Los incendios según Marian Peyró
España es un país que se quema por las esquinas y por el centro, como una carta de amor de novia antigua, de novia de cuando se escribían cartas y se tenían novias, a la que le hemos prendido fuego en un cenicero de bar.
Este verano sin ir más lejos no es un verano: es una pira (qué demonios significará la palabra pira se estará preguntando un concejal de régimen interior con el que me topé hace no mucho y que en cuanto abrió la boca reveló que odia más la cultura que Ana Obregón a María Zambrano, y por eso no sabe leer las sentencias judiciales y mucho menos cumplirlas; La Cruz de San Andrés se titulaba, ahora que me acuerdo, la peor novela de Camilo José Cela)…
En verdad este verano empezó la muesca de la llamarada campestre por Madrid, por Guadalajara, por los cigarrales y las parameras de Toledo que cantara Garcilaso de la Vega, donde el Tajo ya no pasa con su linfa dorada sino con una costra de ceniza teologal. Y ahora, cuando pensábamos que la canícula nos daría tregua, la pavorosa combustión prosigue su marcha triunfal y negra por Zamora y por León, mordiendo el roble, devorando la encina, dejando la meseta hecha un cisco sideral y cargándose la belleza incontestable de los Arribes del Duero como quien quema para siempre el poema de Gerardo Diego.
El calor nos ha metido a todos en una metáfora calcinada. Madrid huele a resina frita, a pinardo de rastrojo, a tragedia rústica traída por el viento del sur. La gente en los terrazos bebe horchata con cara de estar esperando el Apocalipsis, y en los telediarios salen los ministros y los alcaldes con su camisa de manga corta y su tristeza de poliéster a contarnos las hectáreas devoradas.
Pero yo, que profeso la religión del reírse por no llorar, he venido aquí a hablar de mi libro –o del libro de los demás, que al cabo viene a ser lo mismo cuando la literatura es buena–, y me acuerdo por eso de Marian Peyró y de su novela soberbia, Los incendios, recién parida en la biblioteca sabia de Alianza Editorial.
Peyró ha escrito la novela de este aire que no nos deja respirar. Porque los incendios de Peyró no son solo los de la sierra zamorana ni los del pinar alcarreño, sino los incendios interiores, la combustión lenta del lenguaje, las brasas de la memoria y esa forma que tiene la existencia humana de arder sin hacer ruido. La narrativa de Peyró tiene una elegancia seca, de inteligencia depurada, que analiza la catástrofe no con el grito del bombero ni con la proclama del político, sino con el bisturí fino de quien sabe que toda vida es, en el fondo, un terreno calcinado sobre el que intentamos plantar margaritas.
“Todo incendio empieza con una chispa ridícula, un descuido, un deseo no formulado que termina por abrasar el paisaje entero de los días”.
Decía César González Ruano que como ascensor social hay quien utiliza su cuerpo y hay quien usa a su sastre, pero ella, que la conocí hace poco en la Semana Negra de Gijón y celebré su éxito, no utiliza como ascensor social ni su cuerpo ni su sastre ni su apellido, sino una primera novela tan meritoria que no parece la primera ni ha de ser la última. Se la recomiendo al respetable. ¿Qué de qué va?
El argumento de una buena novela
Pues el argumento de una buena novela nunca es lo que pasa, sino lo que arde mientras no pasa nada. Marian Peyró en este country noir nos sitúa en un agosto asfixiante de finales de los ochenta, ese tiempo en que España tenía fiebre de modernidad pero olía todavía a rastrojo, a cobijo de pueblo y a tortilla de patatas en la mesa camilla de la abuela. La novela transcurre en Las Gargantillas, un pueblo imaginario pero auténtico de la sierra abulense, que es como decir la España profunda, con sus moscas, sus siestas pesadas y sus odios antiguos guardados en la alacena. Y la intriga arranca con Cristina, una muchacha de dieciséis años que llega al pueblo con el cuerpo recién cambiado, con el deseo intacto y ese vértigo de la adolescencia que es como llevar un fósforo encendido en la mano tonta. Cristina quiere enamorarse, quiere quemarse la vida por primera vez… Y entonces aparece Joaquín, un chico valenciano, oscuro, herido y enigmático, que lleva la marca de la violencia en el lomo y la sombra en la mirada. La atracción entre los dos chavales estalla enseguida como un fogonazo de matorral seco. Pero el verdadero genio de Peyró no está solo en los muchachos, sino en las madres, en la simetría fatal de los espejos. Resulta que Joaquín no es un desconocido: es el hijo de Sole, la mujer a la que Ana María –la madre de Cristina– amó en secreto y de forma imposible en su propia juventud.
Así, la novela se convierte en una polifonía de voces donde el pasado de las madres viene a cruzarse con el presente de los hijos. Mientras en el horizonte arde el monte real –esos incendios de pino y tomillo que rodean al pueblo–, en el interior de las casas arde la memoria, la culpa heredada, el deseo reprimido y los secretos familiares que nadie se atreve a nombrar. En cuatro días sofocantes de agosto todo se precipita. Es el relato coral de una iniciación y un fantasma: la niña que deja de ser niña mientras la madre vuelve a ser la adolescente truncada que fue. Una tragedia sobria, bellísima y castellana sobre cómo el fuego no solo destruye el paisaje, sino que sirve para iluminar lo que fuimos.
España arde en León, arde en Zamora, arde en los mapas de las noticias y arde en las páginas amarillentas de los periódicos que hojeamos en las cafeterías al mediodía. El verano mortal se nos mete por las narices como un hollín metafísico. Y mientras el fuego real avanza tragándose la geografía de la patria, el libro de Peyró en Alianza Editorial se levanta como un testimonio literario primerizo e impecable: la constatación de que cuando todo arde –las encinas, la infancia, la calvicie ideológica de los concejales, la tierra madre verde y verdadera– solo nos queda la palabra exacta para recontar las cenizas...
En fin.