice de las redes sociales –donde se exige al escritor que sea un cronista bienpensante, un sociólogo de guardia o un terapeuta complaciente–, Fernández reclama el derecho al desborde imaginativo.
Hoy, cuando el realismo chato y las moralejas biempensantes amenazan con agostar el panorama de nuestras letras, este artefacto dinamitero publicado por Random House se alza como una lección de libertad. Nos interesa esta novela porque nos urge recordar que la ficción no solo sirve para retratar la grisura del suelo que pisamos, sino para abrir ventanas hacia el hiperespacio de la fantasía pura; un lugar donde, por muy disparatado que parezca el delirio, siempre termina albergando una verdad humana mucho más vasta, libre y perdurable que la de nuestra propia realidad.
¿El friqui es el sujeto político del fantástico sin que se note a pesar de que se trate de un fantástico que nunca habla de política? Sí. ¿Quién defiende al niño friqui que todos somos? Laura Fernández…